COVID-19. La protección de los profesionales

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Decíamos ayer que son los profesionales quienes realmente dan la cara en esta crisis del coronavirus. Y que por ello acaban siendo un grupo de especial riesgo para ser contagiados, precisamente cuando tratan de sacar adelante a los pacientes que peor se encuentren a causa de la infección. ¿Puede verse mayor paradoja que ésta, la de no proteger adecuadamente a los profesionales que deben gestionar directamente las consecuencias de la epidemia?

Pues la paradoja se está produciendo. Y no solo por las dificultades para acceder a la formación e información al respecto, que era el tema de nuestra entrada de ayer, sino por las que existen en muchos lugares para disponer de los medios adecuados de protección. En algunos lugares y momentos escasean (o no hay en absoluto) mascarillas para la protección de los profesionales, o para que sean utilizadas por los pacientes que acuden a los centros con procesos respiratorios, lo que evidentemente genera retrasos en la atención para poder garantizar la protección de todos. Y ante esta situación, no nos vale en absoluto que el gobierno o cualquiera de las administraciones sanitarias llore en público del abuso en la compra de mascarillas u otros productos sanitarios, ni de las posibles dificultades que eso puede suponer para el futuro de la epidemia.

No basta con que lloren, tienen que actuar. Y algunos países ya lo están haciendo, interviniendo directamente allí donde sea necesario. La protección de los profesionales es de claro interés público, y una prioridad absoluta si queremos, de verdad, encarar esta crisis con probabilidades de éxito.

Las dificultades para la protección no son solamente de orden material, sino también de orden práctico. Pretender dar respuesta a la elevada demanda asistencial que está suponiendo, y que aún va a suponer con mayor intensidad en el futuro, con los mismos recursos profesionales que hasta ahora andaban ya sobrecargados con la asistencial habitual, es una auténtica absurdez. Esto obliga a profesionales comprometidos, pero también cansados, a tener que realizar muchas actividades a mayor velocidad y con mayor presión, lo que puede poner en problemas el cumplimiento perfecto de los protocolos y, con ello, incrementar las posibilidades de error. Nos parece absolutamente cínico criticar a los profesionales en esta situación, cuando no directamente anti-social. Y, sin embargo, se está haciendo, mientras a la vez se siguen permitiendo concentraciones de multitudes en ferias y otros actos que, inevitablemente, contribuirán a sobrecargar aún más el sistema sanitario y a sus profesionales.

Hay que tomarse en serio esta crisis. Y no basta para ello con multiplicar los protocolos, y con intensificar la labor formativa e informativa hacia los profesionales que se puedan ver afectados. Hay que dotar de suficientes recursos, tanto materiales como personales, y tratar de anticipar los problemas que puedan sobrevenir en el futuro, incluso en los próximos días. No se puede pretender seguir respondiendo a los problemas cuando ya han aparecido, porque la precipitación y la improvisación estarían, en ese caso, garantizadas. Y ni la una ni la otra son buenas amigas de la seguridad.

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