CON FIRMA. “¿Quién le va a poner el cascabel al gato?”, por Mónica Alloza

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La atención primaria se muere. Las urgencias extrahospitalarias agonizan. Las urgencias hospitalarias se hunden… El sistema sanitario público parece insostenible en estas condiciones. Los profesionales están quemados y sobrepasados por una presión asistencial inasumible, la tecnología y los edificios envejecen sin que se dediquen los recursos necesarios, la demanda de los ciudadanos crece sin parar, y la Administración se encoje de hombros.

Hace unas semanas, nuestro compañero Miguel Angel García hacía un brillante análisis sobre la sostenibilidad del sistema sanitario público, desde tres puntos de vista. Yo hoy quiero resaltar su visión desde lo social (https://amyts.es/sostenibilidad-del-sistema-sanitario-2-sostenibilidad-social/), y el concepto que él acuña de una sociedad caprichosa, de comportamiento adolescente. Una sociedad que engloba a los usuarios del sistema, a sus gestores y a los políticos. Una sociedad que no asume que los recursos no son infinitos y que tampoco es infinita la capacidad de trabajo de los profesionales que ejercen en el sistema sanitario.

Se ha hecho creer a los ciudadanos que la sanidad pública es un cheque en blanco, una barra libre, un todo incluido. Y que el usuario (el paciente) siempre tiene la razón. Unos, seguramente los más, hacen un uso racional y adecuado de los recursos. Otros abusan sin medida, como en un bufé libre, en el que nos llenamos el plato de comida que no somos capaces de comer y que luego dejamos abandonada en la mesa.

Y así estamos los profesionales, a los pies de los caballos. El sistema hace aguas por la parte más débil, que es la primaria y las urgencias, donde la demanda puede ser infinita y toda debe atenderse, esté justificada o no. Y a ver quién es el guapo que le dice al paciente que su motivo de consulta es una banalidad, que no es de recibo que acuda a la urgencia de un hospital de alta complejidad por un problema que no es urgente, que no es grave, o que ni siquiera es un problema.

El análisis está claro, es evidente cuál es el problema, pero ¿qué estamos dispuestos a hacer para solucionarlo? Se me ocurren varias ideas…

Lo primero que necesitamos son políticos y gestores serios y valientes para reeducar a nuestra sociedad y hacerla consciente de lo limitado de los recursos. Igual que sabemos que no podemos abusar del planeta, que hay que ahorrar energía y agua, así debemos hacer ver a la población que la sanidad pública es, afortunadamente, de acceso universal, pero que no se puede abusar de ella porque se agota: no hay suficientes médicos para atender una demanda asistencial que crece exponencialmente. No hay suficiente dinero para sostenerlo todo hasta el infinito.

A mí me encantaría que hubiera un listado de patologías urgentes “de verdad” y unos protocolos de manejo, según los niveles asistenciales, consensuados entre los profesionales y la Administración, y que nos pudiéramos aferrar a ellos para defendernos. Me encantaría que, cuando un paciente abusa, tuviéramos el respaldo de la administración para poder decirle: “lo siento, pero lo que me cuenta no es un motivo justificado para acudir de forma urgente a este dispositivo” y que, a pesar de protestas y reclamaciones (pataletas de adolescentes, que diría nuestro compañero Miguel Angel García), la Administración no le diera la razón al paciente. Con factura o sin factura, con copago o sin copago, en esto no me voy a meter, porque es una cuestión política, pero hay que encontrar alguna manera de poner freno a la demanda infinita y concienciar a nuestros conciudadanos.

Después, necesitamos un pacto político por la sanidad, con un plan estratégico a largo plazo, con independencia de quien gobierne, para no tener estos movimientos de péndulo entre sistemas de gestión (directa e indirecta) que hemos sufrido en estos 20 años.

Este plan debería comenzar con un análisis serio de las necesidades asistenciales en los distintos niveles de atención sanitaria. Ojo, que digo necesidades y no demanda asistencial o satisfacción de los usuarios. A partir de ahí, hacer una distribución racional de los recursos. Repito, necesidades asistenciales y no los egos de los políticos o de los gestores. ¿Cuántos hospitales de alta complejidad necesitamos en Madrid? ¿A todos se les debe dotar de recursos para cubrir el listado completo de la cartera sanitaria o podríamos repartir las patologías más complejas y agruparlas? Por poner un ejemplo: ¿hay tantos casos de cirugía cardíaca infantil o de trasplante de hígado como para dotar a todos los hospitales complejos? ¿No podríamos tener un par de ellos de referencia, agrupar pacientes y que así los profesionales adquieran suficiente experiencia? No se puede “hacer manos” cuando tienes 6 casos al año… Otro ejemplo: ¿tenemos que dotar a los hospitales comarcales de especialistas con perfil? ¿hay que hacer neurocirugía en un hospital de primer nivel? ¿tenemos que poner en marcha unidades de grandes prematuros en hospitales pequeños?

Por último, necesitamos una apuesta firme por la excelencia en nuestro sistema sanitario. Y esta apuesta requiere obligatoriamente un trato adecuado al profesional: acceso a la formación continuada en nuestro horario laboral, estabilidad en el empleo, igualdad de oportunidades, retribuciones acordes a nuestra responsabilidad y conocimientos, ritmo y horarios de trabajo racionales que permitan una adecuada conciliación familiar. No podemos seguir siendo los casi peor pagados de Europa, agredidos por nuestros pacientes, ejerciendo sin el respaldo de nuestros gestores.

Pero creo que también nosotros, los profesionales, deberíamos ser conscientes de lo limitado de los recursos y no abusar del sistema desde dentro. Asistimos a un deslumbramiento tecnológico, probablemente debido a que la mayoría de la formación e investigación está en manos de la industria privada, y sus intereses a veces son más comerciales que científicos. Deberíamos valorar si nuestros pacientes necesitan tantas pruebas, tantas interconsultas con especialistas, tantos fármacos, en definitiva, el consumo de tantos recursos sanitarios. Creo que la formación en gestión sanitaria debería ser prioritaria para hacernos conscientes del gasto que generamos con nuestras decisiones. Es cierto también que, además de las presiones de la industria, esta indefensión ante la sociedad (pacientes, gestores y políticos) nos hace a veces caer en la medicina defensiva, y nos cubrimos las espaldas para no cometer errores con un uso excesivo de los recursos.

En esto también necesitamos políticos y gestores valientes, que nos den respaldo institucional para evitar caer en la medicina defensiva, y que apuesten por la investigación pública, sin intereses ocultos.

En definitiva, ideas hay muchas, ahora nos hace falta saber quién le va a poner el cascabel al gato. Qué políticos y gestores van a dar un paso adelante para salvar nuestro sistema sanitario público. Porque esto es como el cambio climático, o tomamos medidas, o nos cargamos el planeta, en nuestro caso, nos cargamos el sistema sanitario público.

Mónica Alloza Planet
Doctora en Medicina. Especialista en Radiodiagnóstico. Coordinadora de delegados de AMYTS

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