CON FIRMA. “Jefes adictos al trabajo”, por Mónica Alloza

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¿Alguna vez has tenido un jefe que es el primero en llegar y el último en irse? ¿Un jefe que no levanta la vista de los papeles, del ordenador, del correo, del móvil, de todo lo que tenga que ver con el trabajo? ¿Un jefe que asume que él y su equipo pueden con todo, sea cual sea la exigencia y la carga?

Un jefe así contagia a su equipo, exige y exige, presiona y presiona, controla y controla, en un bucle sin fin, sin domingos ni festivos, sin agosto, sin navidades, sin tardes ni noches. Y cuando te quieres dar cuenta, estás metido en una vorágine laboral que ocupa toda tu vida. Él siempre puede un poco más, ¿cómo no vas a poder tú? Él nunca parece cansado, ¿cómo vas a quejarte? Él siempre está disponible, ¿cómo no lo vas a estar tú?

Y cuando te paras un momento, no te reconoces, ni reconoces tu vida. Estás agobiado, estresado, no duermes bien, sueñas con el trabajo, vives pegado al teléfono o al busca, te sientes culpable si no estudias, si desconectas.

Un “workaholist” (juego de palabras inglés muy definitorio de este tipo de personas adictas al trabajo) es una persona que dedica más de 12 horas al día a su trabajo y que además desempeña compulsivamente sus tareas, es incapaz de delegar funciones dentro de la cadena de mando, es un hiperactivo laboral y vive para el trabajo, es decir, que su vida personal está reducida a la mínima expresión.

Cuando un adicto al trabajo es tu mando intermedio, la cosa se complica. Nunca estarás a su altura, por muchas horas y empeño que le dediques al trabajo. Siempre será poco lo que hagas. No comprenderá que tengas una vida personal, que puedas ponerte enfermo, que quieras disfrutar de tus vacaciones, que no quieras hacer trabajo extra. Tu jefe es el que predica con el ejemplo, el que trabaja más que nadie, el que siempre está disponible para cualquier incidencia. En estas circunstancias, da igual las horas y el esfuerzo que le eches, tu rendimiento será insuficiente para él, siempre será poco lo que hagas ante sus ojos.

Este jefe es el prototipo de “quemador de trabajadores”: presión sin límites, exigencias infinitas, nulo reconocimiento del esfuerzo, rendimiento siempre insuficiente. El resultado final es el contrario del que tu jefe busca: llega un momento en que no puedes más. El trabajo deja de motivarte, tu productividad se resiente, te sientes frustrado y quemado. Puede que te pase factura incluso en tu salud o en tu vida personal.

Y en estas circunstancias, ¿qué puede hacerse? Lo primero y más importante es identificar el problema. Es ser capaz de reconocer el perfil de adicción al trabajo de tu superior y que tú eres una víctima de esa vorágine de actividad sin fin, impuesta y no buscada por ti. Después, y en la medida de tus posibilidades, debes intentar recuperar y normalizar tu horario y tus ratios de tiempo de trabajo y ocio. Para ello, seguramente no te quede más remedio que enfrentarte a la situación, y eso incluye a tu jefe.

¿Y cómo se hace esto para no caer en la tan conocida “pérdida de confianza”? En el ámbito de la sanidad privada es difícil enfrentarse a lo establecido por los superiores sin caer en desgracia. En mi experiencia sindical, lo más recomendable es la mano izquierda, mucha mano izquierda, mucho don de gentes y mucha paciencia para cambiar las cosas sin que se note, sin que parezca una confrontación.

Es lamentable, pero es así. Cambiar conciencias y modos de hacer tiene que ser una evolución y no una revolución. La prudencia no es sinónimo de cobardía. La acción sindical en el medio privado tiene que ser exquisita, si no queremos que nuestras reivindicaciones se vuelvan en contra del trabajador.

Cuando el profesional está tan afectado que no puede esperar un cambio tan lento, una gran herramienta es la prevención de riesgos laborales. La evaluación individual de la salud laboral del trabajador, quemado por este tipo de jefe, seguramente con síntomas físicos y psicológicos del estrés al que está sometido, es algo que siempre se puede solicitar. También las evaluaciones psicosociales de ese servicio o centro de trabajo, para identificar las causas del “burnout” de los trabajadores.

Como reflexión final, me gustaría dejar claro que en la adicción al trabajo son víctimas el que la sufre y los que están alrededor. Ese jefe adicto al trabajo no es el culpable absoluto de todo, es una persona que tiene un problema de salud, que debe abordarse y solucionarse por su bien y por el del resto de su equipo.

En palabras de William Ury, experto negociador y administrador de conflictos, siguiendo el Método Harvard de Negociación por Principios, para tener éxito debemos ser blandos con las personas y duros con los problemas.

Mónica Alloza Planet
Especialista en Radiodiagnóstico, Hospital Universitario de Torrejón. Vocal AMYTS de Ejercicio Privado

 

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