COVID-19. El espejismo de las calles vacías

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Por fin se han tomado medidas de restricción de movilidad y aglomeraciones, que los profesionales veníamos reclamando desde hacía tanto tiempo. Por fin se ha tomado la medida, aunque nuestros políticos han tenido que esperar a que se confirmasen las previsiones, previsiones que venían haciéndose por los técnicos desde hace tiempo. Parece que los políticos, la Administración, necesita asustarse de los números en lugar de anticiparse a ellos. Aún asío, bienvenidas sean esas medidas, y vamos a confiar en que conseguirán reducir el avance de la infección, aunque los efectos no los notaremos hasta que no transcurran varios días.

Y ya están las calles vacías (o casi), las carreteras con menos tráfico (aunque quizás más del que sería deseable) y una gran parte de la población teletrabajando desde casa o, en el peor de los casos, con el contrato suspendido o finalizado. La vida familiar, a buen seguro, se está intensificando, aunque no sin grandes dificultades para algunas familias con hijos en casa que no pueden cuidar y para los que han tenido que buscar soluciones de urgencia.

En medio de esta situación surgen mensajes por doquier que invitan a la pacificación, a la esperanza, a releer esta crisis como una llamada a lo esencial de la vida, a aprovechar, al fin y al cabo, este tiempo de recorte de actividad como un tiempo del que pueda sacarse provecho… Ojalá que sea así, y efectivamente saquemos beneficio de esta situación de crisis.

Pero no toda la realidad es así. Junto a ese escenario, una amplia serie de personas que se dedican a la sanidad, a la seguridad, al transporte o al comercio tienen que estirarse en este tiempo para atender a los pacientes, asegurar sus cuidados, garantizar el orden público y mantener un correcto suministro de productos de primera necesidad. Para muchos de estos ciudadanos no es una opción posible la pacificación, porque hacen frente a muchas dificultades, ni la intensificación de la vida familiar, con turnos de trabajo que se van sobrecargando conforme avanza la crisis. Y casi no se les ve.

Por eso, no nos dejemos engañar por las calles vacías, ni por las innumerables llamadas a la paz y el sosiego familiar (que bienvenidas son, por supuesto, y ojalá fructifiquen). Lo que se vive, por ejemplo, en los dispositivos sanitarios no es precisamente pacífico, sino de una gran actividad, porque son muchos los enfermos que acuden o solicitan atención. Y allí los profesionales tienen que luchar con innumerables dificultades (carencia de equipos de protección, cambios continuos en los protocolos para adaptarse a la evolución de la crisis, recursos escasos…), aunque no veamos las imágenes. De ahí la denuncia que, de nuevo, hoy hace nuestro secretario general, para que la situación no quede en el olvido, ni pase desapercibida.

Porque esta es la parte de la realidad que debe preocuparnos a todos, aunque no la veamos, haciéndonos conscientes de que “la guerra” se vive en otro lado. Una guerra que, para que podamos ganarla, necesita de las calles vacías. Y de muchas actuaciones políticas y sanitarias.

Las calles vacías no son un espejismo: son un arma necesaria para la lucha.

 

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