CON FIRMA. “Usuarios versus pacientes”, por Rafael de la Guerra

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Cada día tengo más claro que el asunto de las “urgencias” en España es un auténtico despropósito, además de un eficaz “matavocaciones”. El abuso que hacen los -hoy horriblemente denominados- “usuarios”, es atroz. ¿Quién demonios ha puesto de moda ese término?

Usuario, usuario, usuario… Cuanto más lo repito, peor me suena… ¿Qué tiene que ver un usuario con un paciente, con un enfermo? La respuesta correcta es: ¡nada de nada!

El primer término -usuario- lleva en sí mismo una connotación consumista, fría, banal, superficial, de usar y tirar… Algo, por cierto, muy en consonancia con la mentalidad sociocultural imperante, tan vacía, tan cortoplacista, tan pragmática y egoísta. Por el contrario, el segundo, y tradicional, nombre –paciente– ya es otra cosa; es todo lo contrario al anterior, ya que nos trae a la mente la idea implícita de necesidad, angustia, miedo, esperanza, seriedad, respeto, comprensión, empatía, calor humano, entrega, gratitud…

¡Qué diferencia! ¿Verdad? Y es que ya, simplemente, su etimología lo dice todo: la palabra “paciente” proviene del latín “patiens”, que significa sufriente, sufrido. “Patiens” es a su vez un participio de “pati, patior”, que significa sufrir. Y similares a la del verbo griego πάσχειν (= paskhein, sufrir) y su nombre πάθος afines (= pathos).

Es decir, para que nos entendamos, un paciente es una persona enferma, que sufre y que busca ayuda en el médico. Mientras que un usuario es una persona que usa o utiliza algo, sin ninguna idea asociada a padecer mal alguno, antes bien, con un cierto tufillo a exigencia, a “derecho” mal entendido, a posibilidad de abusar.

El paciente es la razón de ser del médico, es su estímulo, su vocación, despierta en nosotros el instinto de ayuda, de intentar dar lo mejor de nosotros y de nuestra ciencia. El usuario es la razón de ser del político, es para él un banco de votos, un elemento más en el que apoyarse para lograr mejorar su imagen, para venderse más y mejor; es una moneda de cambio. Y en este esquema político, el médico no es más que la correa de transmisión del político de turno, es un asalariado más, sin cara, sin alma, sin nada.

¿Se puede apreciar lo aberrante de esta segunda postura? Los dos elementos esenciales, únicos, sin los que todo lo demás no tendría razón de ser -el paciente y su médico- pasan a segundo plano y son sólo medios en manos de personas que tienen los ojos puestos en sus propios intereses y -a veces- en los del partido político que les sostiene.

Y contemplando la situación de la hiperfrecuentación de los Servicios de Urgencia en España, sólo tenemos que hacernos esta pregunta: en una guardia normal, ¿qué porcentaje de urgencias -auténticas, de las de verdad- vemos? Estoy convencido de que no llega ni al 5% de las “consultas”.

¿Y de dónde viene este abuso de un servicio tan necesario, tan importante y tan concreto? Por mi parte, lo tengo muy claro y ya lo he apuntado más arriba, el origen -al menos gran parte de él- está en los políticos que nos “gobiernan” -esos seres que tantos y tan malos ejemplos nos dan… Claro, claro, por supuesto que alguno de ellos se salva, pero son tan pocos…- y que decidieron, un mal día, desde un cómodo sillón, con un buen sueldo y sin ninguna responsabilidad, ni criterio -salvo la búsqueda de votos que aseguren su permanencia en el poder-, que “urgencia” es todo aquello que como tal perciba el usuario del Sistema Sanitario.

¿Es esto de recibo? ¡Qué fácil es legislar así! Sin ninguna base científica, ni ética, ni moral, ni lógica; tan sólo en base a la consecución de unos réditos políticos absolutamente espurios y vomitivos. Porque, no nos engañemos, a la mayoría de quienes hoy dirigen la Sanidad, las personas les importan más bien poco, ya que su auténtico motor es ajeno a la salud, a los ciudadanos y a todo aquello que no suponga una ventaja para esas estructuras monstruosas en las que se han convertido los -hace más de cuarenta años- añorados y deseados partidos políticos. ¡Qué ingenuos éramos entonces!

Al final, como todo se acaba materializando en nuestra vida cotidiana, las consecuencias de esta forma de legislar las vivimos nosotros en cada guardia; guardias en las que vemos de todo, menos enfermos.

Y no sólo somos nosotros los perjudicados, porque también los pacientes -los de verdad- sufren el colapso de un sistema saturado: largas listas de espera, limitaciones de medios y de personal, atención prestada por médicos estresados, angustiados y desmotivados, que -haciendo de tripas corazón- siguen adelante, contra viento y marea, movidos por su propio sentido de la responsabilidad.

Yo ya llevo treinta años en Urgencias, así que creo que ya lo he visto casi todo; pero, aun así, todavía no hay guardia en la que no me asombre la caradura que le echa la gente -ya he dicho que no toda- a la hora de utilizar un servicio médico tan importante. ¡No hay derecho!

Día tras día, noche tras noche, tienes que luchar porque -entre tanta tontería- no se te “cuele” algo serio. Y es que ése es un peligro real, es lo del cuento del pastor y el lobo. Nunca pasa nada hasta que, una de esas veces, la alarma es real.

Por eso, siempre he tratado transmitir a los sufridos médicos residentes con los que me ha tocado trabajar que no bajen nunca la guardia, que por cansados que se sientan de ver usuarios con patologías absurdas, banales e inexistentes, siempre estén atentos a que no aparezca ese caso que -por la lógica de la inercia- tiendes a meter en el saco de “otro con la misma historieta”. Ese es el peligro -entre otros- que el abuso, que de nuestro trabajo hacen durante las guardias de urgencias, genera: el médico se cansa, se agota física y mentalmente, se frustra, se desanima, se enfada… Y ahí es donde puede surgir el error, el fallo, el pasar por alto algo grave.

A mí, personalmente, no me preocupan lo más mínimo las “reclamaciones” que pueden poner los “usuarios” típicos del “para eso pago”, pero lo que sí que me importa -y mucho- es pasar por alto algo serio que presente un verdadero enfermo. ¡Eso no me lo perdonaría jamás! Por eso, esta es mi regla de oro: estar siempre muy atento para que, entre tanta estupidez, no se me escape algo serio. Así como que no paguen justos por pecadores, es decir, que mi cansancio y mi enfado no recaigan sobre quien no lo merece.

Yo -como la mayoría de nosotros- me hice médico para ver, atender, cuidar e intentar curar ENFERMOS -así, con mayúsculas-, es decir, personas con una patología real, verdadera, que pone en riesgo su vida, o -si me apuras- que se han angustiado, de verdad, ante algo sin relevancia. Pero lo que me llevó a la Facultad de Medicina, y a estudiar tanto y tantos años, desde luego, no fue la atención complaciente de unos sanísimos “usuarios” que tantas veces se presentan impacientes, demandantes y hasta maleducados,  a veces con una cara más dura que el cemento.

Por eso, yo sigo adorando a los enfermos y detestando a los usuarios y a los políticos que los crearon, para su bien y el de sus partidos.

Un saludo y ánimo. Algún día esto cambiará y se impondrán los criterios médicos sobre los intereses espurios y bastardos actuales.

 Rafael de la Guerra Gallego
Doctor en Medicina

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