EDITORIAL. “No somos como el resto de las categorías sanitarias”, por Ángela Hernández

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¿Alguna vez os habéis parado a pensar cómo cambia la vivencia de una experiencia dependiendo de cómo te aproximas a ella?

Imaginemos la estación de trenes de una gran ciudad; como estamos en Madrid, podemos imaginarnos Atocha o Chamartín. Si inicias tus vacaciones, con tu pareja y tus hijos, percibirás tu paso por ella como un trámite necesario, quizá incluso incómodo para llegar a tu destino. Al cruzarte con personas, trajeadas y apresuradas, contemplarás entre la preocupación de que se lleven por delante a uno de tus hijos y la diversión, sus rictus serios y concentrados. Sin embargo si eres tu quien llega tarde, probablemente por un error de planificación o por un exceso de tareas, para coger un tren para un viaje de trabajo, verás a los demás transeúntes como obstáculos. La familia anterior te resultará insoportable. Incluso renegarás de haber perdido unos preciosos segundos al evitar derribar a uno de los niños que esos padres negligentes no están supervisando como debieran…

Si trabajas en la estación contemplarás la escena de la familia y el viajero apurado con un cierto hastío, diferentes caras para una historia que has visto muchas veces y por las que continúas cobrando el mismo sueldo insuficiente. Como político, solo la verás de punta en blanco para alguna inauguración o, en el peor de los casos (ojalá no) para dar condolencias en caso de accidente o, como todos recordamos con consternación, un atentado terrorista.

La estación es la misma, pero nuestra aproximación a ella no puede ser más diferente.

Cuando hablamos de cómo gestionar el capital humano en los hospitales nos sucede un poco lo mismo, pacientes, profesionales sanitarios, gestores y gobernantes vivencian dicha experiencia desde su propia visión, y cada uno de ellos siente el convencimiento de que la suya es la correcta y acertada. En teoría todos tenemos el mismo objetivo, que el paciente recorra los diferentes procesos asistenciales de la forma más puntual, agradable, segura y eficiente posible. Pero… ¿es esto siempre así?

¿Cuáles con los escollos con los que nos enfrentamos en el caso de la profesión médica en la sanidad pública madrileña?

  • Nos engloban en mesas de negociación con el resto de las categorías sanitarias cuando representamos aproximadamente un 20% de los profesionales sanitarios, pero se nos niegan de forma sistemática derechos recogidos en la legislación como el de la movilidad.
  • La tendencia como hecho constatable a la fragmentación, tanto en más de 45 especialidades como en diversas subespecialidades dentro de cada una de ellas.
  • El hecho diferencial en la provisión de plazas de facultativos en el ámbito de hospitalaria.

Revisemos la provisión de plazas en atención hospitalaria. Las jefaturas viven en el firme convencimiento de que tienen que poder elegir sus equipos. Para ello, se han obviado durante décadas reglas del juego de la legalidad vigente, tales como las bolsas de empleo, la movilidad o los traslados.

¿Cuántas veces hemos puesto desde AMYTS sobre la mesa la injusticia que supone para los facultativos de cualquier especialidad hospitalaria en Madrid la ausencia de movilidad o traslados desde hace ya 18 años (descontando que los que se produjeron fueron insuficientes) y la modalidad de provisión de las plazas temporales al margen de los criterios que en teoría rigen la contratación pública?

Se han producido avances incuestionables, de OPEs con casos clínicos a OPEs con preguntas tipo test, que si bien no han eliminado por completo los problemas, si han dotado de mayor objetividad al proceso. Pero luego vienen las historias que no solo no nos gusta oír y que escuchamos con la impotencia no solo de no poder hacer nada, sino de saber que se repetirán sin consecuencias para los mafiosos que las protagonizan y que, además, no son capaces de entender, porque en su fuero interno están obrando en el pleno convencimiento de hacer lo correcto.

Si vienes a desmontarme el servicio, tendrás que asumir las tareas menos satisfactorias”. Esas tareas varían con cada especialidad; en el caso de la mía, Cirugía General y del Aparato Digestivo, podrían ser más consultas y quirófanos menos atractivos; en el caso de Ginecología, citologías… Hay un largo etcétera que ya desvela un primer problema de la profesión médica: ¿Elegimos las diferentes especialidades para ayudar los pacientes, o para satisfacer nuestro ego?

Cualquier análisis de una especialidad arroja, afortunadamente, que hay un porcentaje de la actividad muy numeroso de patologías llamémoslas “generales”, bien porque entrañan menor gravedad de base o porque existe un tratamiento óptimo para ellas, y que por su elevada frecuencia terminan por hacerse menos atractivas. Siguiendo con el ejemplo de la Cirugía General y del Aparato Digestivo, serían las hernias inguinales, las vesículas biliares, o la cirugía menor. Pero eso el paciente no lo sabe: para el cirujano puede tratarse de su “hernia y pico mil”, pero para el paciente será, con un poco de suerte, su única operación de vesícula biliar o de hernia. Tratar despectivamente determinadas áreas de una especialidad no deja de ser tratar de forma subóptima a los pacientes aquejados de dichas patologías; subestimar a los cirujanos que realizan mayormente dichas patologías, ensalzando a los que se dedican a patologías más “bonitas”, es injusto cuando menos; y realizar en hospitales de nivel I y II procedimientos complejos con un número por año reducido, es al menos temerario.

Tendemos a la subespecialización; eso no es malo, promociona la Medicina y logra avances increíbles. ¿Quién no se ha emocionado estos días con el artículo de Pedro Simón en El Mundo “Hugo, historia de una corazón”? Es edificante que la Medicina haya avanzado hasta lograr dar esperanza a un problema cardiaco como el que se describe; es un motivo de orgullo pertenecer a una sociedad como la española, que colabora en su conjunto para hacer posibles historias como esta, sin que se produzca el descalabro económico de los que la sufren.

Pero hay que ser realistas, no todos podemos ser cirujanos cardíacos infantiles. Serlo requiere una tremenda dedicación y un determinado número de procedimientos que requieren concentrar esfuerzos, presupuesto y equipos. Y esto que es válido y obvio para un trasplante cardíaco infantil, es extrapolable e igual de cierto para muchas patologías de cada una de las más de cuarenta y cinco especialidades médicas. Que estos casos nos asombren no debería restar importancia a la labor de día a día y longitudinal de cada médico o pediatra de Atención Primaria por sus pacientes (porque ellos los consideran un poco suyos), o a cada uno de los actos médicos que se realizan a diario en los hospitales madrileños y españoles por las diferentes especialidades.

Hecha esta reflexión, cabe preguntarnos: ¿seguro que estamos formando los médicos y TS que necesita la sociedad? ¿No estamos abocando a la frustración a los residentes? Adjudicarlos a una subespecialidad nada más acabar la residencia o incluso durante la propia residencia y sustraerles de un ejercicio previo, llamémosle generalista de la especialidad, que dote de una visión de conjunto y de las herramientas precisas para afrontarla en las diferentes realidades asistenciales en las que la desarrollarán sólo puede conducir a generar frustración. Es una especie de pirámide invertida en la que la formación MIR se realiza fundamentalmente en hospitales de tercer nivel en la mayoría de especialidades hospitalarias, cuando luego habrá que cubrir plazas en un grueso de hospitales de nivel I y II.

Pondré un ejemplo sencillo, la Pediatría. En Madrid, y en muchas otras comunidades autónomas mucho antes, hay un déficit escandaloso de pediatras de Atención Primaria. Es una especialidad apreciada por la población y vendida a los cuatro vientos por los “responsables” políticos. Pero… ¿cómo se forman los pediatras? Una especialidad de cuatro años que incluye una subespecialización en el último año (neonatología, digestivo, nefrología, etc.) hasta prácticamente reproducir el abanico de especialidades médicas del adulto. Al terminar, esos residentes se esfuerzan, como es lógico, por encontrar un hueco en dicha subespecialidad, incluso normalizándose auténticas aberraciones, como completar su formación en ellas con contratos subóptimos, o incluso sin contratos o con contratos de guardias que incluyen la jornada ordinaria de propina.

Mientras, las plazas de Pediatría de Atención Primaria sin cubrir. ¿De qué no extrañamos? ¿No sería más lógico, si es que se apuesta con seriedad por la pediatría de atención primaria, formar pediatras “generalistas” y después ofertar las plazas de subespecialización realmente necesarias para el sistema?

Todo esto no es gratuito ni para los profesionales, ni para la calidad de la asistencia que se presta. Además de la endogamia resultante del hecho de que desarrollar toda tu carrera en un mismo centro sea más la regla que la excepción, se generan situaciones auténticamente dramáticas que se prolongan durante años, con el consiguiente sufrimiento de ambas partes que no benefician ni al desarrollo profesional y personal de los afectados ni mucho menos a los pacientes.

¿Y qué solución puede tener todo esto?

¡Hay que cambiar el sistema!, claman unos y otros a los cuatro vientos. Los políticos tratan de obtener votos con la sanidad pública y universal, pero la temen porque están sobreaviso de que también pueden perderlos por su causa, así que no mueven ficha; los gestores quieren personal médico más dócil (tarea casi imposible); las jefaturas sienten el firme convencimiento de que tienen que elegir a su equipo (aunque luego el mérito y la capacidad demasiadas veces se vean relegadas ante el enchufismo, nepotismo, la camaradería o sencillamente la afinidad); entre los médicos y TS encontraremos tantas propuestas como escalafones y especialidades, y casi todas a la hora de la verdad, defendidas desde el más profundo “ombliguismo” o desde la visión de maltrato continuado por parte de la Administración, que genera rechazo a medidas como oposiciones tras años sin ellas; y por último, a los pacientes, les tienen medio convencidos de que el problema es que no hay médicos mientras se obvia que no es que no haya médicos, sino que a menudo huyen espantados de las condiciones laborales que el sistema les oferta.

Y aquí seguimos. Lo sencillo es culpar a la Administración o a los sindicatos, o mejor aún, a los dos a la vez. Pero creo que es absolutamente necesario que la profesión médica y de TS se mire a si misma con objetividad y comience una profunda y serena reflexión. Porque si no lo hacemos, las “soluciones” nos las van a seguir poniendo otros, y no parece que a lo largo de estas décadas nos haya beneficiado.

Si no es posible tratarnos como al resto de las categorías sanitarias, igual va a ser porque NO SOMOS COMO EL RESTO DE LAS CATEGORÍAS SANITARIAS. Si queremos que en hospitalaria las jefaturas elijan sus equipos, igual hay que atreverse a desarrollar con seriedad la evaluación y rendición de cuentas y, en consecuencia, terminar con la tendencia actual a que las jefaturas se extiendan hasta la jubilación como la norma y no en función de los resultados. No voy a ocultaros que me da un pavor tremendo, ya que si se ha logrado retorcer como todos sabemos un sistema público en teoría basado en la publicidad, igualdad, mérito y capacidad, ¿qué no haríamos con uno basado en la discrecionalidad?

También habría que aumentar las retribuciones de una manera acorde a dicho funcionamiento. Pero ante la creciente disconformidad de la profesión médica con su valoración, competencias y retribuciones, habrá que afrontar el debate y tratar de llegar a una solución. Entre todos.

Ángela Hernández Puente
Especialista en Cirugía General y AD. Vicesecretaria general de AMYTS

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