EDITORIAL. “La importancia de un sistema sanitario cuando todo acaba bien… Y cuando no, también”, por Ángela Hernández

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Durante estos meses ha tenido una gran repercusión mediática la carta de agradecimiento de Pablo Iglesia e Irene Montero tras su experiencia en la sanidad pública a raíz del nacimiento prematuro de sus mellizos. No es la primera vez que un personaje mediático agradece su paso por la Sanidad pública, también lo hicieron Lucía Echebarría o Cristina Cifuentes. Tenemos ejemplos de famosos que han pasado por la experiencia traumática de que un familiar sufra una terrible enfermedad y no dudan en salir después en revistas de gran difusión ensalzando la sanidad de otros países como USA, y diciendo cosas que han sido correctamente puntualizadas desde la prensa española como en el artículo, sobre las declaraciones en una revista del corazón de Ana Obregón, de Lola Sampedro en El Mundo. O de profesionales sanitarios como la entrada de Jonathan Kohler en el blog KevinMD.com, “A physicians’s response to Jimmy Kimmel’s monologue”, sobre la Sanidad universal versus el sistema sanitario estadounidense y su explicación sobre posibles motivaciones subyacentes. Que el sistema sanitario influye en la calidad y tipo de asistencia queda fuera de duda. Tanto en casos en los que por el desembolso económico influye en las decisiones clínicas, como describe de forma desgarradora un anestesista en esta entrada, como para posibles dispendios en sistemas como el nuestro en el que está firmemente asentada la creencia de que “todo” es gratuito.

Es evidente que cada uno en momentos de dificultad acude a lo que cree que va a ser mejor para su caso. También lo es que muchas veces preferimos vivir ajenos a que este tipo de situaciones puedan afectar. Como si en dar la espalda residiera una especie de antídoto o de coraza de protección frente a la posibilidad de sufrir una enfermedad grave o crónica, curable o no. Pero sea por un nacimiento prematuro, una enfermedad rara, un accidente en moto, una mutación que desemboca en un cáncer que no logra frenar el sistema inmune, o una malformación cardiaca; lo cierto es que existe la posibilidad estadística de que sucedan y nos toque, y por desgracia con probabilidades mucho mayores que la de que nos toque un sorteo de lotería. Es decir, todos somos potenciales pacientes o familiares de pacientes. Todo esto se adereza con una Sanidad que está desigualmente distribuida a nivel mundial y que, en los países desarrollados, supone un potencial gasto exponencial tanto en la adquisición de nuevas curas como en el manejo de poblaciones envejecidas con el consiguiente aumento de la cronicidad.

Y ahí llega la gran decisión, ¿qué tipo de Sanidad queremos como ciudadanos, pacientes, profesionales, gestores y políticos?

Como pacientes: ¿De verdad preferimos preponderar que nos operen inmediatamente de patologías banales a mantener la seguridad de que ante algo realmente grave el sistema va a responder con el mejor tratamiento disponible conforme a la evidencia científica disponible? Porque ese es el camino que elegimos cuando suscribimos seguros de salud para mejorar las incómodas listas de espera y las a menudo deprimentes instalaciones de la sanidad pública, en lugar de exigir que estén en las condiciones óptimas.

Como profesionales: ¿Preferimos que el sistema colapse antes que asumir con responsabilidad y adecuadas evaluaciones la tecnología y avances que hayan demostrado de verdad que funcionan? No puedo evitar referirme aquí al reciente anuncio de adquisición en Madrid de seis sistemas quirúrgicos de cirugía mínimamente invasiva, cuando hay, no solo escasa evidencia de su superioridad en un número limitado de patologías, sino cada vez más literatura científica que cuestiona la relación entre el coste que suponen para los beneficios en salud alcanzados.

Como gestores sanitarios: ¿Qué mecanismos manejan y desarrollan para equilibrar la pulsión del paciente de quererlo todo, en el momento y gratis, y la insaciabilidad y el deslumbramiento tecnológico de los profesionales? ¿Qué les protege de los caprichos de los políticos que atraen la inversión sanitaria en forma de centros o de tecnología como mareas que bailan al son de las elecciones?

Como políticos y gestores de lo público, del dinero de todos recaudado con los impuestos, ¿de verdad nos podemos permitir una sanidad sin rumbo que oscila con el calendario electoral entre el dispendio y los recortes de una partida que ha demostrado que tiende a crecer sin control? En este punto temo que hace tiempo que el resultado electoral nubla el entendimiento y el rumbo de los partidos de todos los colores. Los centros sanitarios proliferan como setas en periodos prelectorales, con planificación alejada de criterios sanitarios. Con el agravante de que ha funcionado en numerosas ocasiones, recordemos la era Aguirre, para luego dejar languidecer las estructuras sanitarias por falta de mantenimiento, como venimos sufriendo inundación tras inundación en importantes hospitales madrileños.

Y por último y más importante, como sociedad, ¿cuál es la Sanidad que queremos? ¿La de Estados Unidos que aboca en numerosas ocasiones a la bancarrota en el caso de un proceso grave? ¿O la de un modelo como el que tenemos en España, a pesar de todas sus imperfecciones, en el que ante un proceso de ese tipo asegura que cualquiera tenga a su disposición el mejor tratamiento disponible sea cual sea su nivel socioeconómico?

Como potencial paciente y como familiar de paciente con enfermedad gravísima mi opción personal está muy clara, defender y mejorar el sistema sanitario español.

Como vicesecretaria general de un sindicato profesional médico, creo que hay que recordar que dicho sistema no se puede seguir sustentando únicamente en la vocación, buen hacer y sobrecarga de los médicos y resto de profesionales sanitarios de la sanidad pública.

Como ciudadana, si queremos una Sanidad pública de calidad tenemos que exigir un presupuesto y planificación acordes con dicha calidad, y huir de los cantos de sirena de los que, lejos de ver la sanidad de todos como un bien común, la ven como un nicho de negocio del que extraer beneficios del dinero público.

Mientras, cada cuál seguirá opinando según le vaya en la feria; pero no deberíamos olvidar que a la hora de la verdad lo importante es haber tenido a nuestra disposición la mejor Sanidad posible para el mayor número de personas posible, cuando todo acaba bien… Y cuando no, también.

Ángela Hernández Puente
Cirujana General y del Aparato Digestivo.
Vicesecretaria General de AMYTS

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