CON FIRMA. “Pelis de desastres”, por Ángela Hernández

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Tengo algo que confesar.

Es algo bastante vergonzoso. Me encantan las películas de desastres.

A menudo mi familia se ríe de mi por esto y me toma el pelo cuando me ve llorando a lágrima viva. Al final acabo viéndolas casi a escondidas, en vacaciones, cuando los niños no están o cuando estoy enferma, llorando a moco tendido y sintiéndome como una perfecta boba.

Deep Impact, El Coloso en Llamas, World War Z, Walking Dead… Todos queremos pensar que existen los héroes que nos rescatarán cuando lo necesitemos. O que cuando sea preciso nosotros seremos los héroes. ¿Cómo reaccionaríamos? En realidad ninguno sabemos lo que seríamos o cómo nos comportaríamos en esas circunstancias, y esperemos que jamás tengamos que averiguarlo. Quizás el que mejor mantiene la calma en un quirófano cuando hay un sangrado que pone en juego la vida del paciente, en una de esas situaciones cercanas a la muerte pasaría por encima de una multitud tras haber analizado que es materialmente imposible salvar también a ese niño, esa mujer, ese señor con sobrepeso… Que es mejor salvarte y después poder ayudar a los que también lo logren.

Pero siempre hay una decisión que tomar, no se si la buena, la mala o la regular, será nuestra decisión y viviremos con ella sea la que sea.

Tras décadas hablando de la insostenibilidad del sistema sanitario español, ¿quién se siente en el planteamiento de una película de desastres? Cuando todo el mundo ve los sígnos pero continúa haciendo su vida normal. Yo me siento ahí.

En estos días de conflictos de interés, la profesión médica se mira con lupa, como lo ha hecho a lo largo de miles de años. Los médicos enfrentamos estas realidades cada día, como profesionales sanitarios, como pacientes y como familiares. Sabemos perfectamente que el grado de cercanía al caso influye en nuestras decisiones, hasta tal punto que, cuando se trata de alguien que realmente te importa a un nivel emocional muy íntimo, buscamos en quién delegar las decisiones porque sabemos que no somos ni podemos ser lo suficientemente objetivos. Eso es lo que se espera de los diferentes niveles de responsabilidad: el micro, el de la profesión médica; el meso, el del jefaturas de servicio y gerencias; el macro, el de gerentes, directores generales y políticos. Conforme se escala en el nivel de responsabilidad, entendida hacia un mayor número de personas, se incrementa a dificultad de las decisiones y de sus consecuencias.

Tenemos una responsabilidad enorme, no ya como médicos, como gestores, políticos o pacientes, tenemos una responsabilidad enorme como personas. Y ninguna de las acciones que tomemos van a ser inocuas. Cuando contratemos un seguro de salud para evitar esperas y salas de espera con otras personas que no consideremos lo suficientemente similares a nosotros para esperar junto a ellas. Cuando acudamos a un servicio de urgencias por una tontería porque están ahí para eso, para mi uso. Cuando optemos por una fascinante novedad tecnológica sin reparar en que con lo que cuesta se podrían hacer varios procedimientos, correctamente y con un buen resultado en salud, (no se si con una o cuatro cicatrices). Cuando decidamos no actuar sobre una situación injusta sobre otro médico o compañero porque es más fácil mirar hacia otro lado y que no nos salpique. Cuando detectemos la situación anterior como directores o gerentes y no actuemos porque es más fácil no actuar, crea menos enemigos. Cuando sigamos esa carrera desenfrenada hacia terapias dirigidas y medicamentos de precisión de costes astronómicos sin pensar que aún no logramos evitar que haya lugares del planeta en los que los niños siguen muriendo de cólera o de cualquier otro tipo de diarrea solucionable con fluidoterapia o con una mínima estructura de cobertura sanitaria…

Creo firmemente que la mayor parte de la gente es buena la mayor parte del tiempo. Necesitamos ese 90% de gente buena (ese 99% o ese 99,99%) lo sea cada día. No solo en una situación de desastre, sino en el día a día, y fundamentalmente en los servicios que sustentan nuestro estado del bienestar. Llevamos décadas identificando vías de agua en el sistema sanitario. Hasta colaboramos (por las razones que tuviera cada uno) a tapar desgarros en la cubierta que hubieran sido difícilmente remediables como el que se intentó en Madrid en 2012 con el famoso “Plan de Sostenibilidad” de Lasquetty (seguramente hecho con la mejor intención desde una particular visión de negocio que no comparto). Necesitamos que los médicos, a los que generalmente se nos exige y nos exigimos aún más que los demás, demos el paso de no terminar simplemente rotos por el sistema como en la entrada “I love my job, but I am human” de la página de KevinMd, sino que nos impliquemos en tratar de cambiar aquello que creamos que podría funcionar mejor, incluso aunque nos saque de rutinas conocidas y mejor o peor toleradas.

Cada uno a su nivel tiene que tomar decisiones. Ojalá todo fuera tan sencillo y tan falto de consecuencias como en la serie “New Ámsterdam” recientemente recomentada en su blog “Salud con cosas” por Miguel Angel Mañez. Todos sabemos que la realidad no es así, pero también todos sabemos qué decisiones tomamos cada día, cuáles son nuestros conflictos interés y que después tendremos que vivir con ellas. Ni ángeles ni demonios, solo personas.

Si es el momento de romper las reglas para colaborar a preservar el sistema nacional de salud español (si, el sistema nacional de salud aunque nos las hayamos apañado para fragmentarlo en 17 y ahora parezca que se gaste mucho más tiempo en fingir que existe colaboración entre las comunidades, sacar provecho de la fragmentación o en justificarla), es el momento de ser consecuentes y generosos. De pensar de verdad en el paciente, pero en el paciente, no en el usuario; en el paciente, no en las consecuencias que tendrá decir lo que de verdad pensamos en el puesto que ocupamos; en el paciente, no en el dinero que obtendríamos aumentado la cobertura de seguros privados de salud al punto crítico en el que todo el mundo se lo hará.

Algo hay que hacer para que los barcos del sistema nacional de salud no terminen de hundirse. No basta con contemplar desde el de Hospitalaria (que hace muchas más vías de agua que las que hunden literalmente techos durantes las tormentas), cómo escora la Atención Primaria a pesar de los titánicos esfuerzos de sus médicos. No podemos seguir contemplando con fascinación cómo va a afectar al resto de niveles el remolino que forme al hundirse el nivel que caiga primero. Los barcos que más dificultades atraviesan, pero sin los que no subsistirá el resto de la flota, la atención primaria, las urgencias hospitalarias y las urgencias extrahospitarias, por que son los que “no tienen límites”. Porque mientras los contemplamos con interés, incluso con interés científico, no nos damos cuenta del enorme tsunami que se acerca a nosotros por nuestras espaldas, ni de que las orillas están repletas de raqueiros y praieiros dispuestos a lucrarse con los restos del naufragio e incluso a colaborar en provocarlo.

Esperemos que no haya necesidad para despertar vocaciones dentro de una o dos décadas con series españolas de médicos en un sistema sanitario con pacientes diciendo que no se atrevieron a consultar porque no tenían seguro o porque la letra pequeña de su seguro no cubría ya la maldita enfermedad que el destino les deparó en suerte. Tenemos una estupenda flota de la que estar orgullosos, gracias al sudor y trabajo de los que nos precedieron (con o sin ayudas de laboratorios) y una enorme responsabilidad para mantenerla operativa. Entre todos, y mal que nos pese (o que les pese a algunos, más dedicados en ascender de puestos que en mantener el barco a flote), los médicos tenemos la responsabilidad de capitanear esas naves y de llevarlas a un puerto seguro, por los pacientes, para cuando seamos pacientes y para las siguientes generaciones.

Es época de verano, si os interesa el tema, sois estudiantes de medicina, residentes o médicos y tenéis un rato, se puede hacer balance entre la quemazón y el cinismo que traspira “La casa de Dios” de Samuel Shem escrita en 1978, en la que ya se detectaban tremendos signos de alarma, y el buenismo y altruismo que rezuma la serie “New Ámsterdam” de David Schulner (ojo tiene defectos serios de guión en cuanto a las situaciones médicas), basada en “Twelve Patients: Life an Death al Bellevue Hospital” de Eric Manheimer.

Esta es mi reflexión de hoy, cómo no, tras ver una peli de desastres (por cierto dirigida por una mujer, Mimi Leder.

Recuerda la decisión es tuya, la pregunta del momento es “¿Cómo puedo ayudarte?”.

Ángela Hernández Puente
Cirujana General y del Aparato Digestivo
Vicesecretaria General de AMYTS

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