CON FIRMA.”La sostenibilidad del sistema sanitario (y 3): sostenibilidad medioambiental”, por Miguel Ángel García

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Una vez vertidas algunas reflexiones sobre la sostenibilidad del sistema sanitario en clave personal/humana y en clave social, corresponde ahora abrir la caja de la sostenibilidad medioambiental. Es una clave muy importante, debido a la condición ecológica del ser humano, es decir, a su inserción en un medio al que necesita y sobre el que repercute inevitablemente. Y si bien se trata de una clave olvidada, o incluso oculta, a lo largo de la historia, su importancia se revela plenamente en este momento, en que la situación medioambiental es considerada como crítica por muchas voces cualificadas.

Sin embargo, en nuestro medio no podemos decir que esté extendida la conciencia de la “huella ecológica” de la atención sanitaria. Y eso que ya hay cálculos que indican la importancia del tema: las emisiones de carbono del sistema sanitario significan una media del 5% de las emisiones totales de los países de la OCDE (en España, el 5,5%), el National Health System británico produce el 25% de las emisiones de carbono del sector público británico y el conjunto de los hospitales estadounidenses superan en dichas emisiones a las de todo un país como Francia… Con estas cifras, que sólo reflejan un aspecto de la repercusión medioambiental de la asistencia sanitaria, y la conocida relación entre contaminación ambiental y morbimortalidad, habría que plantearse cuál es el balance neto de resultados sobre la salud de nuestros sistemas sanitarios…

Evidentemente, no se trata de abandonar la atención a la salud y, con ello, a los enfermos (al fin y al cabo a todos en algún momento de nuestra vida) a su suerte, sino hacernos conscientes de esta realidad y tomarla muy en serio, para maximizar la eficacia y la sostenibilidad de los sistemas sanitarios. Existen iniciativas internacionales que, ya desde finales del siglo pasado en algún caso, vienen promoviendo esta conciencia, como la red No-Harm (Health Care Without Harm), en cuya Red Global de Hospitales Verdes y Saludables tan sólo hay diez instituciones españolas inscritas. Y el panorama de actuaciones que se ofrecen es muy amplio y diverso, ofreciendo orientación y apoyo para la conversión en verde de las instituciones sanitarias. No olvidemos que existen también, dentro de los sistemas de acreditación de calidad, algunos específicos de gestión medioambiental, como la norma ISO 14001 y la europea EMAS, aplicables también a hospitales, y cuya acreditación ya han conseguido algunos centros españoles. Es decir, hay movimiento, aunque probablemente no suficiente conciencia. Todavía.

Sin ser un experto en el tema, y dejando a quien lo sea o quiera llegar serlo que profundice de forma más sistemática en el asunto, enseguida surgen diversas áreas en las que intervenir para reducir el impacto medioambiental. Por un lado, está el más clásico de todos, el de reducir el impacto de los residuos. Comenzando por el reciclaje convencional de materiales de deshecho no sanitario (papel, plástico, etc), pasando por el sistema estructurado de recogida de residuos farmacéuticos SIGRE, y completando el panorama con el manejo de residuos biosanitarios (tema muy importante y que entiendo incluido en la política de funcionamiento de cualquier centro sanitario, no sólo en el tema de material punzante u otro material sanitario contaminado de fluidos o restos humanos, sino también en el manejo de aguas residuales, etc).

Pero tendríamos que ampliar la mirada, y contemplar también la contaminación química que puede surgir de la actividad sanitaria. No sólo por la producida durante la producción de fármacos y otros productos sanitarios, sino también la que tiene lugar en el vertido de productos químicos de la propia actividad sanitaria (en teoría regulado para evitar que termine contaminando las corrientes naturales de agua) y, finalmente, sobre el desatendido destino de los fármacos y metabolitos que nuestros cuerpos eliminan cuando son sometidos a tratamiento y que, en la mayoría de los casos, acaban en las aguas residuales domésticas, sin que las estaciones depuradoras parzcan tener mucho que hacer al respecto. De ahí que podamos acabar consumiendo, en el agua que bebemos, restos de esas sustancias que, ademas, pueden afectar a los equilibrios vitales del medio acuático. Quizás debamos incluir en la evaluación de fármacos y de sus indicaciones una medición del impacto ambiental de su utilización, que tampoco vendría mal que apareciera en los propios libros de Farmacología.

Si tomamos como ejemplo el SIGRE, en su memoria 2018 constatamos cómo se pueden mejorar constantemente los niveles de recogida y reciclado, e incluso de tratamiento de residuos, lo que demuestra una progresión positiva en este aspecto. Pero esa misma progresión tiene una doble lectura: aumenta la conciencia, pero probablemente a la vez aumenta el consumo de recursos que luego han de ser reciclados. Y se produce una situación muy parecida a la conocida como paradoja de Jevons, aunque aplicada al ámbito medioambiental: que cuando se produce algún avance tecnológico, se facilita la espiral creciente de consumo de recursos, que a la larga acaba incrementando también el impacto ecológico global, aunque se haya reducido el impacto por unidad de actividad o de recurso. El mero recurso al reciclaje o al tratamiento de residuos no puede dejarnos tranquilos, aunque sea un paso importante: hay que ir más allá, y plantearnos el volumen global de consumo. Porque otra de las “R” fundamentales en la gestión del impacto medioambiental de cualquier actividad humana es la R de Reducir.

Y por aquí ya hay medidas y conciencia en marcha entre los profesionales, de quienes han surgido las iniciativas “No hacer”. Consisten en una serie de revisiones en las que diferentes entidades relacionadas con una determinada especialidad o ámbito de ejercicio revisan prácticas habituales cuya utilidad está más que cuestionada. El movimiento nació promovido por la Fundación de la American Board of Internal Medicine entre las sociedades científico-médicas norteamericanas y se difundió rápidamente a otros países, como Canadá o España. Y, ampliando la mirada a aspectos que van más allá de la eficacia real de los medicamentos, apareció el movimiento Right Care, al que la prestigiosa revista Lancet ha dedicado una serie monográfica. Siendo el objetivo fundamental de estas iniciativas la protección del paciente frente al sobre-diagnóstico y al sobre- (o dis-)tratamiento, sorprende que no se recoja en las mismas la repercusión positiva que ese tipo de medidas puede tener en el medio ambiente…

Reducir, reciclar, respetar, responsabilizar… Cuatro “R”, entre otras muchas que habríamos podido incluir, que van más allá de la de rentabilizar, que es la que suele aparecer cuando se habla de sostenibilidad del sistema sanitario. Espero, al menos, haber dejado claro en esta serie de artículos de opininón, que hay mucho que hablar sobre sostenibilidad más allá del componente económico. Y que poco a poco todos nos vayamos haciendo conscientes de la importancia de los componentes personal, social y medioambiental de la asistencia sanitaria, y que vayamos actuando en consecuencia.

Miguel Ángel García Pérez
Médico de familia, Doctor en Medicina y Máster en Bioética y Derecho. Director médico de la Revista Madrileña de Medicina

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