CON FIRMA. “Jugar a los naipes con los profesionales”, por Miguel Ángel García

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No sé si alguno de los lectores se habrá imaginado que voy a hablar de una idílica partida de cartas en la que un grupo de personas, posiblemente gestores, se permita un rato de asueto con los profesionales de su centro. Si es así, creo que le voy a decepcionar. No es el momento, con los centros sanitarios aún cargados de pacientes COVID (excepto el recién inaugurado “Enfermera Isabel Zendal”). Ni tampoco es esperable: no se nota ni un ápice de trato humano a los profesionales por parte de sus administradores. Y no, tampoco estoy pensando en los sanitarios que hoy custodian el propio Isabel Zendal, que ya ha recibido a su(s) primer(os) paciente(s), y en el que la dinámica de trabajo estará aún engrasándose.

Estoy pensando en otra cosa: en que para los administradores sanitarios, desde presidentes y consejeros/ministros de Sanidad hasta muchos de los gestores a pie de centro, los profesionales parece que son, en tantas ocasiones, como naipes de una baraja, de los que no hay que preocuparse en absoluto, a los que se puede barajar a gusto, y de los que uno se puede descartar cuando le apetezca. No es más que la expresión del más puro economicismo / politicismo aplicado a la Sanidad: sólo interesan las ganancias, sean estas económicas o de simpatía política.

No hace falta apuntar a nadie en concreto: creo que es algo que estamos percibiendo todos.

Y su último episodio está aún en marcha, aunque ya tiene aspecto de estarse acercando al final de la presente temporada. El juego comenzó a mediados de mayo, cuando se preveía que COVID no era un evento de acto único, sino que quedaría un tanto en espera de mejores oportunidades para volver después con fuerzas renovadas.

Ya en aquel momento, desde AMYTS teníamos claro que era necesaria una apuesta, una fuerte apuesta por los profesionales. Era necesario contratar suficientes rastreadores para tratar de adelantarnos a la infección, aunque no se contrataron y se justificó desde la vicepresidencia porque se iría respondiendo en la medida en que fuera necesario (o sea, tarde, una vez más). Era necesario contratar muchos profesionales, muchos médicos, para la AP, diezmada por la infección y por la sobrecarga asistencial y psicológica vivida durante la primera ola, pero se dejó escapar a muchos de los nuevos médicos de familia y pediatras al ofertarles contratos-basura después de haber contado con ellos en lo más duro de la batalla. Era necesario estabilizar los contratos COVID para dotar adecuadamente un sistema sanitario que tendría que trabajar desdoblado durante meses-años para poder seguir ofreciendo, junto a la atención COVID que pudiera ser necesaria, la asistencia necesaria convencional que siguen precisando muchos ciudadanos. Era necesario, al fin y al cabo, creer en el quicio humano del sistema sanitario… y se optó por la colocación de la primera piedra de un gran hospital que, a día de hoy, aún parece semifantasma y cuya existencia es necesario justificar mediante la derivación voluntaria de pacientes leves, pero, eso sí, bien acompañada de los medios de comunicación…

Y claro, ahora hay que llenarlo también de profesionales, porque los hospitales no funcionan solos. Este aspecto de la cuestión, que tanto las organizaciones profesionales como los medios de comunicación hemos tenido siempre en mente, ha sido continuamente soslayado por los faraónicos responsables de esa construcción, a los que, (¡pero qué se habrán creído estos periodistas!) no se les debe preguntar por tan nimio asunto. De suyo se cae que un hospital es una magnífica noticia, ¡aunque no haya profesionales que lo “humanicen”!

Cuando ya ha sido necesario afrontar la realidad, la que hay detrás del decorado y la bambalina, se ha hecho lo que se sabe hacer: cogemos la baraja (de profesionales) y sacamos las cartas que nos hagan falta… Ordeno y mando. Ordeno y mando, entre otras cosas, porque desde el gobierno central lo han puesto fácil, sin poner ningún tipo de límites y cortapisas a la movilidad profesional discrecional con la simple excusa de que hay COVID (no la de que COVID supere la capacidad sanitaria, como ocurrió en la primera ola, situación en lo que hubiera sido hasta entendible). Y así es: me llevo profesionales de unos hospitales que siguen necesitándoles (se pretende, al menos desde la propaganda oficial, que esos hospitales recuperen una actividad más normalizada, no que la reduzcan) para llenar el vacío de la obra insignia de nuestra querida presidenta…

Desde luego, sólo queda esperar que todo funcione bien, que no haya consecuencias negativas de esta serie de decisiones para los pacientes. Nunca he sido de los que piensan en el “cuanto peor, mejor”, porque eso sólo nos daña a todos. Ojalá que el hospital funcione a la perfección y deje al resto de hospitales recuperar su actividad asistencial. Y, ya de paso, ojalá que la pandemia COVID no vuelva por sus fueros y vaya encaminándose, por una ruta u otra, hacia su desaparición (o, al menos, hacia su marginalización).

Pero por el camino habrán quedado algunas cosas muy tocadas. Ya nos dejó bastante afectados la fría actitud de nuestros políticos ante la entrega y sacrificio de todo el personal sanitario. Y hoy nos deja aún más indiferentes la fría actitud con que nuestros gestores, cual aprendices de prestidigitadores, mueven cartas aquí y allá para ir disimulando sus limitaciones, o para engrandecer sus campañas publicitarias, a la hora de gestionar una pandemia como la que estamos viviendo.

Tenemos unos políticos que están dañando seriamente la convivencia social, lo sabemos. Pero hay que decir que esos mismos políticos están hiriendo de muerte, también, el compromiso profesional. Porque éste parte de las personas. No de las barajas.

Miguel Ángel García Pérez
Médico de familia, máster en Bioética
Director médico de la Revista Madrileña de Medicina

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