CON FIRMA. “El desinterés por lo común”, por Miguel Ángel García

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107 Miguel Angel Garcia  3x3 cm

Si cada uno barre su acera, la calle estará limpia (Goethe, pensador y escritor alemán)

Cada vez está más claro que vivimos en una sociedad individualista, en la que lo más frecuente es que los individuos tengan la visión de que es su esfuerzo personal lo que les llevará a disfrutar de una vida digna. El gran sueño americano que constituye el núcleo del american way of life viene definido precisamente por la posibilidad de llegar a lo más alto a partir del propio esfuerzo. Y sin negar que esa mentalidad ha dado sus frutos, como es observable en el nivel de desarrollo alcanzado por los Estados Unidos, no es menos cierto que está montada en una falacia, o, en todo caso, en una percepción falsa de la realidad.

La vida de todos y cada uno de nosotros tiene un punto de partida y un entorno de desarrollo que no depende de nuestro esfuerzo personal, sino que viene dada por los esfuerzos de nuestros antepasados, que nos han legado la sociedad en la que nacemos, y el de nuestros coetáneos, que continúa en el intento de mantener o mejorar el nivel social conseguido. Es posible, ciertamente, que sobre ese fondo sea cierto lo que apunta la frase del comienzo de este artículo, pero también es cierto que si nadie hubiera hecho antes la calle, y si nadie se dedicara a su mantenimiento, la frase perdería totalmente la validez, pues sencillamente no habría calle. Las puertas y aceras estarían muy limpias, sí, pero en medio de la nada.

Sin embargo, refleja  muy bien el espíritu occidental medio de hoy. El interés propio y el desinterés por lo común campean a sus anchas, y ello hace posible que nuestros gobernantes piensen antes en su propio beneficio (comisiones, cuentas bancarias en paraísos fiscales, continuidad en los puestos de gobierno…) que en el de la sociedad a la que dicen servir. Y que la corrupción se extienda por doquier, pues mientras todos defendemos con uñas y dientes lo que es “nuestro” (mío, de cada uno), no solemos esforzarnos mucho en defender lo común, pues pareciera siempre que, por no ser nuestro, es de “otros”. Y que la injusticia campe a sus anchas, ya que, mientras no nos afecte a nosotros, no haremos mucho por combatirla… Sin embargo, si no cuidamos y mantenemos la calle recibida, pronto nuestras casas estarán en medio de la nada, y nuestro esfuerzo personal correrá el riesgo de no servir para nada en un entorno adverso e injusto. ¡Cuántas brillantes cabezas han caído bajo entornos inquisitoriales o dictatoriales, o sufren en profundos calabozos de las dictaduras más actuales!

Si de verdad queremos aspirar a un futuro digno tendremos que esforzarnos, por supuesto, pero parte de ese esfuerzo, de nuestra dedicación y preocupación, habrá de dirigirse hacia lo común. Común es construir una sociedad justa y solidaria, una organizaciones que defiendan los valores sociales y un entorno natural y social que permita el correcto desarrollo de cada persona, de nosotros y de las generaciones venideras. Dar valor a lo común supondrá, en ocasiones, dejar en segundo lugar lo propio, el interés particular, y dedicar parte del esfuerzo a la colaboración y a la construcción social. Y trabajar por una mentalidad que entienda que lo común es un espacio que hace posible el desarrollo de las capacidades individuales, y que, por tanto, debería estar entre nuestros intereses prioritarios.

Es necesario, por tanto, comprometerse en la construcción y mantenimiento de lo común. Construcción porque en ocasiones tendremos que generar nuevos espacios y nuevas realidades, y mantenimiento porque en otras ocasiones de lo que se tratará es de reparar y reforzar lo recibido de otros grupos que nos antecedieron.

Nuestro sistema sanitario es parte de esa realidad común. Y lo son los conocimientos médicos, muchos de los cuales están a la base de ingentes ganancias que se esconden detrás de las patentes farmacéuticas. Y lo son las organizaciones profesionales, que intentar dar valor al ejercicio de las profesiones, y crear y desarrollar marcos en los que ese ejercicio profesional alcance su mayor nivel de calidad. Y lo es también la organización social, el conjunto de esta sociedad que vivimos, padecemos y disfrutamos en el día a día.

Abramos los ojos y trabajemos también por lo común. Porque de lo contrario es posible que el exterior de nuestras casas se transforme en intemperie adversa, y que tengamos que convertirlas en refugios para protegernos unos de otros.

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