CON FIRMA. “Salir de la crisis creando futuro”, por Miguel Ángel García

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Inmersos en la fase descendente de la curva de infecciones, es normal que se esté hablando desde hace dos semanas del desescalado de las medidas tomadas en respuesta al pico inicial de la pandemia, que nos ha golpeado duramente. Bien es cierto que hay que hacerlo con calma y prudencia, debido a que la capacidad de respuesta del sistema sanitario debe garantizarse para poder afrontar con éxito esta nueva fase de la pandemia en España. De ahí que, desde AMYTS, estemos insistiendo mucho en que se garantice esa capacidad, en todas sus dimensiones: de medios materiales, de medios humanos, de protección a los profesionales y de organización que garantice la seguridad de todos.

Pero bien sabemos que esto no puede garantizarse escatimando recursos. Se está planteando ya desde la Administración la posibilidad de no renovar muchos de los contratos que se han hecho en estos dos meses para reforzar al sistema sanitario, como si pudieran dejar de ser necesarios en el inmediato futuro. Sin embargo, el reto de la normalización sanitaria implica contar con suficientes recursos no sólo para asumir las necesidades sanitarias de la población (que es lo que hasta antes de COVID se hacía, no sin problemas), sino también para seguir afrontando los nuevos casos COVID que vendrán y recuperar la actividad aplazada durante las últimas semanas. Para asegurarse el éxito en todo ello, hace falta un sistema sanitario más potente que el que teníamos, sin duda alguna. Y no podemos consentir que cualquier posible epidemia del futuro nos pille, de nuevo, con el sistema al límite.

Hemos de abandonar la idea, pues, de que el objetivo del futuro próximo ha de ser, tan sólo, salir de la crisis. Y no sólo de la sanitaria, sino de la socioeconómica que la suceda, debida a las pérdidas que durante este tiempo se hayan podido producir. Hemos de pensar en clave de futuro, del futuro deseable para evitar en lo posible la repetición de este tipo de situaciones.

Parece que esta idea se va teniendo clara a algunos niveles. Por ejemplo, tanto el gobierno central como el autonómico se han hecho claramente conscientes, durante lo más duro de la crisis COVID, de la necesidad de tener industria nacional que cubra las necesidades básicas de nuestro país y, desde luego, de nuestro sistema sanitario. Depender de terceros países para ello al albur de la globalización, como se ha venido haciendo plácidamente durante las décadas previas, nos ha dejado en una situación crítica, expuesta a los abusos tanto comerciales como de políticas de terceros países. Lo hemos podido ver con los problemas para disponer de suficientes equipamientos de protección para los profesionales sanitarios, así como de otros equipamientos sanitarios (como el caso ejemplar de los respiradores, para los que, sorprendentemente, contábamos con una empresa madrileña que previamente había pasado desapercibida para todos). Desde luego que es muy necesario contar con nuestra propia industria, y no sólo en el sector sanitario. No sólo tendremos que hablar de “soberanía” (o autonomía) alimentaria, sino también de “soberanía” (o autonomía) en la producción de recursos tecnológicos e industriales.

Hace falta, por tanto, una nueva convicción en nuestra clase política y en el conjunto de la sociedad. No bastará con salir de las crisis (sanitaria y socioeconómica), sino que hará falta toda la creatividad posible para preparar un futuro más seguro para todos. Pero para eso vamos a necesitar una nueva política, que sea capaz de estimular esa creatividad, porque la que tenemos en este momento, absolutamente dependiente del espectáculo mediático y basada en la confrontación y descalificación del contrario, resta importantes energías a la sociedad y acaba siendo bastante poco fiel a los principios democráticos que decimos defender

En el fondo, nuestra política actual, de formas aparentemente democráticas, está poblada de quienes parecen comportarse como pequeños (o grandes) dictadores camuflados, que buscan tratar de imponer sus criterios al resto de la población. Quizás también nuestra sociedad. Ya no se concibe la democracia como el lugar del encuentro entre conciudadanos que piensan de manera diferente, sino como el ámbito de confrontación para alcanzar el dominio de las propias ideas sobre las demás, en un auténtico desprecio a la diversidad enriquecedora de planteamientos y perspectivas, y utilizando toda la maquinaria mediática que sea necesaria para ello. La democracia surgió para dar cabida a esa pluralidad, pero en este momento cada grupo está tratando de encaminarla hacia el sometimiento de las ideas ajenas (que son despreciadas, pura y simplemente). Y lo vemos en cualquier contienda política, comenzando por las que se dan en el propio parlamento: ni un ápice de acoger ideas del otro, de plantear diálogos abiertos y constructivos, de comprender que la verdad (o, al menos, la forma más práctica y democrática de resolver los problemas) tan sólo aparece desde el encuentro de las diferentes perspectivas. El resultado: se gobierna como si el 100% de la sociedad hubiera dado su apoyo a la opción u opciones políticas que dan soporte al Ejecutivo correspondiente, y se actúa como si cada político estuviera en posesión de la única verdad absoluta.

Para salir, juntos, de esta crisis (sanitaria, socioeconómica y, también, política) hay que tener amplitud de miras, capacidad de reconocimiento del otro, espíritu de acogida hacia la diversidad de ideas y planteamientos. Porque hace falta reconstruir (a todos los niveles) la vida de este país, y dinamizarla hacia el futuro deseado. Por desgracia, no es una característica de ninguno de nuestros líderes políticos, ni algo que se promueva desde el espectáculo mediático. Todo está orientado a la confrontación, al enfrentamiento, a la revancha… Pura y simplemente, a la conquista del poder. Es irónico que en ese clima se pida al oponente (¿oponente?) que reconozca errores, cuando inmediatamente eso llevaría a elevar aún más el tono del ataque y la descalificación.

Nada más lejos todo ese estilo político que el espíritu que se respira en la atención sanitaria. No es que ésta sea ajena a los conflictos, por desgracia, pero el espíritu dominante entre los profesionales, lo que se está viniendo en llamar profesionalismo, es el de la apertura (a los pacientes, a los planteamientos de los compañeros, a las innovaciones científicas y tecnológicas), el de la acogida, el del servicio… Es eso precisamente lo que respiran los pacientes que acuden a los centros sanitarios, aún dentro de sus limitaciones, y lo que agradecen los ciudadanos desde sus ventanas y balcones a diario.

De nuevo, como en tiempos de Aristóteles, las profesiones sanitarias tienen mucho que enseñar a los políticos. También mucho que aprender, por supuesto, y que mejorar. Pero creo que no tenemos nada que envidiar del espectáculo político que vemos a diario en los medios de comunicación. Más bien, desear que, de una vez, la clase política se merezca a los profesionales con los que cuenta para enfrentarse a la pandemia. Y a los ciudadanos, que respetan las duras condiciones del confinamiento.

Miguel Ángel García Pérez
Médico de familia, doctor en Medicina. Director médico de la Revista Madrileña de Medicina

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