CON FIRMA. “Nuevo humanismo y Medicina”, por Miguel Ángel García

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Vivimos en un mundo desgraciadamente corrupto. Las noticias aparecen por doquier, implicando a miembros de diferentes colectivos en casos que pueden suponer la utilización ilegal de bienes públicos, la ocultación de bienes privados para evitar el pago de impuestos, el enriquecimiento ilícito… Los casos de corrupción, viejos y no tan viejos (Filesa, Gürtel, Operación Púnica…), y la filtración de documentos confidenciales (papeles de Panamá, papeles de la Castellana…) son una buena muestra de la perversión de ámbitos de actividad nucleares de nuestra sociedad occidental, que probablemente alcancen su culmen en el mundo de las finanzas (como bien mostró el documental Inside Job). Porque la corrupción produce un desvío ilegítimo de bienes hacia fines no propios, podemos hablar precisamente de perversión. Una parte importante y, desgraciadamente, muy influyente de la sociedad está, pues, pervertida, pero no de forma accidental, sino porque hay personas perversas, es decir, que corrompen las costumbres o el orden y estado habitual de las cosas.

¿Y cuál sería el origen de esa perversión? Pues quizás sea yo un poco ingenuo (que lo soy), pero tengo para mí que esto se debe a que estamos acostumbrados, como sociedad, a mirar y pensar en nuestro propio ombligo, sin ir más allá en la búsqueda de nuestros intereses, y entendemos legítimo perseguir nuestros intereses “caiga quien caiga”. Quizás no lo defendamos abiertamente en público, pero las cosas apuntan a que es así. De hecho, es el modelo de triunfador que nos suelen vender los medios de publicidad y comunicación (lo de la cultura del pelotazo, ¿recuerdan?). Y si no me importa lo que ocurra a mi alrededor, puedo caer en cualquier tipo de comportamientos, ilegales e ilegítimos incluidos… ¡Mientras no me pillen!

Es sorprendente que esto ocurra en un país mediterráneo como el nuestro, en un ámbito cultural donde la idea del bien común ha pertenecido a la esencia de la sociedad. Ojo, también con elementos negativos, no vamos a olvidar lo opresivo que puede ser un entorno en el que hay que actuar tal y como esperan los demás. Pero el proceso de mercantilización de la sociedad (visible en la transformación de conceptos que ya hemos mencionado en otras ocasiones, como el de cambiar el término “paciente” por “cliente” o “usuario”) que constituye el núcleo definitorio de la globalización (homogeneizando la variedad de riquezas materiales y sociales a partir del valor dinero) ha acabado socavando esa conciencia comunitaria, de grupo, que nos caracterizaba. Quizás eso haga que los vicios del liberalismo, sin un contrapeso adecuado de la idea de responsabilidad, afloren en nuestro entorno con mayor intensidad.

Este tipo de comportamientos, este tipo de actitudes, responden, en realidad, a un liberalismo viciado, un liberalismo privado de la idea de responsabilidad, o un liberalismo donde la idea de responsabilidad acaba ante uno mismo, sin conceder la existencia de un tribunal moral exterior a la propia opinión. Este liberalismo carece de un elemento básico de la realidad humana, el de la interdependencia, el de la vida como vida-en-relación-con-otros, hacia y con los que uno también es responsable, y cuyo interés se comparte. El liberalismo viciado, que estoy criticando, es el que hace afirmar que los hombres y las mujeres son islas, separadas unas de otras, sin hacerse consciente de que, en el fondo del mar, las islas descansan en el mismo fondo, que a su vez las une: las personas serían, en esta visión, como islas de un archipiélago, con un sustrato común del que todos deberíamos hacernos responsables. En torno a esta imagen seguramente podrían encontrarse el liberalismo de la verdadera responsabilidad y los comunitarismos que critican los excesos liberales, respetando y teniendo en cuenta a la vez al individuo y a la comunidad / relación con otros.

¿Es esto pura ideología, pura divagación filosófica? No, por supuesto que no. Es una convicción que se manifiesta día a día allí donde se ejerce la Medicina (y la Enfermería, y la docencia, y…), ámbitos en los que el interés personal viene asociado al interés del otro, al interés del grupo. Y sin negar que somos humanos, y que también entre nosotros se afincan las corruptelas (como la que permite, por ejemplo, situaciones de abuso de poder entre compañeros, que venimos denunciando, o selecciones de personal facultativo totalmente aleatorias, ,como han desvelado en estos días los medios de comunicación), lo cierto es que la Medicina es una práctica que, en su núcleo, recoge la dimensión relacional de la persona, y que se pone responsablemente al servicio de esa relación y la utiliza como herramienta privilegiada para mejorar la salud de otras personas. Como todo aspecto de la vida precisa de un proceso continuo de mejora y de purificación, pero es una pena, todo un signo de los tiempos y algo a lo que nos debemos resistir, que se quiera desposeer al ejercicio de la Medicina de esa visión y se la quiera transformar en un proceso económico más al uso, donde las personas (incluyendo a los propios profesionales) pasen a un segundo plano.

De ahí el valor de defender la Medicina, de defender su ejercicio y dignidad, y de defender su condición de práctica al servicio de las personas, como se plantea desde la propuesta de la relación clínica como Patrimonio Intangible de la Humanidad. Porque la Medicina lleva en sí el germen relacional y responsable del #nuevohumanismo necesario para caminar hacia el futuro como una sociedad honrada y solidaria. Seamos conscientes de ello, y no nos dejemos convencer por cantos de sirena.

Miguel Ángel García Pérez
Médico de familia. Máster en Bioética. Director médico de la Revista Madrileña de Medicina

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