CON FIRMA. «A propósito de la Proposición de Ley Orgánica de regulación de la eutanasia», por Julián Ezquerra

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En abril de 2019, escribía en relación con este tema un artículo en Redacción Médica titulado “Ayudar a bien morir”, en el que invitaba a la sociedad a hacer una reflexión sobre la necesidad de regular ese “ayudar a bien morir, ese morir sin dolor y sufrimiento”, que es como entendía la eutanasia. Lo reproduzco literal:

Inicio este nuevo artículo con esta frase de Friedrich Nietzsche: “Uno debe morir con orgullo cuando ya no es posible vivir con orgullo”. Afrontar la muerte con orgullo, ¡qué difícil! Como médico cuidamos de las personas a lo largo de su vida, les ayudamos a vivir bien. A mi juicio, también debemos ayudar al final de la vida, ayudar a bien morir.

Hace unos días, con motivo de la situación vivida por una pareja que llegó al momento de poner en marcha un “suicidio asistido”, se ha reabierto una polémica en torno a los ya tradicionales conceptos de eutanasia, muerte asistida, suicidio asistido, cuidados paliativos, muerte digna, etc.

Vivimos en una cultura en la que el miedo a la muerte nos está llevando a su medicalización sin límite. Con ello se dan casos extremos en los que el encarnizamiento terapéutico, el exceso de intervención, hace que el final de la vida sea algo poco natural.

El desarrollo de la bioética hace que se propongan fórmulas de morir en paz, de cómo apoyar en el final de la vida. De ello, y de la intervención de juristas y políticos, se han derivado en diversos países las leyes de muerte digna, incluso la regulación de la eutanasia. No quisiera continuar escribiendo sin definir que es la eutanasia. Si nos vamos al diccionario de la R.A.E., vemos que tiene dos definiciones: 1ª- Intervención deliberada para poner fin a la vida de un paciente sin perspectiva de cura, y 2ª- Muerte sin sufrimiento físico.

Las reticencias a la regulación de la eutanasia vienen dadas no solo culturalmente, sino también por la forma en la que se puede entender que es realmente la eutanasia. A mí me gustaría entender, y que se entienda, que no es otra cosa que la muerte sin sufrimiento físico. Lo que hemos practicado siempre en Medicina, ese ayudar a bien morir, ese morir sin dolor y sin sufrimiento. No soy un experto en estos temas, pero he acompañado a muchos pacientes en su camino a la muerte, he acompañado a sus familiares y cuidadores principales, y después de ello creo que la idea de lograr una muerte sin sufrimiento físico está muy interiorizada en mí. Si ello es sinónimo de que soy partidario de regular la eutanasia, lo soy, y creo que ha llegado el momento de decirlo abiertamente y sin temor.

Llegado a este punto, habrá que preguntarse ¿cómo es posible que aún no se haya logrado el cambio? ¿Cómo es posible que sigamos viendo muertes tras largos procesos de sufrimiento y dolor? Esto no es solo un problema de médicos, de personal sanitario, es un problema de toda la sociedad, inmadura para hacer frente a estas situaciones, más allá del debate político y jurídico al que nos tienen acostumbrados. Los médicos estamos involucrados de lleno en este tema, debemos poder hablar de ello sin miedos, expresarnos libremente y concienciar a la sociedad de la necesidad de regular con seguridad todo lo que se relaciona con ello.

Quiero terminar haciendo mías las siguientes palabras del Dr. Juan Pablo Beca, director del Centro de Bioética, Facultad de Medicina Clínica Alemana- Universidad del Desarrollo, Chile: “La muerte tiene que ser respetada, los enfermos necesitan vivir su proceso final y que se les permita morir en paz” (El derecho al “buen morir”; 5-8-2010).

La proposición de Ley Orgánica de regulación de la eutanasia, aprobada ayer 17 de diciembre de 2020 en el Congreso de los Diputados, regula la eutanasia, y en su primer párrafo del preámbulo dice: La presente Ley pretende dar una respuesta jurídica, sistemática, equilibrada y garantista, a una demanda sostenida de la sociedad actual como es la eutanasia”. No voy a discutir ahora si esto es o no una demanda social actual, no es eso el objeto de esta reflexión.

La Ley es detallada, a mi sí me parece garantista, y aclara algunas dudas. Hay dos aspectos que me parecen destacables. La definición y la objeción de conciencia de los profesionales.

Dice el texto que

“La eutanasia significa etimológicamente «buena muerte» y se puede definir como el acto deliberado de dar fin a la vida de una persona, producido por voluntad expresa de la propia persona y con el objeto de evitar un sufrimiento. En nuestras doctrinas bioética y penalista existe hoy un amplio acuerdo en limitar el empleo del término «eutanasia» a aquella que se produce de manera activa y directa, de manera que las actuaciones por omisión que se designaban como eutanasia pasiva (no adopción de tratamientos tendentes a prolongar la vida y la interrupción de los ya instaurados conforme a la lex artis), o las que pudieran considerarse como eutanasia activa indirecta (utilización de fármacos o medios terapéuticos que alivian el sufrimiento físico o psíquico aunque aceleren la muerte del paciente —cuidados paliativos—) se han excluido del concepto bioético y jurídico-penal de eutanasia”

El Capítulo II de la Ley establece que

“Toda persona mayor de edad y en plena capacidad de obrar y decidir puede solicitar y recibir dicha ayuda, siempre que lo haga de forma autónoma, consciente e informada, y que se encuentre en los supuestos de padecimiento grave, crónico e imposibilitante o de enfermedad grave e incurable causantes de un sufrimiento físico o psíquico intolerables. Se articula también la posibilidad de solicitar esta ayuda mediante el documento de instrucciones previas o equivalente, legalmente reconocido, que existe ya en nuestro ordenamiento jurídico”. Es decir “enmarca” de forma mas o menos detallada las condiciones para acceder a la prestación de esta “ayuda”.

Define de forma específica lo siguiente:

  • «Padecimiento grave, crónico e imposibilitante»: situación que hace referencia a una persona afectada por limitaciones que inciden directamente sobre su autonomía física y actividades de la vida diaria, de manera que no pueda valerse por sí misma, así como sobre su capacidad de expresión y relación, y que llevan asociado un sufrimiento físico o psíquico constante e intolerable para la misma, existiendo seguridad o gran probabilidad de que tales limitaciones vayan a persistir en el tiempo sin posibilidad de curación o mejoría apreciable. En ocasiones puede suponer la dependencia absoluta de apoyo tecnológico.
  • «Enfermedad grave e incurable»: la que por su naturaleza origina sufrimientos físicos o psíquicos constantes e insoportables sin posibilidad de alivio que la persona considere tolerable, con un pronóstico de vida limitado, en un contexto de fragilidad progresiva.

Por otro lado, de cara a la seguridad de los profesionales, su derecho a la objeción de conciencia y respeto al dilema ético que puede ocasionar. Se regula la citada objeción en el Capítulo IV:

Artículo 16. Objeción de conciencia de los profesionales sanitarios.

    1. Los profesionales sanitarios directamente implicados en la prestación de ayuda para morir podrán ejercer su derecho a la objeción de conciencia. El rechazo o la negativa a realizar la citada prestación por razones de conciencia es una decisión individual del profesional sanitario directamente implicado en su realización, la cual deberá manifestarse anticipadamente y por escrito.
    2. Las administraciones sanitarias crearán un registro de profesionales sanitarios objetores de conciencia a realizar la ayuda para morir, en el que se inscribirán las declaraciones de objeción de conciencia para la realización de la misma y que tendrá por objeto facilitar la necesaria información a la administración sanitaria para que esta pueda garantizar una adecuada gestión de la prestación de ayuda para morir. El registro se someterá al principio de estricta confidencialidad y a la normativa de protección de datos de carácter personal.

Estoy seguro de que esta Ley generará un agrio debate político, social y profesional. Tendremos opiniones encontradas y posiblemente no se llegue a un consenso que aleje los extremos hasta pasados unos años, hasta que se normalice la situación y en el debate social se deje este tema como algo ya resuelto e interiorizado. Pasará un tiempo, pero como con otras leyes que entraban en la regulación de ciertos aspectos que rozan las creencias personales, la ética o la tradición, se acabará interiorizándola y aplicándose con total normalidad. Y concluyo diciendo que yo no me posiciono, tan solo describo. 

Julián Ezquerra Gadea
Médico de familia, CS Las Rozas – El Abajón
Secretario General de AMYTS

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