CONTRAPORTADA. “Médicos, política y caldo de pollo”, por Mónica García Gómez, portavoz de Sanidad de PODEMOS en la Asamblea de Madrid

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136 Mónica García Gómez 3x3 cm
EL ANALFABETO POLÍTICO
No sabe que el costo de la vida, el precio del poroto, del pan, de la harina, del vestido, del zapato y de los remedios, dependen de decisiones políticas. El analfabeto político es tan burro que se enorgullece y ensancha el pecho diciendo que odia la política. No sabe que de su ignorancia política nace la prostituta, el menor abandonado, y el peor de todos los bandidos que es el político corrupto, mequetrefe y lacayo de las empresas nacionales y multinacionales”.
Bertold Brecht

Que la sanidad y los asuntos relacionados con la salud pertenecen al terreno de la política es algo sabido desde que los romanos decidieron construir las primeras alcantarillas….por salud pública. Desligar sanidad y política es, como decía Bertold Brecht, propio de “analfabetos políticos”.

Del analfabetismo político nacen las listas de espera, la sanidad mal gestionada, los sueldos de los profesionales, la falta de motivación, las guardias mal pagadas, la falta de calidad en la asistencia, la (mala) salud pública, el elevado consumo de fármacos, las tasas de infección y un tan largo etcétera que es imposible pensar que se pueda cambiar el sistema sanitario sin la política del mismo modo que es imposible hacerlo sin los profesionales. Teniendo en cuenta que cualquier camino que recorra nuestro sistema sanitario parte de una determinada voluntad política, si ésta nace del desprecio de lo público, de la mediocridad y del abandono paulatino por parte de las instituciones, que nadie dude que ese es el (mal) camino que recorreremos.

La mayoría de los médicos hemos vivido durante mucho tiempo ajenos a los quehaceres políticos. No todos, algunos llevan tiempo en sindicatos, asociaciones profesionales, partidos políticos, incluso haciendo “política” desde la misma consulta o desde sus centros sanitarios. Pero, en general, los médicos no nos sentimos identificados con esos menesteres. Salvamos y mejoramos vidas, sí, pero de una en una, no se me amontonen. Mientras, no nos damos cuenta que la política puede salvar y mejorar miles de vidas, siempre que nos faciliten seguir haciéndolo de una en una.

Hasta hace poco inmiscuirse en política o pronunciarse sobre ella dentro del ámbito sanitario era considerado como “políticamente incorrecto”. Nos sentíamos alejados de un debate que no solía centrarse en una crítica constructiva de la situación sino en una pelea partidista propia de una sociedad polarizada a la que le han hecho creer que lo que no es blanco es negro. En ese contexto, los médicos, metidos en nuestra profesión, hemos llevado nuestra asepsia hasta el terreno de las ideas, alejándonos del debate sobre la política sanitaria del sistema para el que trabajamos, y de la referencia de para quién trabajamos realmente: los pacientes. Pero como dijo Marañón, “cuando llegan tiempos de crisis profunda, en que, rota o caduca toda normalidad, van a decidirse los nuevos destinos nacionales, es obligatorio para todos salir de su profesión y ponerse sin reservas al servicio de la necesidad pública”. No hacerlo, en la antigua Grecia nos habría costado el calificativo de “idiotas”, que definía a aquellos que no se ocupaban de los asuntos públicos y que sólo se ocupaban de los suyos propios.

Y en ese espejismo hemos vivido hasta que empezó la Marea Blanca. Por primera vez en mucho tiempo nos dimos cuenta de que aquí se estaba cocinando un caldo del que debería salir el Sistema Sanitario del futuro y que alguien lo estaba cocinando sin nosotros con una receta que no era la nuestra. Por primera vez, en mucho tiempo, hicimos algo más que apoyarnos dignamente en la máquina del café entre paciente y paciente para quejarnos de que se estaba haciendo ese caldo sin nosotros, sin voluntad de hacer nada más que eso hasta el siguiente café..

Pero no es verdad, los políticos no lo están haciendo sin nosotros, nos tienen muy en cuenta: somos el ingrediente perfecto que le da sabor a ese caldo, el gallo de corral más ilustrado que se puede meter en una cazuela. Porque ese gallo, que no quiere saber nada de quién y cómo cocina, no es capaz de ver que por muy gallo que sea, su sitio está dentro de la cazuela. Porque para estar fuera hay que implicarse, hay que preocuparse, hay que comprometerse para que las cosas funcionen mejor, hay que molestarse en hacer otra receta y hay que pelear por el futuro. Y nosotros, ¡no hemos estudiado para eso!.

Y así las cosas, dentro de unos años veremos el resultado de ese caldo y nos daremos cuenta demasiado tarde de que esa no era nuestra receta. En ese momento volveremos amargamente a la máquina del café, mientras algunos de nuestros gobernantes, con todo el engolamiento del que son capaces, anuncien en el menú, “uno de los mejores caldos de pollo del mundo”. Entonces solo nosotros sabremos que estaba hecho con los mejores gallos, a pesar de que su sabor no sea bueno.

Mónica García Gómez
Médico anestesista del Hospital 12 de Octubre.
Máster en Dirección médica y Gestión Clínica.
Ex-miembro de la JD de AFEM .
Actualmente Diputada de la asamblea de Madrid y Portavoz de Sanidad por el grupo parlamentario Podemos.
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