CON FIRMA. “La sociedad indolora”, por Miguel Ángel García

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Hace casi dos meses, harto de la hostilidad que generan nuestros políticos en la forma tribal en que desarrollan su actividad, propuse -casi sin éxito, todo hay que decirlo- dedicar energías a la lectura compartida de contenidos de pensamiento y humanidades, que a buen seguro nos ayudarían mucho más a construir la sociedad que necesitamos. En aquel momento, @DoctorCasado estaba compartiendo algunas citas de “La sociedad paliativa”, de Byung-Chul Han (filósofo surcoreano afincado en Alemania de quien ya conocía algunos escritos) y, siguiendo su recomendación, planteé este libro como inicio de esa experiencia. Aunque no ha sido muy “compartida” esa lectura, me parece interesante verter aquí una valoración reflexiva de la misma. Conocer mejor la sociedad a través de visiones cualificadas de pensadores actuales seguro que nos ayuda a entender mejor lo que nos pasa, también en sanidad, y a buscar con buen tino mejores horizontes.

La tesis que Han desarrolla en este librito es que la sociedad actual rechaza el dolor, con consecuencias negativas para la misma. Y para ello utiliza una serie de mecanismos de “anestesia” que oculten ese dolor y las contradicciones que manifiesta. Esos mecanismos van a ser el centro de la crítica social que Han desarrolla, y que es el núcleo habitual de sus escritos.

Que existe una menor capacidad de afrontar el dolor bien lo sabemos los profesionales de la salud, que hemos visto crecer exponencialmente la demanda de servicios sanitarios ante síntomas cada vez más leves y, con frecuencia, sin trascendencia real. Pero eso no significa, en absoluto, que exista una especie de obligación de sufrir, por la que las personas debieran soportar el dolor hasta un determinado nivel. Por mucho que el dolor pueda, como Han nos recuerda en el capítulo 7, afinar la sensibilidad vivencial y artística…

Lo cierto es que el dolor es signo de que algo va mal, y por eso tiene todo su sentido la consulta médica para desvelar su origen e importancia. Sin embargo, eso es lo que el camuflaje del dolor que, según Han, se lleva a cabo en la sociedad actual, impide: diagnosticar las contradicciones sociales que pueden estar a la base del dolor y del sufrimiento, y hacerlas frente. Lo curioso, y sorprendente, es el mecanismo por el que, según nuestro autor, lo hace… Vamos con ello.

Por un lado, y como ya hemos dicho más arriba, la sociedad rechaza el dolor y el conflicto, y ello queda reflejado en la psicología positiva, de la resiliencia y la autoayuda, que tan de moda está en estos tiempos… Parece que el sufrimiento no tendría cabida si supiéramos afrontar de manera adecuada cada uno de los problemas con que nos enfrentamos en la vida, por lo que, al final, la culpa de nuestro sufrimiento sería solo nuestra, por no tener la psicología adecuada… Seguro que en este marco se explican perfectamente las declaraciones de los responsables de la Atención Primaria madrileña, que llaman a la ilusión y al valor de los equipos profesionales para superar la crítica situación que atraviesan, sin entrar a valorar en absoluto las causas de esa situación.

Por otro lado, la responsabilidad del sufrimiento se internaliza aún más en lo que Han llama “la sociedad del rendimiento”, que es como caracteriza a nuestra sociedad actual y a su estilo de vida, muy marcado por el neoliberalismo. Por oposición a la sociedad de los mártires, en la que el poder ejercería una violencia arbitraria (parece que el feudalismo podría ser un buen ejemplo) y a la sociedad disciplinaria (la constituida en los siglos XIX y XX en torno a la producción industrial, que penalizaría a los díscolos, la sociedad neoliberal del rendimiento habría conseguido interiorizar en cada ser humano una especie de opresor de sí mismo a partir de los ideales de bienestar, progreso, autosuficiencia y ansia de felicidad. Sería el propio sujeto individual el que, en este panorama, se autoexigiría y autocastigaría, sintiéndose responsable de cualquier incumplimiento. El poder se vuelve elegante, al no tener que ejercer directamente ninguna violencia, y consigue desactivar así cualquier atisbo de crítica social (el problema es de cada individuo) y, por supuesto y como consecuencia, cualquier dinámica de cambio. El problema es, únicamente, de resiliencia individual: es el ciudadano el único responsable de su propio sufrimiento, pues debe superar todo tipo de circunstancias adversas. No se genera revolución ante la adversidad, sino depresión… ¿No parece el mismo mensaje que reciben muchos profesionales ante sus quejas sobre la situación crítica del sistema sanitario?

Con todo, no podemos “escurrir” el dolor, impedir las experiencias de sufrimiento… El dolor se nos cuela por cualquier grieta, si no es que lo tenemos ya “dentro de nuestros muros” por nuestra propia autoexigencia. Y si no, siempre hay circunstancias (como la de la pandemia) que nos lo traen a nuestro alrededor. Estamos condenados a sufrir, aunque se dificulte tremendamente que podamos expresarlo y compartirlo…

Sorprende, en este contexto, la reflexión de Han sobre el comportamiento social durante la pandemia. A su juicio, con el confinamiento ante el miedo a COVID la sociedad habría optado por la supervivencia, dejando con ello atrás la vida. No me queda claro si Han no es aquí víctima de lo mismo que denuncia: de una falta de conciencia del dolor que en ese momento, y a lo largo de toda la pandemia, vivía la sociedad, con tanta enfermedad y muerte a su alrededor, y por mecanismos no del todo conocidos entonces. A mí me parece que lo peor que podemos hacer es vivir como si no hubiera pasado nada, como si no tuviéramos que pensar en lo que nos ha pasado, y tan sólo nos obcecáramos de forma narcisista en volver a la “normalidad”, basada por supuesto en la misma normalidad que vivíamos antes de la pandemia…

Quizás las actitudes personales y políticas que caminan en esa dirección están a la base de las actitudes de frustración y desapego tan extendidas hoy entre los profesionales sanitarios que lo dieron todo (y siguen haciéndolo hoy) para hacer frente a COVID. Y quizás también entre los más directamente afectados por la infección, sobre todo los familiares de los fallecidos y los pacientes que sufrieron su ataque con mayor intensidad. Superar esto como si no hubiera pasado nada sí que me parecería haber optado por la mera supervivencia, sin sacarle sentido y sabor a lo vivido… No habría nada más conservador, desde este punto de vista, que sobrevolar las experiencias dolorosas, sin dejarnos implicar por ellas.

Hay dos aspectos más de la argumentación de Han que no me encajan, y que incluso me parecen erróneas. Muy al inicio de su libro, Han plantea que vivimos en una cultura de la complacencia, que evita el conflicto y la crítica, lo que generaría una política plana y ramplona. Sin embargo, la situación política actual, y creo que no sólo en nuestro país, es casi todo lo contrario: una montaña rusa de exabruptos y descalificaciones que apunta justamente a todo lo contrario. No sé si es que estaremos ya en fase de reacción precoz a esa política aburrida que sugiere Han, y que quizás puede estarse refiriendo al panorama político de hace unos cuantos años, la época de lo “políticamente correcto” que tanto se ha criticado posteriormente. Al menos, un poco más adelante Han apunta que la pandemia puede habernos hecho un poco más defensores de “lo nuestro”, más reactivos ante lo distinto, y quizás eso pueda dar alguna razón a la conflictividad política actual.

En otro momento, Han habla de una pérdida de narratividad en al sociedad actual que podría justificar la escasa capacidad que tenemos para otorgar sentido al dolor… justo en una época en que la narración prolifera (y no hay  más que mirar a las llenas estanterías de nuestras librerías). Quizás es que, más que una proliferación de la narratividad, lo que tendríamos es una multiplicación de narrativas, inconexas, que sirven como casos particulares y no aportan nada a la capacidad de tejer una autocomprensión social del dolor que pueda ser compartida. Por aquí quizás sí podría llegar a un acuerdo con la tesis de Han…

Hay mucho que pensar y que comprender después de esta lectura de “La sociedad paliativa”. Una lectura que muestra, como viene siendo habitual en sus opúsculos divulgativos, el estilo fragmentario, y a veces inconexo, de Han, que precisa un cierto alejamiento del texto para tratar de comprenderle con mayor profundidad (de la misma manera que los cuadros “a pincelada suelta” de los pintores impresionistas o expresionistas). Una lectura que no me permite entender muy bien el por qué del título elegido, “sociedad paliativa”, cuando tan poco parece hacer la sociedad para “paliar” ese dolor, sino más bien para ocultarlo…

Me quedo, por tanto, con el título con que comienzo este escrito: “La sociedad indolora”. Porque dolores hay, aunque pretendidamente ocultos y ocultables. ¿O alguien va a reconocer abiertamente las dificultades que atravesamos como sociedad en estos momentos, que tanto y tan duramente están afectando, entre otros muchos, a los profesionales sanitarios?

Miguel Ángel García Pérez
Médico de familia, doctor en Medicina, máster en Bioética y Derecho
Director médico de la Revista Madrileña de Medicina

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