CON FIRMA. “De arte, Medicina, enfermedad y Atención Primaria”, por Miguel Ángel García

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La relación (o relaciones) entre Medicina y arte son más que conocidas. Que la Medicina es un arte, o al menos tiene algo de ello, viene diciéndose desde antiguo. Y desde luego que lo es: acercar todo el arsenal de conocimiento científico (o, al menos, todo el que tiene en la cabeza y en sus herramientas informáticas un profesional de la Medicina) a la situación concreta de la vida de una persona tiene mucho de arte. Necesita observación, delicadeza, empatía, prudencia, habilidad… No parece que haya que justificarlo mucho más.

Y que el arte puede ser Medicina tampoco nos suena nada extraño. No sólo porque existen disciplinas que pretenden aprovechar el poder terapéutico de algunas artes (la musicoterapia sería la primera que me viene a la cabeza), sino porque muchos artistas han han vivido sus obras como procesos terapéuticos. Precisamente, Byung-Chul Han nos habla algo de ello en el libro que hemos comentado hace unas semanas, “La sociedad paliativa”, en su capítulo 7. Y es que expresar lo que uno lleva dentro, de una u otra manera, a buen seguro que tiene funcionalidad catártica…

Pero lo que traigo hoy a colación es la gran capacidad del arte para expresar algunos aspectos de la Medicina. Se trata de un tema ya clásico, al que incluso se dedica un capítulo (el penúltimo) del Manual de la Relación Médico-Paciente. No hace falta recordar los análisis que se han hecho sobre obras como “The doctor”, de Luke Fildes, o “Lección de Anatomía del doctor Nicolaes Tulp”, de Rembrandt. Y como nos cuenta Alejandro Callizo en el capítulo mencionado del Manual, el arte nos puede aportar mucho también desde la otra perspectiva, desde el lado del paciente. 

Esta semana me ha llamado poderosamente la atención (en el librito “La vulnerabilidad en el arte”, del jesuita Bert Daelemans) una reseña de una obra del médico y artista salvadoreño afincado en España Rafael Díaz que estuvo incluida en la exposición “Esclimética”, ofrecida en la Casa Encendida hace dos años. Se trata de la titulada “Once upon a time” (algo así como “Érase una vez”), y trata de acercarse de alguna manera a la experiencia humana del Alzheimer a través dos filas de 52 dibujos cada una: la primera centrada en el test del reloj, y la segunda en el dibujo de dos pentágonos  que se incluye como prueba en el mini-mental test, ambos utilizados en la evaluación del deterioro cognitivo. Los dibujos son reproducciones de los realmente realizados durante la evaluación de pacientes afectados de algún tipo de deterioro cognitivo, y están ordenados de izquierda a derecha según el grado de afectación. El recorrido visual, por tanto, va avanzando por las distintas etapas del deterioro a través del empeoramiento en la capacidad de reproducir cada uno de los dibujos, que se van desestructurando hasta que sólo consisten en trazos desorganizados. Y los últimos cuadros muestran páginas en blanco: podríamos decir que el paciente “ya no está presente” en las fases finales de la enfermedad.

Tan sólo la reseña ya es impactante, por lo que debió serlo también poder verlo en vivo y en directo en aquella exposición. Desde luego que consigue transmitir la vivencia de enfermedad, y transmitirla cargada de emoción. Fuera de la reproducción de la obra completa que aparece en el librito, tan sólo he podido encontrar esta reproducción parcial de la obra expuesta y esta otra que recoge algunas de las reproducciones del test del reloj; ambas nos pueden ayudar a hacernos una mejor idea de su contenido.

El artículo podría bien terminar aquí. Desde luego que esta obra nos da que pensar, en algunos casos hasta que revivir experiencias previas de acompañamiento de pacientes con deterioro cognitivo. Y confirma que el arte puede transmitir muy bien las vivencias y experiencias relacionadas con la enfermedad y con el ejercicio de la Medicina. Pero lo cierto es que voy a seguir un poco más. Tan sólo un poco.

Y es que soy médico de familia, y no puedo dejar de sufrir la crítica situación que se vive hoy en Atención Primaria (y en la atención a la urgencia, que vive una situación similar). Creo que algo parecido a lo que acabo de relatar (aunque con mucho menos arte) puede reflejar muy bien la situación de este nivel asistencial. Un nivel en el que tantos facultativos, tantos profesionales y tantos pacientes comparten experiencias de enfermedad. En un entorno que se hunde, por abandono expreso de sus responsables.

 

Miguel Ángel García Pérez
Médico de familia, doctor en Medicina, máster en Bioética y Derecho
Director médico de la Revista Madrileña de Medicina

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