CONTRAPORTADA. “La soledad del corredor de fondo”, por Concha Bonet, presidenta de la AMPap

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Dra. Concha Bonet.

“Hay gente que en cada problema ve una solución, mientras otra en cada solución, ve un problema”. 

W.Churchill. 

Los pediatras de Atención Primaria (AP) somos la única especialidad que, formándose a nivel hospitalario, ejerce su trabajo en el primer nivel asistencial. Esta situación nos está colocando en ambigüedad e invisibilidad, ya que no acabamos de pertenecer ni a primaria ni a especializada. Pero esto no siempre ha sido así.
Con la “revolución de Alma Ata”, en los años 70, y la toma de conciencia por parte de nuestros políticos de la importancia de tener una potente puerta de entrada al sistema de salud, la AP en España floreció. Se cambiaron los sistemas de cupo de dos horas por consultas de siete, que compaginaban la prevención, la investigación, la docencia y la educación para la salud con la asistencia. 
Con profesionales motivados, eficientes, técnicamente bien formados y trabajando en equipo, la Atención Primaria cambió el panorama sanitario español. Los pediatras, con nuestros compañeros de Medicina Familiar y Comunitaria y muchas enfermeras, abrazamos ilusionados este compromiso. 
Pasaron los años y hubo cambios: el valor, se transformó en precio y la razón instrumental (que no dialéctica) se fue haciendo cada vez más cuantitativa. La prevención y la educación para la salud se eclipsaron. Los diagnósticos de salud dejaron de hacerse y la economía, con la obsesión por el número y el control de gasto, empezó a imponerse de forma prácticamente única. 
Esto hizo que las consultas se empezaran a abarrotar al crecer sin tope los pacientes asignados. Y en poco tiempo, las condiciones de trabajo volvieron a ser las de un “cupo”, pero de siete horas diarias. Siete horas para muchos, además, en turno de tarde, impidiendo conciliar vida laboral y familiar. 
Estamos actualmente con muchos más pacientes de lo recomendado por las sociedades científicas, hacemos una labor puramente asistencial, trabajamos casi en solitario, hay ausencia de suplencias y pocas facilidades para reciclarse. Tenemos con frecuencia que compartir pacientes con más de seis profesionales de enfermería diferentes. Esto ha hecho que casi ningún residente de pediatría que termina su formación se sienta atraído por la AP. Y no sólo esto, sino que el nivel de desmotivación y burn out de nuestro colectivo ha aumentado.
Los pediatras de AP nos vamos dando cuenta de que no sólo somos “invisibles” para los directores de área y los políticos, sino que nuestros compañeros de especialidad hospitalaria nos tratan como profesionales de segunda. El que “vale” se queda en el hospital, y el que no, a AP (galeras), a ver “cacas, mocos y pis”. 
Pero hay algo erróneo en este paradigma que me gustaría subrayar: para trabajar en AP hemos tenido que ampliar nuestra ya sólida formación en aspectos psicológicos, éticos y de metodología de investigación. Hemos mejorado nuestras habilidades comunicativas. Hemos pasado de un modelo centrado en el profesional a un modelo centrado en el paciente, y hemos ampliado nuestra mirada para ser capaces de ver al niño en su contexto socio-familiar. Esto significa ver no sólo más, sino mejor, y tener muchas más habilidades de pensamiento complejo. 
Ser pediatra de AP significa escuchar más que normativizar, entender que las circunstancias de cada familia permiten afinar mucho mejor los protocolos y adecuarlos. Significa tener la valentía y la capacidad de reconocer lo que no sabemos y mejorarlo. Estar solos nos permite compartir el conocimiento (que entendemos común) entre nosotros, sin luchas de egos y de poder. Expresa que, a falta de formación suficiente desde las direcciones asistenciales, nos organizamos entre nosotros la docencia, con alta calidad y rendimiento. Representa ser conscientes de la responsabilidad que tenemos ante las familias que nos abren las puertas de su intimidad y nos permiten acompañarlos en momentos de plenitud y de sufrimiento a lo largo de años que son muy importantes. Y decidimos dónde y cuándo derivar a especializada.
Por eso, pese a no ser reconocidos, a pesar de sentirnos solos en muchas ocasiones y trabajar en condiciones arduas, muchos aun -sorprendentemente- nos sentimos orgullosos de ser pediatras de AP. Y por ello creemos que hay que luchar para conseguir la dignidad perdida. 
Reivindicamos un número óptimo de pacientes que nos permita atenderlos con el tiempo necesario. Pedimos que los puestos de trabajo que se oferten para atender niños en AP sean cubiertos por pediatras; son éstos los profesionales que han demostrado mayor eficiencia y competencia a nivel europeo. Queremos que se reconozca nuestra labor docente y poder optar a ser profesores universitarios; tenemos mucho que ofrecer a los estudiantes de medicina. Reclamamos la posibilidad de investigar, de volver a hacer educación para la salud, animando a nuestra población a estar más informada y a ser más autónoma y corresponsable. Deseamos devolver a la AP el lugar que le corresponde para que, gane el partido político que sea, se respeten unos valores que permitan dar la calidad y calidez obligatorias en las instituciones públicas. Finalmente nos gustaría que los residentes vean la AP como una opción profesional atractiva; poderles entusiasmar para que lleguen a ver la belleza, el desafío y la complejidad que conlleva ser pediatra de cabecera y correr fondo, que asombra, templa y engrandece…si se permitiese.

Concha Bonet De Luna,
presidenta de la Asociación Madrileña de

Pediatría de Atención Primaria (AMPap)
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