CON FIRMA. “La vocación y la banalización del acto médico”, por José Pleguezuelos

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—Aquí tiene usted el título de especialista. No olvide que va acompañado de su correspondiente ración de vocación y que los comienzos siempre son duros.

—Pero qué comienzos, si llevo once años preparándome. Cuatro de ellos haciendo guardias y pasando consulta. Mire, me va a quitar un poco de esa vocación y me echa dignidad y estabilidad.

—De eso no nos queda. Se lo han llevado y no sabemos quién ha sido. Le podemos poner aplausos de vez en cuando, que nos han llegado hace poco.

—Quite, quite, cuando quiera de eso voy con mis amigos al karaoke. Yo es que había pensado que si no sería posible tener un máximo de pacientes para ejercer de verdad la vocación y dar su valor correspondiente al acto médico.

—¿Para qué?

—A ver, he aprendido mucho durante estos once años y si tengo cincuenta citados al día, más los que me fuerce cualquiera que considere que por un poco más no pasa nada, quizá más que Medicina lo que haga sea supervivencia. Que desespere y el agotamiento haga que me replantee todo y me dedique a otra cosa o escape a un país donde tengan eso que dicen que no les queda.

—Menudo rollo tiene usted; está hecho un filósofo. Si trabajan todos así, buen hombre. Son unos años aquí y allí, una interinidad, luego el examen, un poco de suerte y trabajo seguro. No le dé muchas vueltas.

—Pero si solo pido atender a veinte o veinticinco pacientes, como en cualquier país civilizado. Que sea yo quien controle mi agenda, que haya un LÍMITE. Que no descanse sobre mis hombros la accesibilidad entendida como un infinito en el que todo tiene solución inmediata.

—Qué trágico se pone. Alégrese, que es joven y médico. Y recuerde que, como usted mismo dice, esto es vocacional.

—Sí, por eso. Porque amo esta profesión que me está costando tanto sacrificio desde hace tantos años; por eso mismo creo que tanto el paciente como yo merecemos unas condiciones dignas. Lo que hacéis es banalizar el acto médico. Menospreciarlo masificando consultas, repartiendo pacientes ante las ausencias de profesionales. Se juega con la salud del médico y del usuario; habéis convertido esta profesión en la barra de un restaurante de comida rápida en la que el cliente consume revisiones inútiles, pruebas innecesarias, tranquilidad efímera y recetas.

—Bueno, bueno… Que no me dice nada que no sepa. Que todos hemos pasado por eso.

—Y se hace bajo amenaza, las cosas por su nombre. Porque no puede educarse a medio centenar de personas al día que acuden con unas expectativas irreales. Amenaza de enfrentamientos a diario que nadie puede soportar durante demasiado tiempo. El que no huye piensa en evitar el conflicto; en salir del centro de salud sin reclamaciones ni voces o insultos. Cobrar a final de mes y descansar en casa para poder enfrentarse a lo mismo al día siguiente. Por eso se van, por eso nos vamos. Porque, si buscarais realmente la eficiencia, nos dotarías de tiempo, medios y autoridad; y poca cosa llegaría al hospital. Eso es eficiencia, objetivo que cada vez me creo menos, a la vista de los hechos.

—Le recomiendo que haga una cosa. Llame a la resignación, bondad; a la cobardía, vocación  y al hastío, burnout. Verá como todo parece algo así como… más lubricado…Y todos contentos.

Los nuevos médicos de Familia no quieren trabajar en Madrid, pero éste es un problema nacional. Repetirán el MIR para hacer otra especialidad o se marcharán a algún país, allí donde la formación y la responsabilidad sean asuntos valorados. Tras diez años de formación, nota elevada en Selectividad y un MIR de por medio; tras guardias inhumanas propias de las condiciones de trabajo de otros siglos, se encuentran con la precariedad, turnos incompatibles con la conciliación familiar y agendas sin límite dadas de sí hasta lo eterno por cualquiera. ¿Cómo van a querer trabajar así? La primera conclusión es que nos vamos a pique; pero la segunda es que, quizás, haya esperanza: en que las nuevas generaciones no hereden la mansedumbre y la pasividad que algunos llaman vocación, y que nos ha llevado a considerar normal atender a cuarenta, cincuenta o setenta personas en una jornada.

Nos quedamos sin Primaria. Todos al hospital, que es donde está la chicha.

Hasta hoy, le he dado muchas vueltas a la palabra vocación; bueno, me refiero al concepto, lo de la palabra está claro:

La palabra vocación proviene del latín vocare, que significa llamado o acción de llamar, se entiende como llamado hacia un determinado fin o destino.

Suena a cosa de iluminados. El caso es que cuando las cosas se convierten en algo insoportable, siempre aparece alguien haciendo alusión a la vocación. Con la vocación pasa como con el amor, o con la verdad, que cada cual entiende una cosa distinta; aunque sea en los matices, pero distinta. Depositamos en conceptos de este tipo emociones que pertenecen a las más íntimas vivencias particulares; esas que vienen dadas por las experiencias, por la infancia, por los intereses, por la educación o por las necesidades emocionales de cada momento. Si la persona intenta definir lo que siente al referirse a una de estas nociones o ideas, será distinto a como lo haga otra; salvo, clara excepción, que repita lo oído o lo leído; es decir, que no sea cosecha propia, que no sea original, que no sea auténtico, que no sea sincero consigo mismo.

La vocación implica una autoasignación para aquel que dice tenerla, una especie de llamada religiosa o, por lo menos, moral. Luego, es la Selectividad la que se encarga de conceder, o no, a esa vocación la posibilidad de ejercerse en forma de Medicina. Recuerdo que el  profesor de Psicología Médica de Segundo año de carrera decía que toda persona que decidía estudiar Medicina era una buena persona. Aquella chorrada gustaba mucho al auditorio; probablemente porque una autoridad reafirmaba la idea de ser unos escogidos, no solo a nivel académico, que lo era, sino ético. Alguien bueno no puede fallar a la sociedad. La trampa está tendida. Y así, llegábamos a la residencia, a los años de formación en la Especialidad; es decir, a las guardias de veinticuatro horas, al uso del joven médico como mano de obra barata en nombre de la formación y con la mochila de la vocación bien atada a la espalda. Durante la residencia, nos disolvemos en las expectativas ajenas. Firmas cosas sin saber, recibes infartos tras veinte horas de trabajo sin descanso o accidentes de tráfico sin experiencia previa y a siete euros brutos la hora (años 2003-2006, ahora es algo más). ¿Por qué se hace esto, que no solo perjudica al que lo hace, sino también a quien merece una mejor atención? Supongo que por presión de grupo. Podríamos llamarlo de una forma más fea, pero nos quedamos en presión de grupo. Porque se hace, simple y llanamente, porque es lo que se espera de nosotros. Porque es el camino para culminar el sacrificio de la carrera con una especialidad, y de ahí a ganarte la vida con aquello de lo que familia, amigos y tú mismo estás tan orgulloso de haber conseguido. No hay otra.

Al finalizar la residencia, y con la extraña sensación de que sigues debiendo algo, empiezan los contratos encadenados. No hay médicos de Familia, dicen. No pueden cubrirse suplencias porque no hay profesionales suficientes. Y miras tu vida laboral, con la que puedes empapelar una habitación; y no lo entiendes: pero lo sientes. La vocación te acompaña y cada poco tiempo se oye hablar de ella. No sé qué será para ti, que lees esto, pero podemos decir lo que no es y para qué cosas no sirve:

No es decir a todo que sí, para evitar el conflicto, y acabar convirtiéndonos en la carta de un restaurante donde cada cual elige. Para eso no hacían falta diez años de estudios. Eso es miedo.

No es aguantar listas interminables; ver a más de cincuenta pacientes en una jornada poniendo en peligro nuestra salud mental y la salud, global, del paciente que trae algo importante, que los hay. Eso es sumisión.

No es tragar con la indignidad que supone tener consultas infinitas porque hayamos elegido esta profesión y trabajemos con enfermos; porque las consecuencias reales, las que a veces no queremos ver, es que la atención empeora. Los compañeros abandonan, las consultas se masifican y alguien sale ganando: pero ni eres tú ni es el enfermo. Eso es resignación.

La vocación, sea lo que sea para ti, no sirve para pedir un crédito o una hipoteca. No descuenta a la hora de pagar la guardería de los niños ni le impresiona al cerrajero o al informático que te cobran por un trabajo. En definitiva, no forma parte de la remuneración. La satisfacción de trabajar en algo que has elegido es la recompensa de un esfuerzo, un fruto que uno se da a sí mismo tras años de sacrificio y renuncia a otras cosas; así que no puede ser una herramienta de doma ni una forma de pago, ni puede ser el disfraz bajo el que se oculten actitudes mucho menos románticas y heroicas, pero más reales, ante la situación de los médicos de Primaria en España. Porque todo ello conduce a banalizar al protagonista: el acto médico.

La prevención, el diagnóstico, el pronóstico y el tratamiento se convierten en la firmita, la actualización de las recetas, mándeme una cosa o mándeme a este sitio; las agendas son ya papel mojado y se han convertido en un contenedor simbólico, diversión de quien se entretiene estudiando un supuesto control sobre la demanda que no existe en la realidad, un recipiente sin paredes desbordado por la impaciencia, la ausencia de filtro alguno y la constatación de que lo que se puede estirar hasta el infinito, acaba siendo despreciado…

Y mientras pienso en aquel joven que devoraba temarios con la idea de ser útil a los demás y disfrutar de su trabajo, me interrumpen. Alguien acude con urgencia; su jefe le ha dicho que tal y como está no puede trabajar, pero que para ello necesita que un médico se lo firme.

José Pleguezuelos Martínez
Médico de familia y escritor. Centro de Salud Valdemoro

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