CON FIRMA. “Elecciones 4 de mayo: nuestra fuerza, nuestra responsabilidad”, por Julián Ezquerra

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El próximo 4 de mayo tenemos elecciones autonómicas en la Comunidad de Madrid. De nuevo nos enfrentamos a unas elecciones. Podemos elegir a nuestros representantes, podemos premiar o castigar, podemos ejercer nuestro poder, podemos decidir quién nos miente mejor.

Es el momento de recordar esta frase de Otto Von Bismarck: “Nunca se miente tanto como antes de unas elecciones, durante la guerra y después de la cacería. Es triste pensar así, pero es una realidad contrastada. La mentira, el engaño, ese decir lo que quieres oír, es en lo que se basan las campañas electorales. Y lo curioso es que lo sabemos, que participamos de ello.

El fenómeno del voto es algo mágico, una sensación que resulta difícil de explicar. Vas a votar y muchas veces es un automatismo, un deber que tienes que hacer, una “obligación” ciudadana de la que no te puedes abstraer. Si votas adquieres esa legitimación necesaria para criticar, aplaudir, enfadarte o alegrarte. Si no votas, lo haces igual, pero con algo menos de legitimidad. Hay que votar, a unos u otros, en blanco o nulo, pero la base de nuestro sistema es el voto, el ejercicio de la “voluntad popular”, -no puedo escribir esto y no decir que lo hago con algo más que una sonrisa tonta-, sabiendo que es lo que hay que decir.

Muchos políticos firmarían esta frase de Georges Benjamín Clemenceau: Gobernar dentro de un régimen democrático sería mucho más fácil si no hubiera que ganar constantemente elecciones. Claro, es que someterse al examen de los ciudadanos, verse retratados, explicar que lo dicho en campaña es una cosa y la realidad otra, es complicado y nada agradable. Pero es la base del sistema y tenemos que ser exigentes, pedir explicaciones cuando se miente descaradamente, cuando lo prometido es tan diferente de lo realizado, obrar en consecuencia y -aún siendo difícil- ejercer nuestro derecho al castigo, en este caso a un posible cambio en el sentido del voto.

Decir lo anterior y con ello entender que el voto no puede ser ciego ni sordo, va contra la esencia de la política real que vivimos, esa en la que hay dos grandes bloques: “los míos” y “los otros”. A los míos les perdono todo, aunque sea un engaño manifiesto; a los otros, no les paso ni una. En esta forma de entender la política sobran las campañas, los programas, las ideas. Y yo me niego a ello, me declaro independiente, no tengo míos, incluso soy tan raro que mi voto cambia con el tiempo, con el momento, con el tipo de elecciones, no es igual votar para configurar el Gobierno del país que el de las CCAA o ayuntamientos.

Y una vez dicho esto, me entra siempre la duda de qué prevalece: ¿la cabeza, el corazón, incluso “el bolsillo” o la cercanía ideológica? No tener unos “míos” hace que me vea obligado a pensar, realizar un razonamiento crítico, ver y contrastar programas, ideas, etc. La Sanidad me pesa mucho. Es muy importante para mí, pero no es lo único. Otras cosas también me importan: política fiscal, educativa, dependencia, etc. También son importantes. Soy un perfil de votante a convencer y no me declaro fácil, más bien complicado.

He participado en muchas elecciones, que yo recuerde en todas las que se han celebrado desde la restauración de la democracia. Y he votado diferentes opciones, mi voto es “oscilante”, nada extremista y en esto ya digo que me declaro infiel, no cautivo de nadie. Y en estas próximas elecciones tengo un serio problema. Votaré, seguro que lo haré. Pero me da miedo hacerlo por primera vez en blanco, nulo o “con la nariz tapada”. Qué poco me gusta esto.

Me gustaría un cambio de modelo: unas elecciones con listas abiertas; poder votar por candidatos y no a unas siglas en su conjunto. Poder elegir a “mis mejores”, independientemente del partido por el que se presentan; no tener que votar una lista con gente que no me representa, no me gusta, incluso aborrezco. Unos diputados cercanos, “de barrio”, a los que acceder con facilidad, con atención directa al ciudadano. ¿Utopía? Puede ser, pero no imposible. Depende de nosotros, de la fuerza que hagamos.

Y con esto, hasta el 4 de mayo. Que gane el mejor, aunque el resultado siempre estará condicionado a los pactos poselectorales, esos que hacen extraños compañeros de cama y convierten a quien no te deja dormir en el mejor de los somníferos.

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