CON FIRMA. “Tergiversadores”, por Miguel Ángel García

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Uno suele aprovechar las vacaciones para tratar de cambiar de clave y poder descansar de lo que habitualmente es su ocupación laboral. Y aún más este año, en el que hemos tenido que enfrentarnos, de una manera u otra, a la pandemia de coronavirus, con la secuela de sufrimiento y tensión que nos ha generado a todos.

Sin embargo, la preocupación por el repunte en el número de casos de infectados COVID me llevó a volver a estar pendiente de la situación sanitaria y política que atravesamos, y en ella se me “revelaron”, de alguna forma, dos tipos de personajes que, a mi juicio, entorpecen mucho la convivencia social y la misma lucha contra el coronavirus: los tergiversadores y los bocazas. Y aunque me hubiera gustado comenzar escribiendo de los segundos, creo que los primeros son de mucha más actualidad e importancia en este momento. Así que empiezo por ellos.

Uno de los grupos que más nos ha hecho sufrir a quienes seguimos con preocupación la infección por COVID es el de los negacionistas de la infección en sí o de la idoneidad de la medidas de protección que se promueven desde las autoridades sanitarias. Aprovechando las posibilidades que ofrece la ciencia, a las que luego me referiré, picotean de aquí y de allá para obtener argumentos oposicionistas a cualquier cosa que se mueva en torno a la infección.

Hace mucho tiempo que la ciencia ha dejado de pretender reflejar completamente la realidad.  No porque haya dejado de intentarlo, cuidado, sino porque ha descubierto que le es imposible, o al menos difícilmente alcanzable: la realidad siempre supera, siempre va más allá, de cualquier interpretación que la mente humana quiera hacerse de la misma. De ahí que se trabaje con hipótesis verificables, y que en la medida en que no son contradichas e integran coherentemente un modelo explicativo de la realidad, son útiles para actuar sobre ella.

Todo el aparato estadístico desarrollado para la investigación trata de gestionar esta cierta “incertidumbre” que la ciencia no puede llegar a eliminar completamente. Y tenemos un ejemplo de ello en el valor “p”, que tanto se usa en la presentación de resultados de investigación. Viene a reflejar la posibilidad de que un experimento similar al nuestro produzca resultados “significativamente” diferentes a los obtenidos por nosotros. En el fondo, y  muy simplemente, que siempre existe la posibilidad de que algún experimento ofrezca resultados diferentes a los del resto, para los que habrá que buscar una explicación coherente, o plantearse la búsqueda de modelos alternativos que puedan ofrecer una mejor comprensión del fenómeno explicado.

Así que tan sólo hace falta aprovecharse de esa realidad, picotear de aquí y allá, escoger los experimentos que nos interesen y seleccionar  fragmentos descontextualizados de publicaciones oficiales que apoyen nuestra postura, y ya podemos montar una postura negacionista: de COVID, del cambio climático, del daño pulmonar del tabaco o de la existencia de la infección por VIH (ante la cual también hubo negacionismo). Si esto se acompaña adecuadamente, se promueve inteligentemente y se adorna de ataques y descalificaciones a cualquier defensor de la prudencia científica, teniendo en cuenta el contexto de posverdad en el que vivimos, ya tenemos un movimiento negacionista en marcha. Y haciendo mucho daño al esfuerzo común de todos para mejorar la situación.

Otra cosa es que algunas actitudes en el ámbito de la ciencia y la investigación hagan dudar de algunas cosas. Sabemos que ha habido manipulación de algunos estudios de investigación, o selección de los estudios que ofrecían resultados favorecedores de un determinado interés ocultando los que resultaban contradictorios… Eso ha existido, y hay que estar atentos, pero para descubrirlos y manejarlos con la prudencia de la investigación científica, y no utilizarlos para descalificar toda la ciencia, que ¡no, señor! no se dedica a tergiversar la realidad.

Pues algo parecido ocurre también en política. Como parece tan importante para muchos de quienes se mueven en ese ámbito mantener el poder cuando lo han alcanzado, o llegar a él cuando no se detenta, no les importa hacer el esfuerzo que sea necesario para tergiversar cualquier realidad que les sea adversa. Y lo hemos visto en esta crisis COVID: reducir el número de víctimas o de nuevos casos mediante la utilización intencionada de las cifras, reducir la importancia de la infección ante lo que tan sólo era un control transitorio de la misma, o negar la tremenda y dolorosa realidad que se vive a diario en tantos centros de salud, donde los profesionales se estiran lo indecible para tratar de dar respuesta a las consultas que realiza la población, en un entorno epidemiológico adverso. Se niega la realidad, se tapa con titulares llamativos, y se descalifica a quienes, como en el cuento del traje del emperador, pretenden hacer pública denuncia de la realidad que se quiere ocultar. Y el político o política de turno se hace la víctima, y reduce la crítica, mediante la difamación expresa del denunciante, a un ataque interesado y falso que proviene el extremo contrario del espectro político.

Cierto, la política está llena de tergiversadores, ayudados por su correspondiente aparato mediático. Tergiversadores que “dan la vuelta a la realidad” (eso es lo que viene a significar tergiversar) para que parezca que les da la razón. Aunque sea reduciendo la realidad a una imagen en blanco y negro, de los míos y los que me persiguen. Y pretendiendo, además, hacer de ella algo monocromo, sólo en blanco (o sólo en negro, depende de la ubicación política) mediante la expulsión del que discrepa en el debate.

Una vergüenza, pero es lo que hay. Y lo tenemos cerca, a nuestro lado. Algo tendremos que hacer.

Miguel Ángel García Pérez
Médico de familia. Doctor en Medicina. Director médico de la Revista Madrileña de Medicina

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