CON FIRMA. “Motivación, esfuerzo y capacidad de sacrificio para superar COVID entre todos”, por Miguel Ángel García

0

Resurge otra vez la preocupación por el incremento de casos de coronavirus en nuestro país, siguiendo la estela que vienen marcando el resto de países de nuestro entorno. Y lo hace de forma especial porque la situación de partida es mala, con un elevado porcentaje de ocupación de camas hospitalarias y, sobre todo, de cuidados intensivos. Es momento, desde luego, de medias de contención eficaces, cuya responsabilidad en muchos casos está en manos de las Administraciones Sanitarias, pero también lo es de que se extreme la colaboración de todos los ciudadanos. Y no entendamos que insistir en esto último supone descargar de responsabilidad a las primeras, que no lo es. Esto es un esfuerzo de todos: o es de todos, o será un esfuerzo inútil (o, al menos, se desperdiciará gran parte de la energía dedicada a ello).

Cada vez tengo más claro que el concepto de “nueva normalidad”, más allá de las disquisiciones ideológicas al respecto, no es el más adecuado. No lo ha sido durante el verano, en el que probablemente esa idea de “normalidad” ha resultado muy dañina incluso para los negocios que deberían haberse beneficiado de ello, pues a la larga se ha producido un empeoramiento de la situación que daña de nuevo significativamente sus ingresos. La idea de que se podía volver a una cierta “normalidad” parece haber sido muy negativa para mantener en tensión la conciencia de la necesidad de mantener las medidas de protección frente a la infección, y el esfuerzo que ello necesitaba. Y también ha sido muy negativa para quienes, a pesar de todo, han tratado de mantener las medidas, que han sido vistos por muchos de sus allegados como excesivamente preocupados por la pandemia. Ahora probablemente estamos pagando las consecuencias de todo ello. 

Pero tampoco es acertada la idea de “nueva normalidad” para definir una fase donde el contacto físico o la proximidad con los allegados no es recomendable. Nadie quiere que esto se convierta en la norma, ni que se prolongue indefinidamente en el tiempo. Y, además, no es fácil de aceptar que pueda ser necesario aún durante meses, si no llega a serlo durante unos cuantos años. Esto no puede ser la normalidad, ni nueva ni antigua. No, de ninguna manera. Yo, personalmente al menos, no lo quiero.

Y es que, entre otras cosas, mantener esas medidas requiere esfuerzo. Esfuerzo personal y colectivo. Y hasta capacidad de sacrificio. Porque respetarlas es casi antinatural, pero es lo mejor que podemos hacer por nosotros, por nuestros allegados y, al final, por el conjunto de nuestra sociedad. Y hay que hacerse consciente de reconocer esa necesidad de esfuerzo y de darle valor. Basta ya de “pues yo no me voy a quedar sin darte un abrazo”, o de “vaya pesadez tener que salir con mascarilla”… A ninguno nos gusta ninguna de esas medidas (bueno, puede que sí, que haya quienes se muevan en los extremos de la curva de la relacionalidad humana, pero no al conjunto de la población). Así que hagamos que merezca la pena el esfuerzo de cada uno, y no lo tiremos por la borda en base a nuestra falta de compromiso y de espíritu de sacrificio. Y tengamos una consideración especial por el personal sanitario, que a los esfuerzos habituales añade (ha añadido y, probablemente, tenga que añadir) un esfuerzo adicional al de todos los demás, pues deberá verse las caras con lo peor de esta infección. No pueden trabajar adecuadamente contra la falta de responsabilidad de muchos miembros de nuestra sociedad; y, de paso, también diré que tampoco pueden hacerlo contra la tan extendida falta de responsabilidad y de empatía hacia ellos de los miembros de nuestra autoridad sanitaria.

Por todo ello, habrá que hacer todos los esfuerzos también por no tolerar los incumplimientos flagrantes que con cierta frecuencia se están produciendo. Porque no puede ser que el esfuerzo de la comunidad se eche a perder por grupos de descerebrados a los que les importa un pimiento el esfuerzo colectivo. Algunos lo hacen por motivos ideológicos, otros por mera diversión y despreocupación. Pero ninguno de ellos tiene la legitimidad moral para echar por tierra el esfuerzo de todos. Así que aplíquense las medidas legales que procedan, por solidaridad con el resto de la sociedad y por coherencia con los esquemas de responsabilidad legal en un asunto que es de salud pública, y que tiene repercusiones en la salud de los demás. Y, a la larga, en un mayor desajuste económico, pues puede acabar provocando cierres de comercios que de otra manera serían innecesarios.

También nos vendría bien hacer un esfuerzo para sobrellevar de forma más positiva las limitaciones de esta época. Es verdad que son muchas y pesadas, y que comienzan a hacer mella en la psicología personal. Pero por eso mismo deberíamos insistir en la positividad que genera el respeto de las medidas de contención. La mascarilla, además de ofrecerme cierta protección personal, es la mejor forma de evitar el contagio de las personas con las que me encuentro si, por suerte, soy asintomático o me encuentro en los primeros días de la infección; y esto se aplica también en los ratos de ocio en terrazas y celebraciones, en los que puede estar colocada correctamente mientras no estemos ingiriendo nada. La distancia social refuerza lo anterior, mediante las diferentes formas en que se puede aplicar (distancia física, medidas de barrera -mamparas en lugares de trabajo, etc.-, teletrabajo, reducción de aforos en actividades y del tamaño de los grupos…). El lavado frecuente de manos dificulta el contagio y la transmisión de la infección. Y la necesidad de ventilación de interiores, que se impone como una medida muy eficaz para la prevención del contagio en lugares cerrados, incrementa la seguridad de cualquier uso compartido de ese tipo de espacios.

Respetar todas esas medidas es, pues, la mejor manera de cuidarnos y de cuidar a nuestros allegados. ¿Y se puede de verdad expresar preocupación y cariño por otra persona sin, a la vez, preocuparse por su cuidado? Yo creo que no.

Así que volvamos a repetirnos una y cien veces: cumplir las medidas de protección es una apuesta decidida por el cuidado. ¿No merece la pena esforzarse en ello?

Miguel Ángel García Pérez
Médico de familia, director médico de la Revista Madrileña de Medicina

Compartir:

Deja una respuesta

¡Usamos cookies propias y de terceros para mejorar tu experiencia en esta web! Si sigues navegando, consientes y aceptas estas cookies en tu ordenador, móvil o tablet. Más información sobre las cookies y cómo cambiar su configuración en tu navegador aquí.

x