CON FIRMA. “Vocación y Medicina. Releyendo a Gregorio Marañón”, por Miguel Ángel García

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199 Miguel Angel García 12x12 cm

Estando, como estoy, implicado en la iniciativa del Foro de la Profesión Médica para la promoción de la Relación Médico-Paciente como Patrimonio de la Humanidad, y habiendo acudido a la magnífica jornada sobre Medicina Centrada en el Paciente que tuvo lugar el pasado martes en el Hospital de la Princesa, organizada por la Fundación Lilly y el Instituto Gregorio Marañón, no he podido menos que volver mi interés, al menos temporalmente, a este insigne profesional del siglo pasado. Y dado que dispongo en mi estantería del librito “Vocación y ética”, publicado en 1936 a partir de las conferencias impartidas por el Dr. Marañón en la Universidad Internacional de Santander el año anterior, he decidido comenzar esta aproximación con su relectura.

Y lo primero que uno encuentra en él es una reflexión sobre la vocación en Medicina y las diferentes pseudo-vocaciones que con ella se confunden, a las que el autor otorga poca consideración (serían “de categoría inferior”, según sus palabras). Marañón entiende como verdadera vocación, o así me lo parece al menos, la que sigue el patrón de la vocación religiosa, es decir, aquélla (“de categoría superior”) que se vive como llamada a una determinada causa a la que uno se entrega en cuerpo y alma y sin esperar ningún tipo de premio o reconocimiento. Considera que algo así debería ser la vocación a ejercer la Medicina, frente a “pseudo-vocaciones” que provendrían de la atracción por el mero conocimiento científico o por los posibles reconocimientos económicos o sociales que su ejercicio pudiera traer. Menos mal que como la decisión por los estudios médicos se realiza en la primera juventud, aún sería posible (según Gregorio Marañón) reconducir esas falsas vocaciones hacia el núcleo de lo que es la verdadera vocación de la Medicina, mediante el esfuerzo y el compromiso personal.

Portada GMarañon vocacion y eticaokEs cierto que son diferentes los motivos por lo que los médicos decidimos dedicarnos a esta profesión, o mantenernos en ella. Y puede que, quizás, el esquema que parece proponer el Dr. Marañón refleje, un tanto esquemáticamente, esa realidad:

  • Compañeros que llegan a la Medicina respondiendo a una llamada de servicio a la persona enferma, y que podría cuadrar con el sentido que solemos atribuir al término “vocación”
  • Compañeros que llegan desde la atracción de una actividad y una técnica no sólo avanzadas y muy prometedoras, sino que le acercan tanto a las entrañas de la vida humana
  • Compañeros a los que les puede atraer la imagen “pseudo-mágica” de esta profesión y la posibilidad de reconocimiento social (que no laboral o retributivo, en general) que otorga esta actividad

En lo que disiento, prudente y humildemente ante la grandeza de Marañón, es en que podamos privilegiar alguno de los motivos sobre los otros.  La realidad se nos impone múltiple y compleja, y creo que la Medicina como tal no puede prescindir, ni siquiera habría alcanzado el papel que tiene, sin contar con los tres planteamientos. Porque no se puede concebir una Medicina que no esté al servicio de la humanidad y de cada persona concreta y sufriente, haciendo del alivio de dicho sufrimiento el compromiso y objetivo fundamental; pero tampoco se puede concebir una Medicina al margen de un correcto manejo de los conocimientos, habilidades y recursos técnicos de que ahora dispone, y del esfuerzo por hacerlos avanzar en un proceso de mejora continua; y, finalmente, no es posible mantener esta buena Medicina sin un reconocimiento social y laboral suficiente que impulse a los profesionales a ese continuo avance y los mantenga motivados y acompañados en su esfuerzo continuo contra la enfermedad y la muerte. Este último aspecto es el que habitualmente se descuida en nuestras Administraciones sanitarias, y así nos encontramos ante lo que sí podríamos llamar “pseudo-soluciones”, profusamente anunciadas en las últimas semanas, ante el problema que surge por la desmotivación de los profesionales y su huida a otros sistemas sanitarios.

Pero, volviendo a nuestro tema, el paisaje profesional de la Medicina está formado por diferentes motivaciones, con todos sus matices, y creo que va siendo hora de que dejemos de mirarnos con recelo unos a otros por proceder de diferentes planteamientos. Va siendo hora de dejar de escuchar cosas como “es que los médicos que consideráis la Medicina como vocación me perjudicáis en mi intención de gozar de mayores retribuciones”, o “ya estoy harto de que estéis siempre con la misma cantinela del dinero que ganamos y os dén igual las condiciones de ejercicio en que nos encontramos”. Unos y otros percibimos de manera complementaria la realidad, y, al modo en que Ortega entiende el papel de las diferentes perspectivas, tan sólo podemos construir y promover el ejercicio de la Medicina desde el enriquecimiento mutuo y el encuentro y la complementariedad de todas sus dimensiones: la vocacional, la técnica y la laboral.

Hacen falta caminos de encuentro en la profesión, como hacen falta caminos de encuentro en la sociedad y en la misma política. El otro no es un rival, es un complemento o un interrogante a mi visión del mundo y de las cosas. Y el yo no es más que un perceptor limitado y subjetivo de esas realidades. Abrámonos, por tanto, al encuentro y al diálogo con los otros para acceder a una visión más completa de la sociedad y la profesión, y para hacer que avancen por un camino verdaderamente humano.

Miguel Ángel García Pérez
Médico de familia, máster en Bioética. Director médico de la Revista Madrileña de Medicina
Miembro del grupo de trabajo del Foro de la Profesión Médica para la promoción de la Relación Médico-Paciente como Patrimonio Universal de la Humanidad
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