CON FIRMA. “La epidemia”, por Óscar Rodríguez

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“Descubrieron que los besos no sabían a nada, hubo una epidemia de tristeza en la ciudad”
Joaquín Sabina, Ruido

El coronavirus provoca pérdida de gusto y el olfato. No te deja paladear el sabor de tu esposa, te hurta el olor de los bebés (ese olor a ángel). Hace que un Vega Sicilia resulte anodino como el tofu, y que un ibérico de Montanchez sepa a esparto. Este es uno de los síntomas más leves de la enfermedad: de ahí para arriba.

Cuando hace un mes me infecté , me tumbó como si Conor McGregor me hubiese noqueado de un rodillazo en la cara… Durante unos días de malestar no pude levantarme mucho del catre; el cuarto día, ya mejorado, sentí la obligación de ducharme, y al caer el agua caliente me temblaron las canillas, como una quinceañera que conoce el amor.

Mi cuadro fue leve y nunca sentí el ahogo criminal de la disnea. Aún así pasé alguna noche de miedo en mi aislamiento: miedo por mis cuatro hijos y por Mateo, hijo de mi hermano, que nos alegró la cuarentena; miedo por Lala, mi mujer , pilar de la familia y que me cuidó con mimo; miedo por mis padres…

Debo decir que no sentí la soledad. Me abrumó el contacto continuo por teléfono con familia, amigos, compañeros de trabajo, del sindicato… Tengo la suerte de sentirme querido por mucha gente que se ha preocupado por mi , muchos más de los que merezco.

En diez días estaba bien y dispuesto a volver. Una sensación de comezón me hacía sentir cobarde en mi convalecencia; reflexioné el porqué… Busqué conceptos como el deber, la tan manipulada y usada como arma arrojadiza contra los sanitarios vocación, el amor a mi profesión (que lo tengo), el amor a los pacientes o la pasta… Pero debo decir que nada de esto me empujó a volver a currar todavía renqueante.

Una vez leí que uno no va a la batalla por odio o amor a una patria, sino por el que tiene al lado en la pelea.

Yo he de decir que regresé por eso, por mis enfermeras que se ponen el EPI de papel de fumar, por los técnicos (tan poco reconocidos como importantes) que se juegan el tipo para llevarnos a los domicilios… Por mis compañeros de la Moncloa que se baten el cobre a diario, por mis colegas del SUMMA que, con una edad de riesgo, han arriesgado su salud, y muchos han caído y han “rozado el larguero” en la UVI, intubados manteniéndose en el alambre, por los que han notado la angustia de la neumonía , aguantando cuando notaban que se les iba la vida… Por Luis , a quien no tuve la suerte de tratar, pero del que sentí su muerte tan cercana… Para mi ya no son compañeros de trabajo, son CAMARADAS.

Volví por la panadera de mi barrio, por las cajeras y el repartidor de Amazon, por los agentes de policía y bomberos, por los guardias civiles…

No volví por mis directivos, resulta paradójico que un servicio que cuida a tantos madrileños desampare tanto a su personal. No volví por el gobierno de mi región, que se ha dedicado a ponerse de perfil y a escurrir el bulto. Y menos por el gobierno de mi nación, que nos ha mandado al la guerra con mascarillas de palo y batas de mierda, y que miente a diario y solo acierta cuando rectifica…

Tampoco salí por los que dan palmas en los balcones, muchos de los cuales nos despreciarán cuando se les pase el miedo y clamarán contra nosotros, como funcionarios privilegiados, en unos meses…

Ahora que comienza a escampar, las ratas comienzan a salir al sol, prestas para el reconocimiento. Buscarán la medalla de turno entregada por el político de turno, medrarán para conseguir sus mezquinos objetivos. Reescribirán la historia… y muchos los creerán .

Yo solo espero estar siempre con mis camaradas, con los que día a día se dejan la vida por los rincones por esta ciudad hoy triste y taciturna, pero que en unos meses recuperará su pujanza como la ciudad más viva y alegre de Occidente.

Gracias a todos.

Óscar Rodríguez Rodríguez
Médico SUMMA112. Delegado sindical de AMYTS

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