CON FIRMA. “Una sanidad enferma y una política enferma”, por Miguel Ángel García

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Desde hace un tiempo que vengo utilizando la palabra “crisis” para definir la situación de la Sanidad en España, o, al menos, en la que tengo más cercana, la de nuestra Comunidad. Y no me refiero con ello a que tengamos o dejemos de tener una “buena” Sanidad, una de las mejores del mundo, sino a que está muy expuesta, en estos tiempos, a situaciones muy complicadas que, desgraciadamente, empeoran año tras año: sobrecargas en los servicios básicos como la Atención Primaria y la Atención de Urgencias, creciente malestar de los profesionales, listas de espera llamativas… Seguramente que nos hemos ido acostumbrando poco a poco a todo esto, sobre todo porque una vez atendidos nuestros ciudadanos saben valorar la calidad de lo recibido, pero no deja de ser una creciente presión sobre un sistema que corre el riesgo de derrumbarse.

El problema es que el riesgo de derrumbe es por dentro (y no sólo los techos, sino sobre todo el ánimo y buen hacer de los profesionales), y no por fuera. Por eso, las operaciones políticas de maquillaje de esta crisis, a base de planificar nuevos edificios (que, desde luego, en muchos casos son necesarios), no son mas que mero marketing, mera cortina de humo para seguir disfrazando la realidad, ocultándola, disimulándola… De ahí que los Consejeros de Sanidad tengan un papel tan pobre en los últimos años, tan sólo de maniquíes para fotografiar en actos institucionales, como muy bien refleja mi compañero Julián Ezquerra en otro medio. La política sanitaria es hoy política de disimulo, de ocultación… De crisis.

Y como botón de muestra de cortinas de humo, varias sensaciones que se me han producido en la última semana. Cuando escribo ésto, acabo de recibir la noticia de que, según el informe Bloomberg, la Sanidad española es la más eficiente de Europa, y una de las tres más eficientes del mundo. Es decir, que consigue mucha salud con poco dinero, que es lo que realmente interesa a los economistas, bastante poco preocupados por otras cuestiones más humanas. Y a pesar de esta realidad (que una Sanidad de carácter marcadamente público en lo que a financiación y gestión se refiere consiga unos resultados en salud tan buenos y tan delante de otros sistemas sanitarios que, en gran parte, están basados en iniciativa privada), se hace difícil aguantar la guerra propagandística de quienes defienden que la Sanidad privada es más eficiente y consigue  más por menos (quizás a costa de las condiciones de trabajo de los profesionales), y el contraataque de que no es así, que la Sanidad concertada es más cara que la directamente prestada por nuestro sistema público… Cada uno empeñado en su canción.

Otro botón de muestra. También hoy mismo leo que, para la nueva ministra, no hay problema por las diferencias retributivas entre comunidades autónomas, porque “los profesionales sanitarios somos muy responsables”. Ciertamente lo somos, pero no se puede contar sólo la realidad a medias. Además de responsables, también somos sensibles, percibimos las situaciones y las juzgamos, y nos parece un auténtico disparate que, sin ninguna justificación, exista esa disparidad. Otro ejemplo de cómo los políticos esconden las realidades que no les gustan. Ya podría centrarse en trabajar duro para eliminar esas estúpidas diferencias, también asistenciales, entre comunidades autónomas.

Pero me temo que eso es así en general en toda la política, la política enferma que sufrimos. Y enferma no sólo por la ocultación y el marketing, sino también por el enfrentamiento y la descalificación recíprocas con que se pronuncian nuestros políticos y, también por desgracia, tantas veces los ciudadanos de a pie. Porque se entiende mal la política, no se entiende como oportunidad para el debate, el diálogo y el acuerdo a partir de posiciones y visiones diferentes, sino como búsqueda del camino de imponer el propio criterio contra el de los demás. A eso malamente lo podemos denominar política, es más bien confrontación y violencia. Y violencia genera violencia.

Hace años estaba de moda criticar, en muchos medios de información y opinión, lo “políticamente correcto”. A mí siempre me pareció un peligro hacer esta crítica, porque si algo es “políticamente correcto”, debería ser difícilmente criticable. Empecé a temer que lo que se ocultaba detrás de esa crítica era la intención de expresar, sin el más mínimo filtro racional, lo que uno pueda opinar sin ningún tipo de consideración (ni educación) hacia otros. Y  la realidad me está dando la razón, con ejemplos tanto al frente de grandes países como en pequeños eventos parlamentarios, como pudo apreciarse en la comparecencia de un expresidente del gobierno español a raíz de la financiación irregular de su partido, en la que las muestras de mala educación fueron más que elocuentes.

Una política de este tipo tiene muchas posibilidades de degenerar en tiranía, conflicto y violencia institucional y social. Y yo, personalmente, estoy harto de esto. Creo que no deberíamos consentirlo más. Creo que hay que exigir a los políticos TRANSPARENCIA, CAPACIDAD DE DIÁLOGO Y EDUCACIÓN. Y si no, que lo dejen, que se vayan. Sean del signo que sean.

Pero habrá, entonces, que sustituirles, y eso no está fácil si la sociedad no rompe con esa política del enfrentamiento y la incorrección, POLÍTICA Y CIUDADANA. Es imprescindible, pues, ponernos manos a la obra en ello, y comenzar a ejercitarnos en el arte de definir puntos de encuentro, consensos y proyectos compartidos a partir de la realidad en que vivimos, sin maquillajes. Es la única forma de SER SOCIEDAD.

Miguel Ángel García Pérez
Médico de familia, Director Médico de la Revista Madrileña de Medicina. Responsable AMYTS de Formación y Desarrollo Profesional
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