EL PORVENIR DE LA PROFESIÓN. “Derribando barreras y construyendo diques”, por la Delegación de Estudiantes de Medicina de la UAM

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El médico contacta cada día con los pacientes en sus momentos de mayor vulnerabilidad. Experiencias que son, en muchos casos, claves, definitivas y potencialmente emocionales: esperar los resultados de una mamografía, el nacimiento de tu primer hijo, el diagnóstico fatal de la enfermedad de un familiar… Situaciones con las que, en muchos casos, el paciente no sabe lidiar, y que el médico debe aprender a gestionar, a acompañar.

En mi opinión, la carrera no nos prepara para esto en muchos aspectos. No se nos enseña a entender el sufrimiento, a saber en qué momento coger la mano, en qué momento callar o en qué momento es necesario liderar y servir de amarre. ¿Quién nos da esa educación emocional? ¿Se espera que sea intrínseca al médico?

Tiene algo de magia entender esto viendo a algunos de los médicos con los que rotas, percibiendo como muchos de sus gestos son medidos, exactos y necesarios para el paciente. Como estudiante, darte cuenta de esto, absorberlo, empaparte de esa capacidad requiere de un ambiente que quizás en muchos casos no es el idóneo. Vamos como locos, intentando aprender de signos, de síntomas, de historias clínicas, de diagnósticos, de todo aquello que después caerá a examen, y después, cuando te encuentras sólo, delante del paciente, aunque sea para completar su historia y hacer las preguntas más simples, te das cuenta que con lo que más torpe te sientes no es con la clínica, es con la humanidad.

Y tal vez no es solo la carrera, ¿hasta qué punto nos prepara la sociedad, tanto a médicos como a pacientes, para lidiar con nuestra vulnerabilidad y la de los que nos rodean? En muchos casos no es fácil tirar las barreras, mostrar el dolor, dejarse ver. Cierto es que la figura del médico inspira cierta confianza, cierta seguridad, y que muchos pacientes confían en su médico parte de una intimidad que sólo comparten con ellos mismos. Justo por esto es aún más importante que sepamos valorar la importancia y la belleza de esa confianza que se nos concede, que seamos cuidadosos al tratar la vida, las problemáticas, los miedos de nuestros pacientes. Miedos que podemos o no entender, pero que ellos sienten con viveza y que son terriblemente reales.

Es por esto que creo que es el médico quien debe estar, en primer lugar, encaminado hacia la conexión, predispuesto y preparado para “recibir” esos instantes de la vida de sus pacientes. Aquí se introduce el muchas veces oído pero quizás menos veces interiorizado concepto de empatía, y lo que me parece aún más importante, su diferencia con la simpatía. Porque, ¿cómo conectar sin dejarnos arrollar? Una relación clínica basada en la simpatía, en la inclinación afectiva y el contagio emocional nos lleva a dejarnos ir inmersos en un mar de sentimientos provocados por el sufrimiento del paciente, que sentimos como nuestro. Como estudiante, soy consciente de que muchas veces me encuentro en este punto, que me emociono ante determinados casos, que en un par de ocasiones he tenido que salir y llorar ante diagnósticos terribles que siento muy cercanos.

Es por esto que debemos tender a la empatía. La visualizo como un dique. Un dique que recoge todas esas sensaciones y sentimientos que experimentamos cuando conectamos con el paciente. Un dique que impide que esa marea nos lleve, pero que nos permite sumergirnos en ella y acercarnos a la persona que tenemos delante. Sólo con práctica y experiencia creo que seré capaz de formar ese dique de empatía, y, conmigo, todos mis compañeros.

Nadie puede negar que esto es difícil, no sólo construirlo, sino mantenerlo. Porque al fin y al cabo, el médico también es persona, también siente, y es vulnerable, y sufre, y vive. No todos los días ese dique será igual de fuerte, pero está en nuestra mano, y en la de los que nos forman, darnos las herramientas para construirlo sobre los cimientos más estables posibles.

Por mi parte, intentaré llegar a ello, reforzar esos cimientos observando, empapándome de las personas, no sólo en el hospital o en el centro de salud, sino en la vida, conectando, entendiendo y, sobre todo, entendiéndome yo. Creo fervientemente que aceptando esa vulnerabilidad en nosotros mismos conseguiremos entenderla en los demás, conseguiremos integrar la empatía en nuestro día a día y tendremos más herramientas para no quemarnos, para avanzar siendo los mejores médicos posibles sin ahogarnos por las circunstancias que nos rodean o rehuir de ellas.

Muchos de mis compañeros me inspiran cada día para esto y sé que el día de mañana habrá mil médicos con unos diques fuertes.

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