CON FIRMA. “Mucho, mucho por mejorar”, por Miguel Ángel García

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La mejora es siempre un reto pendiente, y de eso somos bien conscientes quienes nos dedicamos a la salud de los ciudadanos. Cualquier mejora se convierte en resultados beneficiosos para nuestros pacientes.

Pero no sólo en el plano sanitario, sino también en el institucional. El compromiso de las organizaciones profesionales para la defensa del ejercicio de la Medicina tiene también que someterse al reto de la mejora continua, reto al que AMYTS es muy sensible, y del que ya he hablado previamente en estas páginas, justo después de que las elecciones sindicales confirmaran la continuidad de nuestra organización en la Mesa Sectorial.

Y de nuevo en contexto electoral me viene la misma idea a la cabeza. Los resultados de las recientes elecciones municipales y autonómicas han cambiado el panorama político de nuestro país, haciéndolo multicolor y diverso. Junto a la disminución de poder experimentada por algunos partidos, y la desaparición práctica de otros, se ha mostrado con fuerza la aparición de nuevas formas políticas, alguna de las cuales vehicula mucho del malestar generado por la forma en la que se ha hecho política en España en las últimas décadas y por el descaro con que los intereses económicos se imponen, en tantas circunstancias, a los intereses de la sociedad en su conjunto. El panorama político actual es complejo y, por tanto, un importante reto para la mejora de la vida social, política y ciudadana de nuestra sociedad.

Sin embargo, para hacer frente a este reto no parece que contemos con muy buena urdimbre. Los resultados difícilmente pueden dar como vencedoras a ninguna de las fuerzas políticas, pero el discurso que parece imponerse por doquier entre nuestros políticos no es otro que el de intentar tejer mayorías no para una mejor gobernanza social, sino para excluir de la misma a “los otros”, al partido o partidos que proceden del otro lado del espectro, a los que califican, además, con los peores calificativos que se les ocurren, sin caer en la cuenta de que llamando extremista a ese partido o partidos se está uno autocalificando a la vez de extremista del lado contrario.

Y quienes así actúan, a uno y otro lado, distan mucho de reflejar con ello no sólo comportamientos, sino siquiera convicciones mínimamente democráticas. En el fondo, no hacen sino mostrar al pequeño dictador que puede viajar dentro de cada uno de nosotros, por mucho que lo disfracemos de un exquisito demócrata.

La democracia supone una respuesta práctica al problema del bien, de cómo gobernar de la mejor manera posible una sociedad plural. Dado que no hay argumentos racionales y universales que legitimen una posición política sobre las demás, el recurso a las urnas para elegir la posición que mayor apoyo tenga en la sociedad no es más que un recurso práctico que incrementa la legitimidad del poder. Pero hay que ir un poco más allá, y descubrir que eso no se puede quedar en la imposición de un credo político al conjunto de la sociedad como si no hubiera “disidentes”, como si no hubiera gente honrada más allá de los límites ideológicos de mi partido.

La riqueza de España, su potencia, no está en los políticos que la representan, aunque lo hagan de forma mayoritaria, ni en la parte de sociedad que les apoyara en las últimas elecciones. La riqueza y la potencia de España, la de cualquier país, está en todos y cada uno de sus ciudadanos, sin que sobre ninguno. Y en un momento en que se habla tanto de inclusión, a tantos niveles, no podemos hacer políticas exclusivistas, que tan sólo busquen imponer un programa electoral sobre los demás, una forma de ver y vivir la vida sobre las demás. Sin renunciar al apoyo obtenido, la verdadera democracia buscaría representar a todos y cada uno de los ciudadanos y, por tanto, no podría nunca excluir a nadie, y mucho menos plantearse como objetivo fundamental esa exclusión.

Mal andamos si aún se pretende ese tipo de exclusión. Si malas son las mayorías absolutas, que acaban recorriendo el camino citado con suma facilidad, como tenemos experiencia directa, la búsqueda de alianzas que otorguen mayorías absolutas a costa de excluir al resto de la sociedad no es sino una burda forma de reproducir lo mismo, y de seguir empobreciendo el concepto de democracia. Pero me temo que de esto no son sólo responsables nuestros políticos, sino que la propia ciudadanía tiende a apoyar este tipo de movimientos.

Mucho, pero mucho, tenemos que mejorar aún. Ojalá lo vayamos consiguiendo.

Miguel Ángel García Pérez
Médico de familia. Director médico de la Revista Madrileña de Medicina
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