CON FIRMA. “Utopías profesionales y sociales para los Reyes Magos”, por Miguel Ángel García

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242 Miguel Angel Garcia 3x3 cm

Estoy acabando de leer en estos días el libro del neurocirujano británico Henry Marsh “Ante todo no hagas daño”. Ya me habían hablado de él en ocasiones previas, pero la magnifica y totalmente recomendable iniciativa de Mónica Lalanda de crear un “club de lectura” on-line que comenzaría con este libro me lo ha puesto en bandeja. Y la verdad es que estoy disfrutando con la lectura, por la sencillez y espontaneidad con la que habla de la práctica médica: cierto que de “su” práctica médica, con sus peculiaridades personales y profesionales, pero en ella veo reflejadas muchas experiencias e interrogantes propios; las grandezas y las miserias de una profesión que pretende ser de servicio, la conciencia de fragilidad de la propia práctica, nunca exenta de riesgos… Y esa creo que es una de las grandes riquezas de la literatura, que nos puede ayudar a vernos reflejados a nosotros mismos en las experiencias de otros.

Pues bien, leyendo el libro, una de las cosas que más me ha llamado la atención ha sido la forma en que enfrenta sus errores, en los que llega incluso a invitar a los afectados a que le pongan una demanda, para que al menos puedan obtener una compensación económica por el daño recibido. Y eso no es incompatible con una profunda sensación de vulnerabilidad propia, de “vergüenza” llega a decir, por ver las nefastas consecuencias que puede tener un error… y saber que nunca son totalmente inevitables.

Esta conciencia de fragilidad y vulnerabilidad, que evidentemente es aún más intensa en el caso de un paciente que sufre las secuelas en primera persona, me hace pensar que hay algo de vulnerabilidad compartida en el ejercicio de la Medicina: vulnerabilidad del enfermo, que siente su vida (o su “funcionalidad”) en peligro, primero por la propia enfermedad y luego por las intervenciones médicas que se le pueden ofrecer; pero también vulnerabilidad del médico, que sabe que, a pesar de su esfuerzo, no es perfecto, y que puede equivocarse, o no llegar a poder hacer todo el bien que ha pensado en principio, o… La primera es una vulnerabilidad socialmente aceptada, aunque muchas veces difícil de digerir; la segunda, sin embargo, es una vulnerabilidad socialmente rechazada, perseguida, criticada,  menos comprometida en la mayoría de los casos que la del paciente, pero que el profesional debe cargar sobre sí y con la que debe vivir el sólo. No es extraño, por tanto, que se viva con ansiedad e inseguridad, como narra el propio autor en el libro comentado, y que se llega a constituir en un obstáculo para la buena práctica médica.

Resulta, por tanto, que esa vulnerabilidad que nos hace profundamente humanos (no somos dioses, ni nosotros los médicos, ni los gobernantes, ni los abogados, ni los propios pacientes) puede llegar a constituirse en obstáculo para una buena atención sanitaria al no ser socialmente asumida. Todo el mundo espera (menos ellos mismos) que los médicos, los profesionales sanitarios, actúen siempre acertadamente, y nadie dudará en hacer recaer sobre ellos las más duras críticas (y los consiguientes pleitos judiciales en muchas ocasiones) cuando no lo consiguen, a pesar de que todos somos conscientes de que el error, o la limitación, no sólo es posible, sino que es inevitable. Cierto que las nuevas estrategias para minimizar el error parten de evitar la culpabilización en el proceso de mejora, pero esto más bien como táctica operativa que como opción social de base.

Toda la sociedad es consciente de la posibilidad del error, de su realidad, pero nadie quiere asumirlo, y queda en las espaldas de los profesionales. Quizás esto sea uno de los elementos soterrados de los problemas de desmotivación, estrés e incluso burn-out que afectan de lleno a la profesión médica.

Pues desde esta vulnerabilidad compartida, pero no admitida, me gustaría pedir a los Reyes Magos, o a Papá Nöel, que caminemos hacia una mayor madurez como sociedad y como personas, para poder admitir esa vulnerabilidad y ser capaces de cargar con ella sin pedir, a cambio, la cabeza del que yerra. En el fondo, para poder aceptar la fragilidad y la muerte, la vulnerabilidad de los expertos y la limitación de la acción humana, y así no dejar en soledad, no dejarnos en soledad, a los profesionales. Si queremos una relación de confianza, humana, tendremos que ir haciendo posible, entre todos, esta realidad. Para conseguir cuidar no sólo a los pacientes, sino también a los que les cuidan.

Y ya puestos, también le pediría a Papá Nöel, o a los Reyes Magos, y nos pediría nosotros mismos, que seamos capaces de avanzar en la madurez de esta sociedad para hacer cada día más posible la convivencia, el reto más “progresista” que se me ocurre, rota como está por ejemplo en este tiempo en (y en torno a) Cataluña, y en tantos otros lugares del mundo; la acogida a migrantes y refugiados, que en muchos casos quedan abandonados a su suerte en condiciones infrahumanas (cuando no son sometidas a ellas por sus propios congéneres); y la fraternidad entre países, sometida como está en estos momentos a actitudes abusivas por parte de algunas potencias, que hacen necesario, cada vez más, la presencia de un foco de defensa de los derechos humanos, como puede ser Europa y, ¿por qué no?, incluso liderada por España.

Por pedir, que no quede; pero por empujar, que será igual de necesario, tampoco. Son objetivos difíciles, del primero al último, pero son objetivos totalmente perseguibles.

¿Estamos en Navidad, no? Pues soñemos lo posible, para hacerlo real. Y para acercarlo un poco durante el año 2018.

Miguel Ángel García
Médico de familia. Director médico de la Revista Madrileña de Medicina

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