CON FIRMA. «Una pandemia desde Rayos», por Mónica Alloza

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Hace casi un año que empezamos a oír hablar de un virus en la lejana China, lejano país y lejano el virus.

Lejano. Tan lejano como si ocurriese en otra galaxia. Así de lejano lo sentíamos. Y así de protegidos nos sentíamos en Occidente.

Poco a poco el virus chino empezó a ocupar más espacio en las noticias, y vimos aquel vasto terreno lleno de excavadoras, construyendo a toda velocidad un hospital o no recuerdo cuántos. Y entonces, ya el virus no parecía de otra galaxia, pero sí de otro planeta de nuestro sistema solar.

Allá por febrero aparecieron algunos casos en Europa, se desconvocó un macro congreso de móviles, y a los sanitarios españoles nos prohibieron los eventos médicos presenciales. Y el virus ya no era tan lejano…

Y de repente, cuando aquello no sabíamos si sería una anécdota o un tsunami, el Ministerio de Sanidad ordenó hacer test de coronavirus a las neumonías atípicas. Y entonces todo estalló en mi hospital.

Ya lo he contado, estalló después del otro virus, el informático. Estalló como una bomba sobre un campo arrasado por otra bomba. Psicológicamente estábamos muy tocados. Y el segundo virus fue devastador. Porque nos pilló fuera de juego, con la guardia baja, con pocas defensas.

De aquella época recuerdo sobre todo la confusión. Las instrucciones y los protocolos de Salud Pública cambiaban de día en día. Nadie sabía nada a ciencia cierta, nadie entendía nada.

Recuerdo a algún compañero mío del servicio plantado en el pasillo, pidiendo una mascarilla quirúrgica (de repente todas desaparecieron y quedaron bajo llave) para poder entrar a la sala de ecografías. Y nadie sabía decir si tenía razón o no para pedir esa mascarilla, si era una exageración o si era una precaución razonable.

Recuerdo la instrucción de informar todas las placas de tórax de urgencias y que más del 60% fueran patológicas, horribles.

Recuerdo ver placas normales y al día siguiente se habían convertido en extensas neumonías bilaterales.

Recuerdo informar placas de día y de noche, sin parar, cuando no había test (no hablábamos de PCR) y se diagnosticaba a los pacientes por la clínica y la placa.

Recuerdo mi salida del tablero de juego, por causas ajenas al COVID. Pero seguía de cerca a mis compañeros por el chat del móvil (seguíamos sin correo y sin muchas herramientas informáticas). Recuerdo cómo comentaban que todo el mundo tenía una patología más el COVID: ictus + COVID, apendicitis + COVID… Y recuerdo cómo empezaron a diagnosticarse muchos más tromboembolismos pulmonares de lo habitual, todos con COVID.

Recuerdo que hacían turnos de 8 horas por parejas, porque nadie podía aguantar el ritmo de una guardia de 24.  Placas y placas, TC y más TC… Una locura, como la de todo el hospital, pero desde un servicio central.

Trabajar en Radiología te da una perspectiva global de cómo está tu hospital, porque tocamos todos los palos, atendemos a todos los pacientes. Podemos tomar el pulso a la urgencia, a la planta, a la UCI, a la actividad programada.

Creo que los servicios de Radiología hemos hecho una labor muy importante en la pandemia. Este año, en el día internacional de la Radiología, yo he querido hacer un reconocimiento a mis compañeros técnicos. Ellos han hecho a pie de cama todas las radiografías portátiles de los pacientes COVID, y todas las demás pruebas en las salas de nuestros servicios. Han caído como chinches, porque han sufrido, como otros profesionales de primera línea, la falta de EPIs y la falta de conocimientos sobre el virus.

Recuerdo que cuando empezaron los contagios masivos entre sanitarios, se pensaba que los fómites eran la causa principal. Nadie hablaba de aerosoles, quizás porque no había mascarillas para todos…

Mucho hemos aprendido en este año y el virus chino ya no es lejano. Es un enemigo bien cercano, al que cada vez conocemos un poquito mejor.

Gracias a eso, y a pesar de las escalofriantes cifras de fallecimientos de esta segunda ola, creo que, al menos en mi hospital, estamos viendo casos menos graves (ya no diagnosticamos esas horribles neumonías bilaterales), y en todo Occidente estamos salvando algunas vidas y evitando mucha morbilidad gracias a la sospecha precoz de complicaciones y a algunos fármacos, tipo corticoides y anticoagulantes.

No creo que hayamos salido de esto más fuertes, sí más cansados, enfadados, quemados…

Muchos compañeros se replantean la profesión, si sigue mereciendo la pena el esfuerzo, el titánico esfuerzo de ser médico en España. Por nuestras condiciones laborales, con jornadas maratonianas, los peores pagados de Europa. Yo no lo tengo claro, pero quiero una vida más tranquila, eso sí.

No estuve en lo más duro de la primera ola, pero he estado en la segunda y estaré en la tercera, y las que vengan. Surfearé las olas de la pandemia lo mejor que pueda, dando gracias cada día por poder atender pacientes no COVID.

Nuevamente, como servicio central, con nuestra visión global, estamos comprobando los efectos colaterales de la pandemia: diagnosticamos tumores en estadio IV, infecciones muy pasadas, complicaciones de enfermedades crónicas… Un desastre es la demora en la atención, una gran impotencia siento por no poder hacer nada por estos pacientes.

Ahora que lo pienso, no he salido más fuerte de esto, he salido más lábil, con más empatía por mis pacientes, con mayor humanidad, con mayor amor por la vertiente más romántica de nuestra profesión: aliviar, consolar, acompañar, y si podemos, diagnosticar (que curar, ya curáis vosotros).

Mónica Alloza Planet
Doctora en Medicina. Especialista en Radiodiagnóstico
Delegada AMYTS en el comité de empresa del H.U. Torrejón

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