CON FIRMA. “Un cuento que parece muy real”, por Julián Ezquerra

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Para entender bien este cuento, que como bien dice el titular parece muy real, es importante remarcar, como dicen algunas películas, que “todo parecido con realidad es pura coincidencia” y es necesario que se tengan claras las siguientes definiciones (literales del diccionario de la RAE):

Nepotismo: ”Desmedida preferencia que algunos dan a sus parientes para las concesiones o empleos públicos”

Arbitrario: “Sujeto a la libre voluntad o al capricho antes que a la ley o a la razón”

Prevaricación: “Delito consistente en que una autoridad, un juez o un funcionario dicte a sabiendas una resolución injusta”

Érase una vez un centro sanitario de un gran territorio, en el que reinaban diferentes taifas (“Cada uno de los reinos en que se dividió la España musulmana al disolverse el califato cordobés”), que ante la insistencia en la “resistencia y oposición”, que haberla la había, de cumplir con la norma y la Ley a la hora de contratar personal para el desempeño de sus funciones en un sector público, (regido por normas y leyes de obligado cumplimiento), y tras la advertencia nada velada de hacer recaer el peso de la Ley sobre quien las incumpla, se procedió a dar un barniz de legalidad a las contrataciones, cumpliendo, al menos, con el criterio de ofertarlas públicamente (aunque sea en anuncios en recónditos lugares del reino o en las “gacetillas locales”, no a través del “alguacilillo/pregonero” que a todos llega ).

Los responsables de la gestión del personal, ubicados en “palacio”, reacios a dar cumplimiento a la norma, que incluso miran hacia otro lado cuando alguna sentencia judicial (¡que sabrán estos!) les indica el camino y, como ellos lo valen y tienen la “voluntad de cumplir la norma y sentencias”, dejan hacer a los diferentes taifas y sus capataces, delegando en ellos la responsabilidad y no asumiendo la suya propia. Además, era propio de la época velar por la seguridad del reino poniendo fosos (unos con agua y otros hasta con exóticos cocodrilos) que rodeaban su territorio y con ello hacer prácticamente imposible que alguien de otro reino, aunque fuese del mismo territorio y no digamos de invasores del extranjero, pudiese alcanzar el preciado bien en juego.

Llegado a este punto, el cuento dice que hubo una ocasión en la que se ofrecieron plazas para contrataciones, el mismo día, con la misma finalidad y, eso sí, con normas diferentes para valorar la capacidad, el mérito, la experiencia, obviando con ello algo tan sencillo como la igualdad. Y los súbditos lo vieron en esta ocasión siendo posible que, anteriormente, se hiciera en algún caso de forma similar. Pero claro, cometer una infracción y que no te pillen, no abre la puerta a repetirlo de nuevo.

Advertida la “autoridad del reino” de que esto debía corregirse, pues sin ser mal pensados, podría ser debido a un error involuntario, se continuó con el procedimiento. No solo se le avisó al “rey de la taifa”, también se avisó al “rey de reyes”, el que teóricamente manda sobre todos ellos. Pero la advertencia cayó en saco roto. Todo continuó adelante.

En ese reino de taifas del cuento, se decidió que la valoración de méritos fuera muy especial. Tan especial, que rompía con lo habitualmente utilizado por otros reinos e, incluso, en el propio del cuento. Todo indicaba que esta situación respondía a una de las dos primeras palabras definidas al inicio del cuento, nepotismo y arbitrario.

Era conocido por el pueblo que habitaba en el reino que uno de los aspirantes era cercano de un alto cargo del reino de taifa, lo que, añadido a la forma de valorar tan especial, hacía “sospechar que algo se barruntaba”. Y no estaban equivocados.

El rey de taifa firmó un mandato en el que se elegía, sin ninguna duda, a quien el pueblo humilde sospechaba. En eso que los pobres súbditos, enterados de que tenían derechos, hicieron ver a sus defensores que esto no podía ser y por ello tras una deliberación ardua y docta, se procedería a encargar al ilustrado del reino el estudio pertinente para ver si esta situación podría considerarse, siempre en suposición, siempre con el beneficio de la duda, siempre respetando la legalidad, como una posible infracción contemplada en la definición tercera de las que encabezan este cuento.

Menos mal que el cuento hace referencia a un reino imaginario en el que no hay aforados, y que el pueblo vulgar puede recurrir a defender sus derechos ante sus jueces pares, los que deben dirimir si este cuento acaba con un final feliz o no. Que el final feliz se lo imagine cada uno.

Julián Ezquerra Gadea
Médico de familia. Secretario General de AMYTS

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