CON FIRMA. “Me preocupa”, por Juan José Serrano

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Me preocupa la crisis del coronavirus, alias COVID-19, me preocupa mucho. No solo me preocupa la tasa de contagios y el número de muertes, que también. Desde hace unos días, me están empezando a preocupar otras cosas. Cosas que no harán nada salvo agravar la situación y enrarecer más el ambiente. Y me refiero a que me preocupan “cosas” que les están pasando y que les pueden pasar a los sanitarios.

No hablo de lo que ya se viene hablando. No me refiero a la espectacular y vergonzosa falta de equipos de protección individual (EPIs), lo cual, digan lo que digan, no solo ha contribuido a que seamos el país con mayor tasa de contagios entre el personal sanitario, sino también probablemente a actuar como vectores de transmisión. Porque los sanitarios también formamos parte de los contagiados asintomáticos, por si no se habían dado cuenta.

No hablo tampoco de la escandalosa falta de realización de test entre el personal sanitario (como mínimo) y del resto de la población para intentar controlar la transmisión. No querría tampoco hablar de la vil mentira que lanzó hace poco Fernando Simón asegurando que, cuando un sanitario da positivo, se testa a sus compañeros cercanos para saber si se han infectado. La cara de cemento armado.

Ni qué hablar por supuesto de la infame falta de coordinación entre administraciones y hospitales dentro de la misma comunidad, donde cada servicio de salud laboral aplica los criterios que les parecieron. Criterios que incluso dentro del mismo hospital, en el mismo día, cambiaban de un trabajador a otro. ¿Coherencia? ¿Dónde? Que cada hospital de la Comunidad de Madrid tenga su propio protocolo, y encima cambie día a día, hace imposible que los profesionales nos centremos en los tratamientos y podamos ver algún tipo de evolución. Sé que es muy difícil, teniendo en cuenta que poco o nada sabemos de este virus y su tratamiento, salvo que si te pones “muy malo” lo único que te salva es que te conecten a un respirador, pero un poquito de coordinación por parte de algún tipo de comité científico a nivel de CCAA o nacional nos vendría bastante bien, sobre todo en tema legal.

Que, por cierto, hablando de respiradores y de la falta de los mismos, esta crisis recuerda un poquito a la de la polio de los años 40, cuando se fabricaron los famosos “pulmones de acero” como soporte ventilatorio. Ignoro si un “pulmón de acero” podría servirnos para tratar un COVID-19 pero, si es así, no me creo que no seamos capaces de producirlos en masa en poco tiempo.

Dejemos de divagar. Decía que estaba preocupado, y sí, por todas estas cuestiones previas, pero por otras más. Los hospitales en Madrid están hasta arriba. Hay gente en pasillos y se están haciendo habitaciones triples. Ok, lo entiendo, no hay espacio y tenemos que encontrarlo. En este escenario, el drama de los familiares es que no pueden hacer visitas, y cuando hay un fallecimiento, encima hay que comunicarlo por teléfono. Soy residente de oncología, estoy más que habituado a comunicar fallecimientos. Si ya no es plato de buen gusto hacerlo presencial, imaginen por teléfono.

Dado que se ha prohibido el régimen de visitas, los médicos que vemos COVID tenemos que informar a los familiares por teléfono, y aquí es donde empiezan mis grandes preocupaciones actuales. Estoy empezando a escuchar que la gente graba las llamadas telefónicas y que empiezan a aparecer denuncias. Sí, como lo han leído bien, denuncias. Denuncias contra los médicos por el tipo de información que se da, y denuncias por, supuestamente, no hacer todo lo que se podía. Y en este punto me querría detener un poco.

Hay un problema de escasez de respiradores y camas de UCI. Esto es un hecho innegable, que ningún profesional sanitario te va a negar. Los políticos pueden decir lo que quieran, son políticos. Los sanitarios sabemos que faltan camas de UCI. Y recuerdo que, cuando te pones malo de verdad, lo que te salva es la UCI. Y si no hay camas de UCI… Saquen ustedes sus propias conclusiones.

Es por eso que no me quiero imaginar lo que estarán pasando mis compañeros de Medicina Intensiva y Anestesia que se están encargando de semejante papeleta. Imaginaos poder tener delante a un paciente de 70 años sano (con una expectativa de vida aproximada de 10-12 años más), seguramente recién jubilado, disfrutando de la vida, etc. Y que la UCI te diga que no. Que no “lo cogen” porque solo les queda una cama y les han avisado por 4 pacientes más, de 45, 56 y 73 años. No sé que queréis que hagan, pero hagan lo que hagan, hay 3 personas que no pueden entrar en la UCI. Y sobre esos médicos cae la responsabilidad de “elegir” quién vive y quién muere. Y esto es lo que me preocupa de verdad.

Creo que no hay mucha gente consciente de lo que supone hacer este tipo de elección. Creo que no hay nadie que lo esté pasando peor que ellos, sinceramente. El trabajo puede ser mucho, agotador, funcionar como una cadena de montaje. Pero la cadena acaba en el mismo punto: la UCI. De verdad, no le resto ninguna importancia al resto del personal sanitario (entre los que me incluyo), ni tampoco digo que el resto no lo estemos pasando mal cuando se nos muere un paciente o cuando nos agobia el número de pacientes a atender. Digo que, desde mi punto de vista, la peor parte se la están llevando ellos.

Y lo que me preocupa es lo desprotegidos que están, porque las decisiones las toman ellos bajo su criterio. Y no, seguramente su criterio no sea erróneo (se dedican a esto desde antes, creo que es bueno), pero es el suyo. Ha llegado el momento de exigir protocolos. Protocolos como mínimo a nivel hospitalario y, a poder ser, regionales y nacionales. No podemos cargar sobre los hombros de estos profesionales el peso de tener que decidir quién entra en la UCI y quién no, ni que muchas veces el criterio pueda ser simplemente la edad. Es demoledor, pero es así.

No podemos permitir que esta gente (que nadie) tenga que afrontar denuncias por supuesta mala praxis o por no hacer “lo suficiente”. Espero, aunque ya me lo espero todo, que sean pocas las denuncias, y que la mayoría de esas denuncias caigan en saco roto. Pero aunque sea así, se pasa muy mal cuando ves que alguien te ha denunciado tras, simplemente, hacer tu trabajo. Que por cierto, a los sanitarios también se nos mueren familiares por el COVID, sumadle a ese dolor todas las muertes que contemplamos, y sumadle la presión de afrontar un proceso judicial.

Por eso, a ti, si me lees, entiendo que estés triste, enfadado y con rabia por la situación y porque se te ha muerto alguien. Pero de verdad, los menos responsables somos los profesionales que hemos tratado a tu familiar. Lo siento si la información que te he transmitido no te ha gustado (tengo muchas otras familias a las que informar por teléfono), lo siento si no hemos podido hacer más por tu familiar (de verdad, hacemos todo hasta donde llegamos), pero por favor, no lo pagues con nosotros. Si aún así, después de esto, quieres denunciar, hazlo contra los responsables (hospital, comunidad, gobierno), pero no contra los profesionales que se han dejado la piel en darle lo mejor a tu familiar: no pongas más peso en la losa que cargamos.

En resumen, no solo trabajamos sin equipos de protección, arriesgando nuestra vida, sino que también hay muchos que trabajan sin un respaldo legal ante una situación sin precedentes, arriesgando su futuro. No sé si nos quedan muchas más cosas que arriesgar, la verdad, y es algo que me preocupa.

Cuando todo esto pase (porque pasará, tarde o temprano), es posible además que los platos rotos de la crisis subsecuente los tengamos que pagar nosotros, con bajadas de sueldo y recortes en derechos. Que es algo que, por cierto, también me preocupa.

Juan José Serrano Domingo
Médico residente de Oncología Médica (R5), Hospital Universitario Ramón y Cajal. Delegado AMYTS, presidente del Comité de Empresa MIR del SERMAS

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