EDITORIAL. “¿Utopía o realidad? ¡Ambas!”, por Gabriel del Pozo

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De forma general tenemos la sensación de que un año nace, cuando simplemente es una continuación temporal que artificiosamente los humanos hemos creado como una separación con el anterior. Mi interpretación personal es ver los años como una “matrioska”, cada año va saliendo del anterior con un tamaño inferior, tal como es la vida que nos va quedando desde que nacemos. Pero este último concepto, el de nacimiento, nos lleva al mundo de la fantasía, donde podemos imaginar que el nuevo año viene equipado con una varita mágica que nos va a resolver todos los problemas pendientes de solucionar de nuestro pasado reciente, o de alguno mucho más remoto. Esto nos permite ilusionarnos con soluciones inmediatas que no hemos sido capaces de encontrar, unas veces por ineficacia nuestra, otras por incomprensión de quien nos las tiene que conceder o, las más, por falta de acuerdo de ambas partes en la solución.

Cuando empieza un nuevo año deberíamos pensar que nos traerá aquello en lo que hayamos estado trabajando, que nada viene por sí solo si no se genera una corriente que lo haga llegar, que nada depende exclusivamente de nuestra voluntad, que en la generación de esa corriente también participan otros actores, y que no siempre generan un viento a favor. Debemos ser hábiles y flexibles por ambas partes para ser capaces de modificar la dirección del viento, para que confluya, para que salve los obstáculos (los que sean salvables) y se llegue a producir el efecto deseado.

En este momento, gracias a cómo han soplado los vientos de los políticos anteriores y de cómo ha soplado el viento de la ciudadanía en las elecciones a la Comunidad de Madrid, así como en las del Estado, estamos en tiempos de cambio, que seguro será para bien, pues obligará a pensarse posturas que más bien parecían dogmas inamovibles. Y también parece que nos puede ayudar a que confluyan en una corriente positiva que dé solución a muchas de las demandas que llevamos planteando hace años y que, desgraciadamente, habíamos sido incapaces de resolver, por ambas partes.

También hemos de plantearnos que una solución no coincidirá en el cien por cien con nuestras exigencias, ni tampoco con las de nuestro interlocutor. Pero eso no debe hacernos pensar que hemos fracasado y que no hemos hecho nada. Muy al contrario, hay que trabajar mucho y realizar grandes esfuerzos para conseguir resultados que algunas veces pueden parecer escasos, pues cometemos muchas veces el error de valorar el resultado en función de “mis intereses”, en lugar del interés general. Empecemos a olvidarnos del “¿y de lo mío qué?” para sustituirlo por el “¿y de lo nuestro qué?”.

A pesar del baño de realidad de todo lo previo, mantengamos vivo el grito del mayo del 68 en este enero del 16: “SEAMOS REALISTAS. PIDAMOS LO IMPOSIBLE”

Seamos realistas imposible

Gabriel del Pozo Sosa
Médico de familia. Vicesecretario General de AMYTS
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