EDITORIAL. “Sobre la persona y el sistema sanitario que queremos”, por Gabriel del Pozo

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En estos días he hecho uso del sistema sanitario como familiar. Acudí a un hospital público de gestión privada, y me choqué contra el muro de contradicciones que van apareciendo en nuestro sistema sanitario. Se asientan en él, sin que nadie nos planteemos su incongruencia.

Lo primero que me encuentro al llegar a dicho centro sanitario es que no hay puntos de información personal. Un moderno sistema de cartelería, escasamente útil, señala con colores pasillos y números, sin que los usuarios del centro puedan saber a que extraño código corresponde. ¿Qué nos quiere trasmitir? Cumple una función decorativa, pero informativa escasa o nula.

Así inicio mi travesía por el desierto, dicho de forma literal y no eufemística, pues es un desierto de personal al que poder pedir auxilio en tu peregrinaje; solo algunos usuarios con caras de infinita paciencia. Aquí sería más lógico volver a llamarlos pacientes, esperando ser agraciados con un número o una voz difícilmente inteligible que los estimule a enfilar una puerta salvadora, a la que se encaminan con cara de agraciados en el sorteo de la primitiva y mirando prepotentes al resto, que espera con su actitud paciente. ¡Cualquiera se atreve a preguntar nada a éstos!

Osado, atravieso una puerta que supongo da acceso a habitaciones dónde se encuentran pacientes en hospitalización. Y usando la lógica deductiva aprendida durante la carrera de Medicina, supongo que hay personal que los atiende y que puede ayudarme a encontrar lo que busco, pero ¡otra vez te confundes, osado explorador! Pues tras esas puertas modernas solo hay habitaciones vacías. Con un sistema de luces y un letrero digital a la puerta de cada habitación se informa de que están desocupadas, y se identifica el habitáculo donde tiene su guarida el personal sanitario. En ese momento pienso: “¡Buen sitio para que alguien decida hacer una ocupación!”, y mi sorpresa es que, en estos días, determinados colectivos estaban ocupando restaurantes de alguna zona de Madrid. Creo que pronto sustituirán en las noticias los restaurantes por salas hospitalarias; además, las camas tenían pinta de cómodas. Con un poco de suerte, hasta les pasan el menú diario.

Llegados a este punto, mi osadía de explorador iba acompañada de un punto de cabreo y mala leche. Pero, dispuesto a triunfar y llegar a encontrar mi destino, salgo del pasillo de la nada y recalo de nuevo en el hall de los “esperantes”. Con ojos de águila buscando una presa, empiezo a hacer giros de cuello de 360º para, en el momento en que aparezca un profesional, caer sobre él e impedirle su huida. Y, por fin, mi paciencia y vigilancia tienen su premio en forma de dos asustadas trabajadoras, con la mirada perdida en su diminuta bandeja de muestras para evitar cualquier contacto visual con el espécimen “usuario”.

Aun a riesgo de perder el paso y caer por las escaleras, las abordo rompiendo su reticencia y una de ellas me informa. Pero ¡mi gozo en un pozo! Ahora sé a dónde debo ir a preguntar, pero no podré llegar a mi destino. Hay una nueva trampa en el sistema denominada “Ley de Protección de Datos” y, amparados y obligados a ella, los trabajadores no me dirán la habitación en que se encuentra mi familiar. La única forma de saberlo es, me dicen, acudiendo al “punto de información” en el que, tras dar los apellidos de mi familiar, me darán la información que necesito. “¡Pero, señorita, si aquí no hay punto de información!” “No, pero debe usted acudir al letrero donde pone ADMISIÓN.”

Me encamino hacia el nuevo rodeo que me llevará a mi destino. Aquí sí hay un cartel inteligible en el que pone “Coja número”. Mis modales, llegado este momento, ya no me acompañan y, saltándome todas las normas de educación, me encamino al mostrador sin número. Y, tras esperar que atiendan al usuario que me precede, espeto a una trabajadora mis dificultades para encontrar a mi familiar. Amablemente, soy agraciado (tras consultarlo en un ordenador) con un número de habitación. Dicho número, unido a la información obtenida en mi fase detectivesca previa, me conduce al encuentro de mis allegados y a conocer al nuevo miembro de la familia.

Pero mis sorpresas todavía no han acabado. Al entrar en la habitación veo a un profesional que, en mi ingenuidad, creo que está atendiendo al bebé. Pero no, me informan que es la “fotógrafa neonatal” del hospital, y pienso: “¡Qué bien, en estos nuevos hospitales hasta les hacen fotos a todos los bebés que nacen en ellos!”. De nuevo me equivoco: esta profesional uniformada como si fuera un miembro sanitario es una vendedora de reportajes fotográficos.

¿Hacia dónde caminamos? ¿Esta es la Sanidad que queremos? ¿Esta es la confidencialidad que necesitamos? ¿Necesitamos despersonalizar el sistema? ¿Tenemos tan pocos trabajadores que tienen miedo de gastar su tiempo ayudando a alguien perdido? Lo peor de todo es que nos reiteran tantas veces su verdad que al final será cierta la frase que Umberto Eco pone en boca de su personaje Baudolino: “Si nuestra mente es capaz de concebir una cosa que más grande no la hay, sin duda esa cosa existe”. Y reiteran, y reiteran, y vuelven a reiterar que este sistema es la “panacea”. “Dios nos libre de caer en ese error” (cada cual ponga en el lugar de Dios el nombre de ese ser o fuerza superior a quién se encomienda para obtener el resultado).

Gabriel del Pozo Sosa
Médico de Familia. Vicesecretario general de AMYTS
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