CON FIRMA. Una felicitación de Navidad para todos los públicos, por Miguel Ángel García Pérez

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Estamos en medio de unas fiestas un tanto especiales. El deseo de felicidad es casi universalmente repetido en nuestro medio, a pesar de que el sentido inicial de estas fiestas, ligado a una confesión religiosa, va perdiéndose cada vez más en el horizonte. Es frecuente, de hecho, que muchas personas eludan en su felicitación la palabra Navidad, y recurran a un más inespecífico “Felices fiestas” o incluso lo precisen un poco más aludiendo al equinoccio de invierno, que ocurre en fechas próximas a estas fiestas. Pero si ya nos colocamos lejos de su original sentido religioso, ¿de dónde le viene ese deseo de felicidad que todos intentamos transmitir a quienes nos rodean? ¿Por qué, incluso, tienen ese aire de fiestas tan entrañables?

Habría que escarbar un poco en el sentido originario de la Navidad para poder intuir someramente alguna respuesta a esas cuestiones. Las tradiciones religiosas, como cualquier otro tipo de tradición, tratan de dar sentido a los interrogantes que se formulan los seres humanos de cualquier cultura. Podremos cuestionar el contenido concreto de esas tradiciones, pero no soslayar las preguntas que las originaron e incluso los elementos fundamentales de la respuesta que pretenden dar. Si el tradicional arquetipo religioso ponía la expectativa humana de una existencia mejor en manos de una realidad externa, divina, que controlaría el destino de los hombres (como puede muy bien verse en la religiosidad de la Grecia clásica), la Navidad cristiana devolvería, al menos parcialmente, esa expectativa al propio ser humano, que se reconocería capaz de acogerla dentro de sí. Y eso lo anuncia como buena noticia.

Ciertamente, habría algo de buena noticia si todos nos reconocemos, unos a otros, portadores de esperanza, depositarios de una potencia que haría posible, al menos en pequeñas dosis, ese mundo mejor que todos anhelamos. Aún más, sería una buena noticia que todos y cada uno de nosotros reconociéramos en nosotros mismos esa potencialidad. Y eso es, quizás, lo que le otorga este aire tan especial a estos días de fiesta: el reconocernos en nosotros mismos y el reconocer en cada persona que nos rodea, sobre todo cercana, una esperanza cierta de esa posibilidad de un mundo mejor.

Desearnos felicidad en este contexto significa desear que todo ese potencial se ponga en marcha y acabe afectándonos a todos y cada uno de nosotros. Y, en estas condiciones, una feliz Navidad se transformaría, casi ineludiblemente, en un feliz año nuevo en el que, poco a poco, la vida iría siendo un poco mejor, fruto de ese esfuerzo compartido.

Pues entonces: Feliz Navidad a todos y todas. Que nos hagamos conscientes de que el futuro está en nuestras manos y de que, con nuestro esfuerzo, podremos hacer un año 2015 un poco mejor para todos y, con un poco de suerte, un mundo también mejor para todos. Comenzando por, o al menos teniendo en cuenta a, por lo cerca que la tenemos, nuestra querida Sanidad.

Miguel Ángel García Pérez
Médico de familia, Director Médico de la Revista Madrileña de Medicina

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