CON FIRMA. “No quiero aplausos”, por Adolfo González

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Desde que esta pandemia nos obsesiona como ciudadanos y profesionales se ha producido más de un contagio, y no me refiero al infeccioso, aunque se comporte del mismo modo. En bastantes ocasiones nos encontramos con fenómenos “virales”, ya sea en forma de vídeos, iniciativas y demás ortopédicas conductas, que hacen más bien sentirse a uno parte de un colectivo, totalmente impersonal y falto de fondo. Recordemos esos “Bucket challenge” de hace años, de dudosa trascendencia y perdurabilidad hoy en día, o de los “likes” de determinadas Redes Sociales. Pues ahora está pasando algo similar.

¿Por qué hay que aplaudir al balcón? ¿Por qué hay que ponerlo en la TV o grabarlo para Instagram? ¿Qué nos aporta eso como médicos o, mejor aún, como pacientes? ¿Sentirnos mejor con nosotros mismos? La hipocresía normalmente se muestra ante nosotros con el semblante sonriente y con la apariencia de acciones piadosas cuando realmente engaña hasta al propio Diablo. Aplaudir bien fuerte en los balcones es una pantomima, un gesto de purga personal, incitado y promovido por los medios, es verdad, pero acogido por muchos para agradecer nuestra labor, o al menos eso parece ahora.

Sin embargo… ¿qué trascendencia tendrá esto? ¿Cuánto durará esa sensación de pureza interior que las palmadas parecen limpiar como el bicarbonato a la plata? ¿Recordaremos estos gestos el próximo invierno, cuando la gripe venga de nuevo a visitarnos en forma de urgencias saturadas…? ¿O cuando este aún desconocido virus pueda asomar su cápside para infectarnos de nuevo? ¿Quedarán fuerzas para las palmadas? Mejor aún… ¿Recordaremos la labor que estamos haciendo cuando nos toque esperar 3h por esa rodilla que llevaba doliéndonos 3 meses por la que hoy hemos decidido consultar a las 23:30h? ¿Nos importará tanto que se esté viendo a un paciente antes que a nosotros pero ha llegado más tarde, aunque esté más grave?

Seguramente la memoria, de forma selectiva, borre estos sucesos hasta dejar sólo un borrón en ella. Algunos tendrán una horrible huella por la muerte de un familiar, o de varios; otros sufrirán las secuelas de la infección…; pero la mayoría olvidará. Esos aplausos que resuenan en los muros de los edificios y en las aceras de las calles se habrán ido para no volver. Porque el ser humano es un ser ingrato y egoísta y nunca recordamos que los que antaño luchaban, exponiéndose por vocación, al peligro mismo, ahora nos tienen esperando para vernos esa rodilla. De nuevo reclamaremos ese escáner, ya que la radiografía no es suficiente para nosotros, que sabemos más que el médico, y luego pediremos una ambulancia para ir a casa, aunque hayamos llegado al hospital andando. Y llamaremos a nuestra hija que es abogada para denunciar a aquellos que nos han tenido esperando mucho tiempo y nos explican, con toda su paciencia, que si quiero una ambulancia, tendré que esperar 3h porque están ocupadas, pese a que no está indicada… Y del gasto que conlleva ni hablamos, mejor.

Ahora más que nunca estamos viendo que los médicos estamos solos en este mundo; sólo nos tenemos a nosotros, pero también a otros compañeros de hospital que nos complementan y ayudan. Aunque al fin y al cabo nadie más nos va a entender ni nos va a ayudar a los profesionales sanitarios. La necesidad de autosatisfacción al aplaudir surge de nuestra conciencia; porque sabemos que un día nuestro dedo corazón era el único que asomaba por el puño cerrado cuando nos enfadamos con el médico. Porque sabemos que protestamos cuando nos dieron el alta con tratamiento cuando pedíamos ingresar en el hospital. Porque recordamos aquella vez que nuestro médico de familia decidió que lo mejor para nosotros era tomar este tratamiento y no este que habíamos visto en un foro de eruditos profesionales sin identificación (salvo un Nick, claro). Porque sabemos que usamos la sanidad para nuestros fines egoístas e infantiles y aceptamos que el paternalismo del pasado nos gusta ahora más que cuando se implantó el modelo bio-psico-social; queremos que nos receten, que nos den, que nos hagan y que nos lleven…

Pero no queremos ver que detrás de esos ordenadores hay un cerebro pensando en qué hacer con nuestro caso, aunque pasen las horas, o una prueba de laboratorio que requiere de un procedimiento que lleva su tiempo y debe hacerse así para que el resultado, que nos afectará, no sea el incorrecto. No queremos escuchar, por eso aplaudimos. Aplaudimos para acallar nuestra conciencia para quedar bien con nosotros mismos y que se nos vea ahora, que es demasiado evidente, que tenemos que apoyar a las personas que nunca apoyamos, aunque luego se nos olvide esta conducta tan bondadosa.

Y ya que las noticias nos vendan los ojos para dejarnos ver sólo un ápice de lo que en realidad ocurre y nos llenan los oídos con informaciones contradictorias o falsas, debemos recordar, no ahora, sino siempre, que los médicos, junto a todos los profesionales que nos acompañan en ese organismo que llamamos Sanidad, estamos ahí para serviros; porque es un servicio, una entrega a vosotros de nuestro tiempo, de nuestra vida. Con estos aplausos hacéis ruido, un ruido que cubre lo importante.

No ensordezcáis nuestros llantos, no tapéis nuestra voz que os habla cuando protestamos menos de lo que deberíamos. No quiero aplausos, quiero que nos escuchéis.

Adolfo González Sáez
Médico residente de Microbiología y Enfermedades Infecciosas, Hospital Universitario Gregorio Marañón

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