CON FIRMA. “Juez y parte”, por Ana Escalada

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Conmovidos, y a las puertas de la undécima semana de la vivencia de una crisis sanitaria sin igual en nuestro país.
Con la sensación de empezar a sacar la cabeza de este fango en que nos hemos visto sumergidos.
Adheridos a pensamientos rumiados reflejo de las situaciones presenciadas durante semanas.
Arrastrados hacia reflexiones encontradas por haber sido protagonistas de un momento histórico y que a la vez desearíamos no haber vivido.

Así podría describiese la situación actual de los médicos hospitalarios.

Y en estas condiciones me he sorprendido pensando varias veces una frase muy escuchada en nuestro país a lo largo de décadas: “España tiene la mejor sanidad del mundo”. Ahora casi da vergüenza pronunciarla, siquiera escribirla… No sé si algún día la tuvimos. A día de hoy la situación sanitaria ha desenmascarado tal afirmación, y tendríamos que cambiar profundamente la actividad asistencial que realizamos si queremos algún día aspirar a volver a este alegato con un mínimo de seriedad.

España, no tiene el mejor sistema sanitario del mundo. Tiene el sistema más universal y gratuito del mundo, eso sí lo tiene. Durante años y a modo de mantra quizá se haya lanzado este mensaje como sinónimo del primero. Se ha repetido tanto que la inmensa mayoría de la población habíamos fusionado ambos mensajes en nuestro cerebro como un pensamiento íntegro y global, una idea fiable. Es decir, de tanto oírla, nos la habíamos creído.

Puedo intuir la razón en un intento por parte de los poderes políticos del ofrecimiento a la población general de grandes derechos sociales a cambio de salarios mal remunerados en nuestros primeros pasos en el juego de la democracia. Las últimas generaciones de políticos nos han empobrecido con salarios proporcional y progresivamente más bajos, escudados en crisis con múltiples orígenes, infundiendo el miedo a la pérdida laboral y, a la vez, nos han debilitado con una inversión en Sanidad menesterosa, menos camas por habitantes, menos personal sanitario, ausencia de investigación, mínima inversión hospitalaria…

Nos han dejado caer. Y hemos caído. Las cifras nos ponen sobre la mesa la realidad: la mayor cifra mundial de sanitarios contagiados, y batiéndonos entre los peores países del mundo en muertes por cien mil habitantes. Nadie lo esperaba, falsamente respaldados por aquella idea desleal.

Dar mucha asistencia a la población no es lo mismo que dar una asistencia de calidad, lo descubrimos ahora. Hemos concebido la salud como un derecho, y no lo es. La salud es un bien que debemos preservar. Y la sanidad es un servicio, que puede darse mejor o peor.

El impacto social de COVID-19 podría haber sido mayor. He visto que la mayor amortiguación a este golpe ha sido gracias al Personal Sanitario en bloque, que ha aportado su trabajo individual como parte de un colectivo de soporte, a disposición de las demandas diarias de la necesidad sanitaria, y adaptándose a nuevos puestos con la responsabilidad de estar a la altura de la labor asistencial desempeñada.

Como diría el poeta, ahora creo más en el hombre, y agradezco a esta desgracia la serenidad que da dicho pensamiento.

Las personas, que hemos sido parte activa de este proceso, nos vemos con el derecho de ser jueces de la misma. Difícil situación que requiere causas honestas.

En estos tiempos, ya de por sí para todos tan convulsos, es difícil discernir si se está pensando lúcidamente. Pero tras el miedo por el desconocimiento y el horizonte que deja la devastadora enfermedad, avanzamos globalmente como sociedad hacia los primeros atisbos de serenidad. Esperamos en algún momento deshacernos de la impotencia de la incomprensión y ser incorporados en equipos de análisis y toma de decisiones para evitar que otra pandemia similar nos degrade como profesionales y nos lleve al límite de la dignidad humana. No queremos ser el convidado de piedra en un tumulto confuso de cargos políticos.

Asustados primero, concienciados, responsables y decididos después. Cansados, estresados, y contagiados a continuación. Y al fin, orgullosos, meritorios, realizados profesionalmente, pero una vez más desconcertados, sobrecogidos. La cronología de una enfermedad…

Aún nos quedan por escribir las últimas líneas. Las de los médicos se debatirán entre la incomprensión del particular y la alargada sombra de las instituciones sanitarias: nos espera nuestra particular lucha como colectivo.

Ana Escalada Ferrándiz
Especialista en Oftalmología, Hospital Universitario Rey Juan Carlos

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