CON FIRMA. “Cuidar en tiempos revueltos”, por Miguel Ángel García

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Vivimos tiempos revueltos, y por desgracia parece que seguiremos viviéndolos durante bastante tiempo. A los embates de COVID les seguirán los derivados de los problemas económicos que la pandemia creará, ante los que habrá que buscar soluciones creativas (no, por cierto, las declaraciones vistosas y tantas veces poco prácticas a que nos tienen acostumbrados nuestros próceres). Y en este tiempo, al personal sanitario le toca cuidar, seguir cuidando de los ciudadanos.

Puede que los sanitarios sean héroes (y hay controversia por parte de los profesionales en cuanto a si aceptar esta denominación), pero lo que desde luego no son es superhéroes. Tienen una tarea muy concreta, pero para poder desarrollarla necesitan recursos y estructuras suficientes. Y vivimos en una sociedad donde “la pela es la pela”, y se ha tratado con racanería la inversión sanitaria, que además ha descendido en Atención Primaria. Tan acostumbrados estamos a esta forma de funcionar que, a pesar de las sabias peticiones de las organizaciones profesionales para que se incrementara la inversión en Sanidad de cara a poder hacer frente a los rebrotes COVID, las Administraciones, y en concreto la madrileña, han optado de nuevo por racanear y por despreciar abiertamente esas indicaciones. Y al final pasa lo que no tenía que pasar: que “las contrataciones de facultativos que no se mantengan, o los nuevos facultativos que no se contraten, serán personal altamente cualificado que ya no será posible recuperar, y las plantillas actuales vienen de un esfuerzo titánico y no van a poder mantener este ritmo”. Es lo que decíamos a 24 de abril, cuando estábamos comenzando a salir del primer embate, en un artículo cuyo subtítulo es aún más elocuente hoy día: “No faltan facultativos, falta una política de recursos humanos que les atraiga y fidelice”.

El verano ha sido un tiempo para descansar y para pensar en la economía. Tanta preocupación había en relación a esta última que se perdió la prudencia desde la fase 3 del desconfinamiento, desde la que pasamos directamente a “Wonderland”, una versión de fantasía de lo que de verdad debería haber sido una “nueva (a)normalidad”. Se pretendió que todo volvía a la normalidad, se llenaban los lugares de restauración y ocio, y comenzaba a moverse el turismo. Tanto había que cuidar esto que a las Administraciones se les olvidó que podría ser que las cosas cambiaran, y que había que aprovechar el tiempo para “rearmarse”.

Y se dejaron escapar profesionales. Y se limitaron a mirar de reojo la evolución de la cifra de infectados para no llamar en exceso la atención. Y no se dimensionaron adecuadamente los servicios esenciales de primera línea (Atención Primaria, Urgencia Extrahospitalaria, Salud Pública -con sus famosos, pero al parecer especie en peligro, rastreadores-). Y el sueño se vino abajo: el turismo no acabó de remontar cuando ya España volvió a ponerse en el punto de mira por el número de contagios, y la Sanidad seguía sin los recursos necesarios para hacer frente adecuadamente a los brotes que iban apareciendo aquí y allá y que han evolucionado de nuevo a la transmisión comunitaria (porque, a pesar de los adornos de algún vicepresidente, se iba muy tarde en el dimensionamiento de los servicios de Salud Pública). Y ahora hay que echarse las manos a la cabeza…

Mientras tanto, los profesionales han podido descansar algo del estrés acumulado, pero sobre todo han podido escandalizarse de la incoherencia que todos estábamos viendo (en los despachos de gobierno y en las calles y lugares de ocio, sin que se controlara el cumplimiento de las normas de prevención), y al final han tenido que multiplicarse para sustituirse entre ellos en los turnos de descanso, viendo subir el número de infectados, de pruebas a realizar, de contactos a seguir, de casos a tratar y de trámites burocráticos a cumplimentar… Se ha dicho por activa y por pasiva que muchos profesionales, sobre todo en AP, no podían más, que estaban al borde de la quiebra, que hacía falta una solución heroica… Y nuestros gobernantes, a mirar para otro lado.

Hoy vuelven a sonar los tambores “de guerra”. El coronavirus va incrementando el número de afectados, y de repente, con las manos en la cabeza (como decíamos antes) exclaman que no encuentran médicos. Han confirmado lo que ya avisábamos meses antes: que los médicos, los profesionales sanitarios comenzamos a no aguantar las tomaduras de pelo, y nos vamos allí donde hay conciencia de la importancia de nuestra tarea y de la necesidad de reconocerla en condiciones laborales y de ejercicio satisfactorias. No hay médicos… de saldo, desde luego, y los que hay están ya más que asqueados del desprecio al que se ven sometidos. Hay mucho resentimiento, mucho dolor y mucho sufrimiento ante el desdén que han mostrado, y siguen mostrando, las Administraciones. Y ahora, ¿quién levanta eso?

Desde luego que hay que mirar al futuro, y tratar de ponerle arrego. Pero el futuro no se podrá afrontar con garantía si no se entiende y asume el pasado que nos ha traído hasta aquí. Pretender llegar y comenzar a hacer lo que debió hacerse ya hace meses (o más bien años y décadas) y que con eso se acabe el malestar es de ilusos. Y que se desconvoque una huelga tan sentida porque se ponga remedio hoy a los problemas que debieron haberse resuelto hace años es  también difícil, cuando no va unida de respuestas inmediatas a la propia realidad COVID y de una estrategia realmente seria para el futuro.

Hay que mirar adelante con decisión, con determinación, y hace falta un gobierno dispuesto a asumir los errores del pasado, a compartir la responsabilidad con la ciudadanía y a conceder el protagonismo sanitario a quienes se lo merecen y saben ejercerlo (como han demostrado una y otra vez, y no sólo en la primera ola de la pandemia): a los profesionales. Sólo esto salvará, de verdad, la sanidad española. Y estamos en un momento en que, sí, es necesario hablar de salvación. Porque lo que se necesita es muy grande. Para Madrid y para España.

Cuidar en tiempos revueltos va a ser una tarea compleja. Si se motiva y acompaña a los profesionales, estos darán la talla, con toda seguridad. Pero hacen falta también políticos y gestores que abandonen sus algarabías de adolescentes (más visibles en unos que en otros, eso sí) y la den igualmente, cumpliendo y haciendo cumplir todo aquello que el momento exige. Y hacen falta también ciudadanos que den la talla, que se comprometan con las medidas de protección y sean capaces de exigir a sus políticos los comportamientos adecuados, sin hacer de corifeos del absurdo.

Hoy no se necesitan sanitarios que sean héroes. Ya no tienen esa fuerza si van solos. Hoy se necesita un país de héroes. Ese sí es el camino.

Miguel Ángel García Pérez
Médico de Familia, máster en Bioética. Director Médico de la Revista Madrileña de Medicina

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