CON FIRMA. “No estábamos en guerra. No somos soldados”, por Raquel Rodríguez

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Después de haber pasado una situación tan terriblemente crítica que nos ha llevado al límite de nuestras capacidades, como ha ocurrido en los primeros meses de esta pandemia generada por un ente capaz de diezmar a la sociedad, es absolutamente triste comprobar cómo los que debían defendernos nos señalan como culpables. Culpables de decisiones facultativas que solo como médicos entenderíamos, que te las llevabas a casa y llorabas en tu silencio: que hubieras dado tu vida por haber tenido otras opciones, pero no las había.

Nadie puede culparnos del colapso del sistema sanitario vivido a todos los niveles asistenciales, desde la medicina extrahospitalaria y la Atención Primaria hasta las UCI improvisadas en los lugares más inverosímiles de los hospitales. Nadie puede culparnos de haber sufrido situaciones de estrés en las que sentías que la vida de tu paciente se escurría entre tus manos, sin poder hacer nada pero haciendo todo lo que tenías a tu alcance para tu paciente, para su vida.

Hay dos motores en el mundo: uno es el amor y el otro es el miedo. El amor por nuestros pacientes, por nuestra profesión, por nuestra vocación de servicio, ha hecho que superásemos todas nuestras capacidades; nos ha metido en una situación de resiliencia, y hemos valorado que lo mejor de nuestro sistema sanitario somos los propios profesionales.

Contra todo, contra el virus, contra el colapso del sistema, se ha izado la bandera del compañerismo.

Y no nos olvidemos del MIEDO, así, con mayúsculas. Porque hemos visto el miedo en los ojos de nuestros pacientes, y nos ha subido ese escalofrío en la espalda que ha soltado nuestra adrenalina buscando la manera de huir.

No olvidemos que las personas están diseñadas para salir del peligro. Y los médicos somos personas. Y tenemos miedo.

Yo personalmente he sentido miedo de contagiarme ante situaciones que ponían en riesgo mi vida. ¿Quién decide si mi decisión, motivada o no por el miedo, no ha sido correcta? ¿Quién es capaz de juzgarme por querer poner mi vida y la de mi familia a un lado de la balanza? ¿Quién tiene la suficiente moral para criticar una eventual retirada si he tenido MIEDO? Me he visto así. Pero no soy un soldado ni me debo a mi país, me debo a los míos.

A mí, particularmente, me han salido de momento bien las cosas. Las decisiones facultativas que en ocasiones han sido duras, han sido motivadas por y para mi paciente, sin perder de vista que tengo que volver a casa superando mi miedo. No espero que se me ponga en la picota, pero si es así, que quien tenga la capacidad de juzgarme se ponga primero mi uniforme.

Raquel Rodríguez Merlo
Médico de Emergencias. Delegada AMYTS en el SUMMA 112

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