CON FIRMA. “Democracia, situación política y elecciones al Colegio de Médicos”, por Miguel Ángel García

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Que la democracia no es un sistema perfecto parece que está en la mente de todos. Pero que es el mejor de los posibles parece también una convicción a mantener, frente a las alternativas conocidas. Sin embargo, la podríamos mejorar mucho si fuéramos conscientes de sus limitaciones y asumiéramos las actitudes necesarias para compensarlas.

La primera limitación de la democracia (pero también, creo, su grandeza, como luego defenderé) es su punto de partida: el hecho de reconocer que no hay una ÚNICA forma válida universalmente de gestionar la sociedad, sino de que hay diversas alternativas, todas ellas basadas en valores concretos: esfuerzo, justicia, igualdad… Dado que no podemos decidir a priori, en nombre de todos, cuál es la mejor, la democracia que conocemos propone una solución: que la gestión de la sociedad la haga la opción más apoyada, “mayoritaria”, la que reúna los apoyos necesarios para considerarse como tal. Definamos esto como lo definamos según nuestro sistema político, el riesgo es que esta “mayoría” se crea poseedora de la razón, e imponga su criterio al resto. Esto no sería fiel al espíritu democrático, a pesar de lo cual ¡lo hemos visto tantas veces! No tienen “la razón”, sino que tienen “la razón más apoyada”, que no es lo mismo. Y es necesario gobernar con respeto hacia las otras razones.

Y mucha falta de respeto hacia las otras razones se aprecia en nuestro panorama político actual, por desgracia. Constituir una mayoría a partir de diversas razones es lícito, por supuesto, pero siempre que todos y cada uno de los portadores de esas razones miren con respeto, incluso con aprecio, a las otras razones, porque son razones mantenidas por otros conciudadanos que forman la misma sociedad. Y lo que parecía una debilidad de la democracia, como antes comentaba, es signo de su grandeza: no hay UNA forma única de gobernar la sociedad, y ninguna se puede imponer porque las ideas no pueden estar antes que las personas. Gobernar, por tanto, es un acto que debe partir del máximo respeto a todos los ciudadanos, y a todas las razones compatibles con la propia democracia. Y tenerlas en cuenta en su propio programa de gobierno. Desgraciadamente, repito, no parece esta la actitud que se aprecia en estos meses.

Mirando ahora al Colegio de Médicos y sus próximas elecciones, me surgen reflexiones parecidas. Después de la experiencia de desastre de los últimos años, y de la escasa utilidad del Colegio de las últimas décadas, es lógico que todos queramos que estas elecciones supongan un punto de inflexión en la trayectoria de la institución. E incluso que esperemos a alguien como “salvador” de la misma. Pero hay que ser realistas: los salvadores no existen, y lo que hay son proyectos de mejora de dicha institución en los que, con toda probabilidad, se compromete el esfuerzo personal de los diferentes candidatos. Y eso es de agradecer.

Para ello, es necesario saber que cada uno de los candidatos defienden una forma entre varias para conseguir el objetivo, y que cualquiera de esas formas necesita del esfuerzo de todos y, desde luego, del apoyo de la mayoría, y que siempre habrá profesionales que hayan apoyado vías minoritarias. Gobernar el Colegio sin iluminaciones, sin intereses escondidos, sino a partir de la forma mayoritariamente apoyada y con respeto hacia el resto será la forma de comenzar a sacar al Colegio de su ya longevo impasse. Y esto necesita de profundas convicciones democráticas por parte de todos: de los candidatos y del conjunto de los colegiados. De los primeros, para que, independientemente del resultado, sepan trabajar para que el Colegio camine en la dirección adecuada: si resultan ganadores, gobernando desde el respeto a todos (y no me refiero a todos los intereses, porque algunos son incompatibles con los intereses de la profesión, sino a todos los colegiados); y si resultan perdedores, trabajando desde la situación en que hayan quedado, conscientes de que su opción ha quedado en minoría, y no pretendiendo que el gobierno del colegio actúe desde su minoría; en cualquier caso, con una grandeza de ánimo que sí es exigible a quien se presenta a unas elecciones. Para todo ello hacen falta habilidades personales en relación a la gestión de proyectos colectivos, que siempre se pueden desarrollar.

Y de parte de los colegiados, quienes deben, primero, hacerse responsables de estas elecciones leyendo los programas (que también ponemos al alcance de todos desde estas páginas) y yendo a votar en masa, y segundo, acompañando la marcha del colegio hacia su mejora, apoyando la tarea (a veces también desde la crítica, siempre que sea constructiva) de la Junta que resulte elegida.

En cualquier caso, dado que se trata de una institución que debe defender el ejercicio de la profesión médica, incluso frente a la propia Administración, parece una institución lo suficientemente seria como para que las elecciones las pueda decidir el presupuesto de campaña y/o el apoyo mediático que cualquiera de los candidatos pueda recibir, o la estética de dicha campaña, o para que su funcionamiento pueda depender de (o bloquearse por) intereses no directamente relacionados con el ejercicio profesional, o quién grite más en las reuniones o asambleas. Es otro Colegio el que necesitamos.

Y si, finalmente, no resulta posible, habrá que pensar en alternativas que realmente puedan funcionar, incluso aunque sea abogando por la desaparición de los Colegios y la constitución de un nuevo sistema de regulación de la profesión médica. Sea como sea, el Colegio no puede seguir como hasta ahora.

Miguel Ángel García Pérez
Médico de familia. Director médico de la Revista Madrileña de Medicina
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