COVID-19. ¿Mascarillas sin ética?

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Lo que está ocurriendo en estas semanas con las mascarillas es un buen indicador de la forma en que está transcurriendo esta crisis COVID. Las dudas sobre su utilidad y el cambio en las indicaciones de las mismas reflejan el escaso conocimiento que tenemos sobre la infección por coronavirus. Su escasez, la carencia de equipos de protección que los profesionales han sufrido durante la crisis por la imprevisión de nuestros responsables sanitarios. Su uso por los ciudadanos, las diferentes sensibilidades y temores que existen ante la enfermedad. Es curioso, pero un objeto tan pequeño y liviano se ha convertido en un buen indicador de un teórico cuadro de mandos del comportamiento de nuestra sociedad ante la pandemia.

Vamos a detenernos un poco más en esos aspectos. En primer lugar, los mecanismos de transmisión conocidos de la infección parecían no hacer necesario, en principio, el uso de mascarillas en la esfera pública, mientras que su utilidad para proteger a los profesionales en el ámbito sanitario o sociosanitario estaba bien establecida Sin embargo, la experiencia de su amplio uso público en algunos países, la sugerencia de que la transmisión aérea podría ser significativa en algunas ocasiones y la constatación de la contagiosidad de COVID en fases/formas asintomáticas de la enfermedad han ido haciendo que se generalice la recomendación de uso de mascarillas entre la población. En el ámbito científico no hay nada establecido y definitivo para siempre, por lo que dichos cambios no plantean ningún problema serio desde esta perspectiva. Sin embargo, los profesionales somos muy conscientes de que se ha utilizado esta incertidumbre para modificar las indicaciones de las mascarillas en la protección de los profesionales en función de la disponibilidad de las mismas (“Protocolos basados en la carencia”), y también se ha utilizado como arma arrojadiza entre formaciones políticas en función de la responsabilidad que cada una de ellas tuviera en la escasez de dichas mascarillas. Los hechos no determinan los comportamientos humanos, como vemos, sino que estos tienen, con frecuencia, una intencionalidad independiente de los mismos.

En lo relativo a la escasez de mascarillas, volvemos a encontrarnos con la misma constatación. Si en principio se debió a la falta de previsión de nuestros responsables sanitarios, probablemente condicionada por el ambiente social de minusvaloracion de la alerta, después se ha ido convirtiendo en una realidad palpable a la vez que negada por esos mismos responsables, y finalmente pasa a una irresponsabilidad manifiesta cuando se plantea avanzar en la desescalada sin garantizar la disponibilidad adecuada en el futuro de dichos equipos de protección, como parece que se ha intentado en Madrid. Esos responsables políticos están tratando la vida de los profesionales como mero bien de producción cuya calidad puede descuidarse en función de otros fines, por muy respetables que estos sean. Es increíble que, a estas alturas, no haya todavía una producción nacional masiva de equipos de protección, cuando sí la hay, por ejemplo, de respiradores.

Finalmente, la utilización de mascarillas en el ámbito público también refleja las diferentes actitudes ciudadanas ante la enfermedad, aunque la escasez ha podido tener su efecto. Desde quienes no las llevan por no estar preocupados por contagiarse (y no estarlo tampoco por contagiar a los demás, o no ser conscientes de ello), o por no poder aguantarlas, a quienes llevan una mascarilla higiénica para protegerse o, sobre todo, proteger a los demás, quienes han conseguido mascarillas filtrantes que aumentan su protección (probablemente de manera innecesaria), manteniendo la de los demás, o quienes usan una de estas mascarillas con válvula con las que uno sólo se protege a sí mismo pero no protege a los otros que se cruzan en su trayectoria. Un amplio abanico de comportamientos que probablemente son un buen reflejo de la diversidad de actitudes personales que existen en nuestra sociedad.

Ante un mismo objeto, la mascarilla, y su realidad (modelos con propiedades diferentes, escasa disponibilidad…) se producen diferentes reacciones, que no dependen sólo de la propia mascarilla y sus características, sino también de las opciones y decisiones de las personas ante ellas. Por eso podemos hablar de ética en relación a las mascarillas. Y, sobre todo, en relación a su utilización y gestión.

Y desde ese punto de vista, la decisión de una Administración sanitaria, la madrileña, de distribuir gratuitamente mascarillas filtrantes a la población general mientras éstas siguen faltando donde son más necesarias, en los centros sanitarios, los lugares en los que se da la mayor exposición al virus y un elevado índice de contagio a los profesionales asistenciales, no puede dejar de considerarse una aberración ética y política. Una medida irresponsable que busca la satisfacción populista de los ciudadanos, despreciando la obligación legal de proteger adecuadamente a los profesionales expuestos. Una actuación que, por todo ello, no está exenta de responsabilidad ética, política y legal.

El uso de las mascarillas no tiene solo trascendencia individual, sino también social, como sabemos, al igual que el resto de medidas de protección frente al coronavirus. Su descuido no sólo me pone en riesgo de contagio a mí, sino que, lo que es más importante a nivel numérico, amplía el riesgo de los que me rodean y posibilita el establecimiento de nuevas cadenas de contagio en el seno de la sociedad. Y es que las personas no vivimos aisladas, sino que somos más bien miembros de una amplia red de relaciones y conexiones múltiples, en la que las decisiones personales tienen repercusiones sociales. Solo la ceguera ideológica (o mental) puede hacer pensar en los individuos como realidades aisladas, o, en el otro extremo, en la sociedad como masa indiferenciada dentro de la cual los individuos no tienen ninguna importancia.

Cada decisión personal importa, de ahí la importancia de la responsabilidad individual. Pero no solo al individuo que la toma, sino también al resto de las personas que le rodean y, finalmente, al conjunto de la sociedad.

Seamos, pues, responsables. Utilicemos mascarilla siempre que no sea posible garantizar la distancia social en el ámbito público, como ocurre en el transporte colectivo, pero también en los centros sanitarios y en otros ámbitos de relación, y pensemos en la adecuada distribución de las mascarillas disponibles para que se pueda garantizar la protección de quienes están más expuestos, los pacientes crónicos y los profesionales sanitarios.

Mantener la cohesión social y responder adecuadamente a la crisis del coronavirus es cosa de todos. Garantizar la protección de los profesionales que nos cuidan y atienden, también. De lo contrario, no será fácil mantener el “contrato social” que garantiza la atención sanitaria para todos. Porque los profesionales sanitarios (y sociales, y de seguridad, y del transporte y la alimentación, y de la limpieza…) también tienen intereses particulares que, como el resto de la población, están éticamente obligados a defender.

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