CON FIRMA.”La sostenibilidad del sistema sanitario (2): sostenibilidad social”, por Miguel Ángel García

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La semana pasada comenzaba esta ronda de reflexiones que, sinceramente, no sé exactamente a dónde me van a llevar, porque el mero hecho de sentarme a escribirlas me hace siempre descubrir nuevos matices que antes no se me habían ocurrido. Pensar en alto es una manera de ponerse a dialogar, a descubrir a través de la palabra y de la razón (del diálogo, propio y con los otros) nuevos horizontes para la realidad que vivimos, o que creemos vivir. Algo que, como ya he dicho en muchas ocasiones, no es habitual en nuestra política e incluso, me atrevería a decir, en nuestra sociedad.

Hablaba entonces de la sostenibilidad personal, humana, de la realidad de los profesionales que hacen posible el funcionamiento del sistema. Y no hablaba de la realidad personal, también humana, muy humana, de los pacientes, porque en ningún caso es criterio de sostenibilidad del sistema sanitario, sino más bien fundamento de su necesidad y criterio para su organización, aspectos que no estoy afrontando en estos momentos: por estar ampliamente desarrollados y por mejores ponentes en otros medios, y porque también tengo la oportunidad de trabajarlos y aprender de ellos en la iniciativa del Foro de la Profesión Médica para la promoción de la relación médico-paciente como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad.

Si al contemplar la dimensión humana de la sostenibilidad ponía en el candelero la delicada situación por la que atreviesan los “recursos” humanos de nuestro sistema sanitario, hablar de sostenibilidad social es hablar de responsabilidad a la hora de diseñar, dotar y utilizar dichos servicios. Es la sociedad en su conjunto la que quiere tenerlos, y es la sociedad en su conjunto la que debe hacerse responsable de ellos. No puede querer el oro y el moro y abandonar a los profesionales a su suerte al tratar de responder a tamaña desproporción. Y no puede permitirse dejar la gestión de esa desproporción en manos de políticos que, para tratar de mantener su imagen y prestigio, encubren, deforman y manipulan la realidad, contribuyendo así a un desarrollo “adolescente” de la sociedad.

Lo digo porque hacerse responsable  del sistema sanitario no es comportarse de una manera adolescente, caprichosa, exigente e incontrolable; es comportarse de una manera prudente, sincera, transparente y madura. Pero cuando se pierde conciencia de la limitación de recursos, se piensa que el sistema sanitario tiene la obligación de atender cualquier conveniencia, se exige sin medida a unos profesionales muy sobrecargados y se piensa, además, que uno tiene derecho a todo, que “para eso paga”, se asume, como sociedad y como ciudadano, un comportamiento adolescente, caprichoso, exigente e incontrolable. Porque además, quienes tendrían la responsabilidad de atemperar ese comportamiento, quienes ejercen de “padres de la patria”, consienten y estimulan ese comportamiento, sin poner realismo en sus actuaciones y sin tratar de insuflar realismo en el discurso político. “Vayan al sistema sanitario para todo lo que quieran y cuando quieran, que si no decimos eso no nos votan”. Y así surge el “engaño sanitario”, el entramado social que hace posible el lavado de cara de nuestros políticos, la demanda imparable de los ciudadanos y el abuso que todo ello conlleva sobre los profesionales, con el riesgo de deterioro que eso significa de la calidad asistencial y humana del sistema. Que, por cierto, todos estamos contemplando ya en primera persona.

Por eso, me parece una grave irresponsabilidad de nuestros políticos el discurso de “humonización” del sistema sanitario que se ha puesto de moda, curiosamente, durante los años más duros de la “crisis”. Al menos en la Comunidad de Madrid, donde el consejero de la crisis reactivó el discurso de la humanización como magnífica cortina de humo para ocultar la realidad de los recortes. Por supuesto que me alegro de la humanización, y comparto su valor (humanización que pasa también por la atención al médico, a los profesionales), pero lo que se hizo fue utilizarla de cortina de humo que trasladaba mucho del peso a los profesionales, en un momento en el que ya soportaban una carga excesiva, la de pretender seguir resolviendo las necesidades sanitarias de nuestros ciudadanos con menos recursos y menos tiempo. ¿Se puede concebir mayor irresponsabilidad, mayor inquina?

Sostener un sistema sanitario decente, humano, cálido y de calidad, exige disponer de una sociedad prudente, transparente y madura. No de un pequeño grupo iluminado que crea poder asumir ese papel, sino de una sociedad que en su conjunto, desde la pluralidad, sepa contemplar la realidad, analizarla, dialogar sobre ella y responder de una manera adecuada y responsable. Dejando de votar a quienes, desde un lado u otro del espectro político, se dediquen a vender humo, a hacer promesas incumplibles, a decir que todo va bien; dejando de leer (y escuchar) también a quienes multiplican ese discurso en nuestra sociedad; y eligiendo sabiamente a quienes de verdad planteen las situaciones reales y se abran a un diálogo constructivo que pueda dar la mejor respuesta en cada momento, integrando el esfuerzo de todos y persiguiendo valores que todos podamos compartir. Y si hace falta el discurso “churchiliano” de “sangre, sudor y lágrimas”, que tengan el valor de hacerlo y promoverlo, comenzando, por supuesto, en primera persona.

Una sociedad así, con unos políticos así, desde luego, haría sostenible el sistema sanitario. Una sociedad caprichosa y consentidora del engaño, por el contrario, con unos políticos que promuevan dicho engaño, pondrá en riesgo no sólo el sistema sanitario, sino el conjunto del sistema social y hasta el planeta en que vivimos. Pero esto es ya ir entrando en otro tema, del que hablaremos en la próxima entrega.

Miguel Ángel García Pérez
Médico de familia. Director médico de la Revista Madrileña de Medicina

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