Las terrazas de la imprudencia y la necesidad de superhéroes

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Ya estamos en fase 1, y eso supone una serie de libertades recuperadas: podemos encontrarnos con familiares y amigos, podemos acudir a instalaciones deportivas abiertas, podemos -¡por fin!- sentarnos a tomar algo juntos en una “terracita”…

Podemos estar contentos por ello, desde luego. Han sido unas libertades duramente reconquistadas, después de poner límite al ataque del coronavirus, que tantos sufrimientos nos ha producido, tanto a la sociedad en su conjunto como a los profesionales… Y hay ganas de encontrarse.

La terraza ofrece una oportunidad sin igual: una mesa, una bebida, una charla compartida… Anécdotas, confesiones, miradas… Risas, carcajadas… Cierto que separados del siguiente grupo de la misma terraza por la famosa distancia de seguridad de 2 metros, pero compartiendo 3, 4, 5 personas un espacio de menos de 4 metros cuadrados. Sin mascarillas, pues se aprovecha para beber o comer algo. Y con miles de gotitas de Pflügge sobrevolando el espacio y aterrizando en la ración o tapita compartida, bien colocada en el centro de la mesa, cuando no directamente en cualquiera de las bebidas o en la mucosa de uno de los contertulios… Y si encima ocurre, como hemos visto en algunas imágenes, que los espacios entre mesas se llenan de personas de pie acompañando a los sentados, o formando pequeños grupos sin acceso a las mesas, la posibilidad de contagio está servida. Igual usted no lo había pensado, pero esto es una de las imágenes que las terrazas ofrecen a un profesional sanitario que pasea por delante de ellas, o que se sienta a disfrutarlas.

Habrá que ser un poquito más creativos. Porque precisamente en las comidas compartidas se produce un mayor riesgo de contagio, habrá que imaginar alguna forma de disfrutar con los amigos sin incurrir en esos riesgos, y sin facilitar al virus la transmisión a diestro y siniestro (sí, el virus no entiende de ideologías). Porque si no, volveremos a las andadas. Y creo que ni la sociedad en su conjunto, ni mucho menos los profesionales sanitarios, quieren volver a pasar por lo mismo.

Se podría decir lo mismo de lo que supone pasear, a las horas punta de la “liberación”, entre ciudadanos sin mascarilla por calles atestadas de gente. Es impresionante comprobar cómo hay quien no entiende que esto de las mascarillas es como una “cadena de favores”, donde cada persona con mascarilla hace una apuesta por su protección, pero sobre todo por la protección de los demás, y cada persona sin mascarilla muestra la indiferencia que los demás le producen… o su errónea concepción de que la infección por coronavirus “no es para tanto” (que se lo digan, por cierto, a las más de 20.000 familias que habrá tenido alguna pérdida entre sus allegados más inmediatos, o a tantos y tantos supervivientes que lo han vivido en primera persona).

Si el mundo en que vivimos es un mundo de responsabilidad, de libertad responsable, esto es aún más evidente en el mundo de la COVID. Y la responsabilidad es cosa de todos, o no va a ninguna parte.

Los profesionales se han quejado en muchas ocasiones de que no son héroes, ni quieren serlo. Que son eso, profesionales, personas que ponen al servicio de la comunidad su saber y su hacer, pero en cuyo compromiso social no está poner al servicio de los demás ni sus intereses personales ni el bienestar de sus familias. Intereses legítimos, tanto como los de cualquier otro ciudadano. Y dudo mucho que estén dispuestos de buena gana a ponerlos de nuevo en riesgo.

Es muy fácil querer tener héroes y superhéroes. Son la mejor excusa para no mojarse como ciudadanos de a pie, porque para eso está ese grupo de personas que lo darán todo por protegernos. Pero los posibles candidatos a héroes y superhéroes tienen también vida personal, y son de carne y hueso como los demás. Sus vidas y su seguridad son un bien común que entre todos debemos proteger, como lo hacemos con la de cualquier otro ciudadano.

Así que dejemos de entender el avance de fase en la desescalada como una cuestión política, o económica, o de bienestar social… Es todo eso, por supuesto, pero es sobre todo una cuestión vital: una cuestión en la que nos jugamos la vida y el bienestar de todos, pero sobre todo de las personas más vulnerables, y también del personal sanitario, que se ha dejado la piel en el primer embate de la pandemia. No sé si les podremos pedir, moralmente, que vuelvan a hacerlo si llegamos a un nuevo rebrote desde el ejercicio orquestado de la irresponsabilidad.

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