CON FIRMA. «La demanda sin fin», por Ana Giménez

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Cualquier día por la mañana. Pongamos que es lunes. Suena el despertador: higiene personal, desayuno… Mira la caja de tranquilizantes. Bueno, espera que no le haga falta tomarse uno.  No se lo toma y se dirige al Centro de Salud.

Llega pronto porque sabe que tiene mucho trabajo esperando. Suele llegar de los primeros, junto con otra compañera y el celador. Se sienta en su puesto de trabajo y enciende el ordenador. Mira con ansiedad la lista de pacientes citados: tiene ya 12 pacientes citados para acudir presencialmente al centro y 40 pacientes citados para llamada telefónica. Suspira, suspira hondo porque la mañana no tiene buena pinta. Sabe que estos 52 pacientes citados no coinciden con los pacientes que tendrá que atender a lo largo de su jornada. A lo largo del día, irá viendo cómo aumentan los pacientes a los que hay que atender. Además, sabe que muchos de estos pacientes están irritados, desesperados porque han necesitado llamar 5, 6, 10 veces hasta conseguir que, por fin, les atendiesen en el teléfono y solicitar su cita, que además ha sido hace varios días.

No todas las citas se han obtenido por teléfono: hay otros pacientes que llevados por la desesperación del teléfono (para el que no se han contratado ni más líneas ni más personal pese a que el número de llamadas se ha multiplicado por cinco), acuden al centro y hacen cola en la calle hasta que finalmente consiguen explicar en la puerta el motivo de su consulta y les han apuntado. Casi siempre, para otro día. Salvo urgencias.

El médico comprueba si tiene todo los que necesita: si el ordenador funciona adecuadamente (¡solo faltaría que no funcionase el MUP se cayese AP Madrid!), si tiene todo el EPI para cuando lleguen  los pacientes presenciales… Respira hondo y empieza con la primera llamada. Cuelga. Mira el ordenador: tres citados más. Otra llamada; esta es larga: la paciente tiene muchas dudas y no se encuentra bien. Al final le pide que se acerque al centro de salud. Cuelga de nuevo: cuatro citas más. Se imagina a si mismo a la orilla del mar, en la playa, con la marea subiendo mientras él hace una murallita de arena. La marea, implacable, sube, sube y la murallita es incapaz de retener el agua apenas unos minutos… se imagina que el agua le llega a ahogar. Otras veces la imagen que le llega es la de los Sanfermines en la Calle Estafeta, y él quieto, haciendo un Don Tancredo y rezando porque la manada no se lo lleve por delante.

No sabe ni cómo, pero de repente se da cuenta de que son las 15.30 de la tarde y todavía le quedan 5 pacientes sin llamar. Revisa los motivos de consulta, hace llamadas rápidas asegurando que al día siguiente serán llamados los primeros.

Cierra a la consulta y se vuelve a su casa. Tiene un gran dolor de cabeza y dolor de estómago… y algo más: una sensación de angustia en el epigastrio que no se quita con la comida. Al final, después de haber comido, sin apetito, se toma el tranquilizante que se negó por la mañana.

Pasa la tarde, taciturno, repasando mentalmente muchas llamadas y con miedo e incertidumbre de haber pasado por alto algún problema grave. Por teléfono es difícil valorar adecuadamente a los pacientes, aunque los conozca. Su familia dice que está intratable, que se esfuerce un poco cuando está con ellos.

Poco antes de irse a dormir vuelve la angustia de que al día siguiente tiene que volver a enfrentarse con la misma situación. Que no le gusta, que no es la medicina que con tanto esfuerzo estudió. Se siente mal y no sabe cómo salir de la ratonera en la que se siente atrapado. Busca en internet otras posibilidades laborales: en urgencias, en otras comunidades autónomas (tampoco es que estén de maravilla) en otros países… Se hace la promesa de apuntarse esa misma semana a la academia de inglés que le ha recomendado un compañero. También le pasa por la cabeza un cambio más radical: trabajar de otra cosa, poner una casa rural… Sabe que así no se puede seguir.

La demanda infinita en nuestras consultas es incompatible con una asistencia de calidad.

La demanda infinita en nuestras consultas acaba con todas las vocaciones.

La demanda infinita nuestras consultas ha sido consentida y promovida de forma concienzuda y alevosa por las distintas administraciones. Las protestas, el exceso de demanda, eran contestadas culpabilizando a los médicos de “incapacidad de gestionar adecuadamente la demanda”. Las instrucciones de despacho decían que teníamos que pre-citar a los pacientes, darles citas programadas para evitar que estuvieran acudiendo tanto al centro. Y todo era una burda mentira. Una estrategia de despacho que nada tiene que ver con la vida real.

No. No es culpa de los médicos.

Es imprescindible implantar un control de la demanda para que las condiciones de asistencia de los pacientes sean las adecuadas. Es imprescindible implantar un control de la demanda para que las condiciones laborales sean adecuadas, y los trabajadores sean capaces de desarrollar su trabajo con calidad, y manteniendo sus condiciones laborales.

La demanda infinita mató a la Atención Primaria.

#HuelgAP

#YoVoyALaHuelga

Ana María Giménez Vázquez
Médico de familia, Doctora en Medicina. Tesorera de AMYTS

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