PROFESIÓN. Sobrecarga asistencial, burn-out y riesgos profesionales

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247 Sobrecarga asistencial 3x3 cm

No es una novedad hablar a estas alturas de sobrecarga asistencial. No es novedad porque se viene denunciando continuamente en la última década desde  Atención Primaria y, periódica pero frecuentemente, desde los servicios de Urgencia. Y no es novedad porque, al llegar el invierno, la sobrecarga se transforma en derrumbe asistencial, con servicios incapaces (o, para ser más exactos, capaces a partir del esfuerzo sobrehumano de sus profesionales) de prestar una atención de calidad técnica y humana suficiente para satisfacer a los propios profesionales y a los ciudadanos/pacientes afectados. Eso sí, debe tratarse de una realidad virtual, que los poderes públicos ni quieren ni saben, ni por tanto pueden, reconocer, para seguir dando la imagen de que vivimos, gracias a sus enormes esfuerzos, en los “mundos de Yupi”. Total, con doce contratos nuevos se soluciona el aluvión, y se van a dormir tan tranquilos, no sin antes recomendar a la estructura administrativa que persiga a cualquier persona que ose dejar constancia gráfica del derrumbe-saturación de los servicios.

Desde luego, un #TratoExquisito tanto a profesionales como a ciudadanos.

Y la herida se queda en los profesionales. Por supuesto que también en algunos ciudadanos que no hayan podido beneficiarse de la calidad de atención que hubieran merecido/precisado. Pero mientras ésta es palpable, y objeto de preocupación tanto por profesionales como por las instituciones, aquélla, la herida de los profesionales, queda sin atender. Terminarán su jornada de trabajo y derramarán algunas lágrimas por el estrés, o se tumbarán reventados en el sofá de su casa para relajar su cuerpo y su mente, o tratarán de recuperar su cuerpo y su espíritu a través del ocio y las relaciones humanas, que tan valiosas son.

Sin embargo, muchas veces todo esto es sólo un remedio transitorio. Y la exposición periódica, o crónica, a este tipo de situaciones acabará agotando los mecanismos de resiliencia que todas las personas tenemos. El cansancio, la tensión emocional, la sensación de saber hacer mejor las cosas de lo que se pueden hacer (aunque lo niegue la retórica institucional) irán pasando factura. Una factura que no va escrita en euros, y que, por tanto, no va a captar la atención de políticos y economistas. Una factura personal.

Una de las variantes de esta factura es el conocido burn-out, el cuadro  que sufren muchos profesionales de la atención y el cuidado que se manifiesta mediante el cansancio emocional, la despersonalización y la pérdida de expectativas. Un fenómeno muy estudiado y conocido, pero poco reconocido y atendido en nuestro medio, a excepción de algunas experiencias puntuales de apoyo personal y grupal. Pero este tipo de iniciativas no inciden en los factores estructurales que están en el fondo de dicho síndrome, y que no se quieren afrontar seriamente: plantillas infradimensionadas, recortes presupuestarios, hiperdemanda asistencial…

Burnout NEJM18Esto, que no se reconoce aquí, en nuestro medio, es muy patente para los actores sanitarios en otros lugares del mundo. El Nuffield Trust, uno de los think-tank británicos en el campo sanitario, reconoce que el asunto el burn-out es un asunto institucional, no personal, y que las instituciones sanitarias tienen el deber moral de afrontar el problema. En la misma línea se mueve otro potente grupo de reflexión de ese país, el King’s Fund, reconociendo el germen institucional del síndrome, y la necesidad de trabajar, tanto a nivel personal como organizacional.

Y saltando los mares, vemos el mismo tipo de preocupación y de compromiso organizacional en países como Canadá y Estados Unidos. Un reciente artículo de la revista Mayo Clinic Proceedings afirma taxativamente que “el burn-out es un problema sistémico”, aunque muchas instituciones trabajan sobre la base de que tan sólo es un problema personal, por lo que “los esfuerzos deliberados, sostenidos e integrales de la organización para reducir el burn-out y promover el compromiso de los profesionales pueden marcar una diferencia” positiva en el funcionamiento de las instituciones sanitarias. Y otro del “New England Journal of Medicine”, que tiene por título “Cuidar es humano. Confrontado colectivamente la crisis del bun-out de los médicos”, reconoce que “los médicos son seres humanos” y se ven gravemente afectados en su salud personal cuando se hacen conscientes de que las circunstancias no les permiten desarrollar su compromiso ético con los pacientes, prestando la mejor atención que pueden prestar. Dada la dimensión estructural del problema, el artículo hace referencia a la necesidad de estrategias de gran alcance, como la liderada por la Academia Nacional de Medicina (sucesora del antiguo Instituto de Medicina IoM, el del famoso informe “Errar es humano”), entre cuyos objetivos fundamentales está el de incrementar la visibilidad y correcta comprensión del burn-out médico por parte de todos los agentes sanitarios, y que afirma en su presentación que se hace necesaria una atención y acción sostenidas a diversos niveles: organizacional, estatal y federal. Nada de centrarnos tan sólo en la resiliencia personal (aunque sea un elemento fundamental, sobre todo para ayudar al profesional a protegerse… mientras pueda).

Va llegando la hora de decir basta, y de dejar de asumir, sobre nuestros hombros, la resolución de las tensiones sanitarias que nuestros gobernantes, y con ellos nuestra sociedad, dejan estar. Basta ya de dejar que el ejercicio profesional médico (y el de otras profesiones sanitarias) se deteriore para salvar la cara al político de turno, mientras mina nuestra salud física y psíquica, y la de nuestros pacientes. Basta ya, porque, de lo contrario, el peso de la ley puede caer injustamente sobre nuestros hombros, como le acaba de ocurrir a la Dra. Hadiza Bawa-Garba, una “residente” de Pediatría condenada por el fallecimiento de un niño ingresado a su cargo en el año 2011 en medio de una serie de fallos estructurales de la institución donde trabajaba. El tribunal responsable de las decisiones sobre el registro profesional había decidido que los fallos estructurales reducían la responsabilidad de la médica condenada, y procedía a su suspensión del registro profesional por un año. Curiosamente, la propia organización gestora del registro, el Consejo General Médico (GMC en sus siglas en inglés), recurrió dicha decisión ante el altro Tribunal Real, consiguiendo que este Tribunal haya decretado su eliminación definitiva del registro, con la consiguiente prohibición para el ejercicio profesional.

La sentencia ha provocado intensas reacciones en lugares tan lejanos como Australia y el propio Reino Unido. Aquí, la Asociación Médica Británica ha alertado del serio problema de seguridad que esa sentencia significa para los profesionales y, con ello, para los propios ciudadanos, que pueden verse expuestos a una atención fuertemente defensiva y, por tanto, inadecuada para su situación real. Y ha manifestado claramente su intención de denunciar la situación de un sistema sanitario que impide a los profesionales prestar la atención adecuada que ellos saben prestar, y de iniciar las medidas oportunas para garantizar la seguridad de los médicos, entre ellas fomentando la denuncia cotidiana, por parte de estos, de todas las limitaciones a que su actividad se vea sometida por déficits estructurales del sistema. Hay un párrafo de la posición expresada por el presidente del Consejo de la Asociación, Dr. Chaand Nagpaul, que describe perfectamente la situación y merece la pena conocer directamente, y que tratamos de traducir a continuación:

“Como muchos de ustedes, creo que el mayor riesgo para la seguridad del paciente es un Sistema Nacional de Salud con insuficientes recursos financieros y humanos que está obligando a médicos, enfermeras y al conjunto del personal sanitario a trabajar bajo las condiciones más desafiantes. ¿Puede ser seguro tratar pacientes en pasillos sin los recursos que necesita una cama hospitalaria? ¿Puede ser seguro tener que esperar retrasos de varias horas en el traslado en ambulancia para los pacientes que necesitan ser ingresados en una emergencia? ¿Puede ser seguro trabajar en un entorno de carencia crónica de profesionales que obliga a turnos extra? ¿Puede ser seguro para los médicos de familia pasar sólo 10 minutos con pacientes con comorbididades complejas de 4 o más problemas de salud? Evitar situaciones como éstas, de seria inadecuación del sistema, es lo que el gobierno y los reguladores deberían priorizar en su responsabilidad por una atención segura a los pacientes”

Más claro, imposible.

Es hora de decir basta. Es hora de denunciar el engaño crónico a que nos someten nuestras autoridades. Es hora de proteger nuestra salud y nuestra seguridad. Y la de todos los ciudadanos.

Hay que ver cómo y cuándo, pero  la hora está llegando.

Miguel Ángel García Pérez
Médico de familia, Máster en Bioética y Derecho. Director Médico de la Revista Madrileña de Medicina

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