CON FIRMA. “Ni héroes ni villanos, simplemente humanos”, por Miriam Eimil

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En la intimidad del acto médico nos exponemos en nuestra desnudez ante el Rostro (Lèvinas) expectante del paciente. Ese pacto que voluntariamente aceptamos viene definido por la responsabilidad que en nosotros despierta el Otro. No hay más moral ni más ética que la que estamos dispuestos a asumir en ese compromiso intransferible que establecemos cotidianamente en nuestras consultas. Entre ambos no debería haber exigencias. Se da. Se toma.

Esta actitud plenamente autónoma de nuestro responsable acto médico corre el riesgo, cuando exigida, de derivar en el concepto social que se tiene de la moralidad de nuestro colectivo. Investidos por el público de unas cualidades heroicas, no se espera del médico otra cosa que generosidad, compromiso, abnegación. Una vez encumbrados en la cima de las profesiones comprometidas, por el mero hecho de habernos licenciado en Medicina, nuestra heroicidad no tiene más que mantenerse contra las inclemencias del día a día. La inocencia del dar y del tomar queda rota por una expectativa impuesta desde fuera.

Pero, ¿cuántos de nosotros han buscado activamente esa posición a la que se han visto elevados? ¿Es inherente al médico ese aura mística que los demás colocan sobre nosotros? ¿Tiene la sociedad derecho a atribuirnos en colectivo una disposición que no puede ser más que una elección individual?

En la intemperie de nuestra consulta, a solas con ese Rostro que nos viene, los conflictos morales nos obligan a elecciones dilemáticas en que no encontramos cursos intermedios de acción. O el paciente o yo. Y nos topamos con la paradoja irresoluble en que la responsabilidad que nos atribuimos sobre el porvenir del Rostro colisiona, ¡ay!, con intereses nuestros también legítimos porque -¡reclamamos!- ¿acaso no soy yo también un Rostro para alguien y que merece (¡merezco!) compasión y cuidados?

La relación de dos que es la consulta necesita, sí, de un Tercero. Otro elemento que diluya la intensidad de nuestro vínculo con el paciente y nos permita una superficie de contacto con el Otro que tenga pliegues en los que parapetarnos y protegernos. La exposición desnuda y directa de dos humanos, uno que sufre, otro del que se espera el Todo, será asimétrica siempre. Pero en esa asimetría se confía en que el médico, el héroe, sea el que se tienda ante el necesitado, el paciente.

¿Quién es ese tercero al que pedimos cobijo? El Poder Público. Para la Administración, nuestro rol de héroes es la garantía de que el sistema seguirá funcionando. Pero nosotros necesitamos un refugio que nos permita tomar decisiones sin invadir nuestro propio campo de intereses. En esta tesitura, somos héroes cuando generamos una cita extra sin huecos para ver un paciente en una revisión urgente, pero somos villanos si pedimos que se nos respeten los tiempos de consulta. Somos una heroína si rellenamos una receta en el pasillo y somos una villana si sugerimos que el trámite se haga por medio de administración. Héroes si prolongamos una consulta una tarde sin solicitar el pago de las horas, villanos si hacemos llegar la minuta del tiempo empleado en el trabajo y no con nuestras familias. Sobre nuestros hombros, canallas y pródigos, cabalga un sistema laboral insatisfactorio con la aquiescencia y empuje de una consejería cicatera.

Reclamamos poder elegir nuestro compromiso con el Rostro. Reclamamos que no se nos exija un estilo de vida que no puede ser algo inherente al médico, sino decisión de cada individuo, de modo que cada pequeño acto que en la consulta se haga por el Rostro del otro se contemple como el fruto de una reflexión personal y no como un deber. No somos ni héroes ni villanos, simplemente somos humanos.

Miriam Eimil Ortiz
Especialista en Neurología, Hospital Universitario de Torrejón. Delegada sindical de AMYTS

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