CON FIRMA. “¿Paridad? Yo prefiero igualdad, mérito y capacidad”, por Mónica Alloza

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En el pasado congreso confederal de CESM, de finales de mayo de este año, fue muy comentado el cambio generacional y también de género entre los asistentes. Mucha más gente joven y muchas más mujeres. Algunas de ellas en cargos de responsabilidad, como secretarías generales o presidencias de sectores.

Sin embargo, la foto-finish del congreso es la nueva ejecutiva, formada por cinco caballeros con amplia experiencia sindical. Es decir, que la foto no refleja la realidad de nuestra confederación de sindicatos médicos. Hubo un comentario del tipo “habría que incluir cuotas de participación femenina en los cargos ejecutivos”. Fue un comentario bien intencionado, cuyo autor es un caballero también de larga experiencia que ocupa un cargo importante de representación médica. La contestación entre las asistentes fue unánime: no queremos paridad, queremos estar en los cargos de responsabilidad si cumplimos los requisitos y tenemos los méritos suficientes.

A mí esto de la paridad me recuerda a cuando éramos pequeños y en el cole nos daban ventaja a las chicas antes de empezar una carrera en educación física. Ya lo de la paridad me chirrió bastante en el gobierno de hace un par de legislaturas. ¿Tuvimos los mejores ministros disponibles, o hubo que sacrificar cabezas, o incluso encumbrar a personas sin los méritos suficientes? Y no le voy a poner género a estos candidatos a ministros que no llegaron a serlo, igual había más del 50% de mujeres y fueron las que se quedaron por el camino para que hubiera un 50% de hombres, ¿por qué no?

Recientemente hice un curso obligatorio en mi empresa sobre igualdad. Me hace gracia, porque mi empresa es un hospital y de igualdad de género nada de nada, que la mayoría del personal sanitario es femenino. Entonces no sé, ¿igual tenemos que hacer discriminación positiva y contratar más varones en sanidad? Creo que no entendí mucho el curso éste… Creo que no entiendo mucho la ley de igualdad ni la política de igualdad de nuestro país.

Me hace gracia, por no decir que me chirría, igual que la paridad, esto del lenguaje no sexista que decían en el curso: trabajadoras y trabajadores, compañeras y compañeros. Primero lo femenino, para hacer discriminación positiva. ¡Toma ya, patada al castellano! Con lo políticamente correcto estamos reinventando nuestro idioma. El sufijo –o indica neutralidad y por defecto, género masculino, por eso se aplica al plural cuando nos referimos a la totalidad, sea masculina o femenina. Sin embargo, el sufijo –a indica género femenino, es lo que elimina la neutralidad de la palabra, lo que marca la diferencia. Al menos, así me lo explicaron en lengua de COU. Aunque, bueno, esto del COU es de hace un siglo, incluso un milenio. Pero creo que el contenido sigue vigente.

Yo nunca he sentido que necesitase un empujoncito profesional por ser mujer. Ni lo he buscado ni lo aceptaría de buen grado. Yo quiero llegar a donde llegue por mis méritos, no por mis cromosomas. Y creo que muchas mujeres pensamos así. Esto de la paridad, permítanme decirlo, es una parida.

La igualdad de oportunidades no se adquiere dándome ventaja en una carrera en la que participan también hombres. Se adquiere si me quitan la mochila que cargo a mis espaldas y que muchos hombres no llevan a cuestas: las responsabilidades familiares. Es verdad que en las nuevas generaciones tiende a haber más reparto de las tareas domésticas y de la educación de los hijos, pero todavía el peso de la maternidad es una mochila que nos impide competir en igualdad de condiciones a muchas mujeres. ¿Cuántos hombres hacen uso del permiso para acompañar a los niños al pediatra o para acudir a reuniones con los profesores del colegio? ¿Cuántas excedencias por cuidado de menores disfrutan los varones? ¿Cuántos comparten el permiso por maternidad, una vez superadas las semanas de descanso obligatorio para la madre?

¿Cuántas empresas tienen jornadas flexibles o continuadas que faciliten la conciliación de la vida familiar y laboral?

Esa es la realidad del techo de cristal de las mujeres que trabajan fuera de casa. Ya dije hace unos meses que yo quería tener otro estilo y otro horario, porque no quiero renunciar a ser madre. No necesitamos tener reuniones a las 7 de la tarde para ser más eficientes. No necesitamos cenas con clientes para cerrar negocios que se pueden resolver en desayunos de trabajo. Y, en lo sanitario, creo que no nos merecemos un turno de tarde a perpetuidad. Es cierto que abrir los centros de salud y los hospitales por la tarde permite optimizar los recursos y dar mejor servicio, pero creo que puede hacerse de una forma más justa para todos, con un sistema rotatorio o temporal que no castigue a una familia entera (porque el turno de tarde lo sufren también la pareja, los niños, los abuelos-canguros, y el bolsillo).

Y en cuanto a los cargos de responsabilidad, creo que si los horarios fueran más flexibles, más mujeres lucharían por llegar.

Como última idea, me gustaría recomendarles una serie de televisión danesa llamada Borgen. Es la historia de una mujer, madre de dos hijos, que llega a ser presidente del gobierno. Pues en un país supuestamente tan avanzado como Dinamarca, el precio personal y familiar que tiene que pagar es sorprendente. Y no les cuento más, para no estropearles el final. Cuando vi la serie, no dejaba de preguntarme que si en vez de ella hubiera sido él, ¿también le habría pasado tanta factura el cargo?

Detrás de un gran hombre dicen que hay una gran mujer (la que se queda en casa y cuida de todos). Espero que algún día sea realidad también al revés, y que los hombres decidan “sacrificar”, al menos parcialmente, su carrera por cuidar de la familia mientras las mujeres llegan a la cumbre profesional.

Mónica Alloza Planet
Especialista en Radiodiagnóstico, H. U. Torrejón. Sector AMYTS de clínicas privadas

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