CON FIRMA. “Liberalismo y bien común”, por Miguel Ángel García

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212 Miguel Angel García 3x3 cm

No salgo de mi asombro por la procesión de “personalidades” que están siendo detenidas o interrogadas en torno a casos de corrupción. Supongo que como casi cualquier otro ciudadano. Y teniendo en cuenta que esto no sólo ocurre/ha ocurrido en Madrid y en el partido ahora en el gobierno, quisiera que las reflexiones que siguen a continuación no las entendiera nadie de forma partidista y sectaria, sino todo lo contrario: de forma participativa y dialogante.

He de reconocer que no me da mucha pena que uno de los afectados por las detenciones sea Ignacio González, ex-presidente no electo de la Comunidad de Madrid, que tachó la actuación de esta organización (AMYTS) ante su privatización sanitaria como “matonismo y extorsión”, acusación aparentemente delictiva que, sin embargo, no fue considerada como tal por los tribunales, que creo no supieron valorar suficientemente la moralidad pública que hace posible la vida social, y que evidentemente habría que recuperar. Finalmente, es este personaje el que parece estar mostrándose ahora como posible merecedor de calificativos de esa índole, aunque no quiero adelantar acontecimientos, y habrá que esperar a que concluya la investigación en marcha.

Pero lo que este tipo de investigaciones muestra a las claras es el marco en el que se mueven las múltiples propuestas liberales de privatización que proliferan por doquier en la vida pública. La mayoría de ellas se basan en el presunto mejor funcionamiento de la buena iniciativa privada… iniciativa que, desde luego, dista mucho de presentarse con esa imagen de bondad que pretende. Y se pone como referencia la mala gestión de lo público, mala gestión que… efectivamente queda comprobada con noticias como las que están surgiendo en estos días, que muestran los agujeros por los que esa mala gestión pública acaba nutriendo… ¡al interés privado! ¡Menuda danza!

Creo que todo ello muestra una mala interpretación del concepto de liberalismo y de sus valores fundamentales. Su exageración económico-financiera exige una reducción de la regulación social y proclama y ejerce el libre flujo de los intereses privados. Si con la regulación que existe se dan estos libres flujos, en tantas ocasiones irregulares e incluso ilegales, ¡imaginen lo que podría ocurrir si, haciendo caso a esa tribu de iluminados, se redujera la regulación!

El problema no lo tiene el liberalismo en sí, que promueve el valor de la persona y de su libre iniciativa (siempre que no interfiera con la de los demás de forma injusta), ni la mayor o menor regulación estatal, sino otros ismos que lo rodean. Esta claro que lo que estamos viendo está muy lejos del liberalismo responsable que tanta tradición tiene en la filosofía occidental, un liberalismo de personas honradas y decentes que valoran también lo que es común y lo respetan como tal. Porque hay cosas que son de todos y para todos, realidades compartidas que precisan de una gestión también compartida o, como mínimo, participada y basada en el bien común. Y si queremos que estas realidades compartidas sean gestionadas de forma participativa y no imperativa (el riesgo de otros ismos que también están en la mente de todos), tendremos que desarrollar una fuerte conciencia de responsabilidad ante los otros y el bien común, lo que, como vemos, no es un distintivo de nuestra época. La iniciativa privada sólo parece barrer para casa (con lo que pierde su belleza y dignidad), y la pública acaba siendo una privada disfrazada y de carnaval.

Tendremos que mirarnos todos por dentro. Porque creo que no es un problema limitado a nuestros políticos (aunque, la verdad, me parece que muchos de ellos tienen la habilidad de multiplicarlo enormemente, en dimensión y en ceros de las millonarias cifras que manejan). Tendremos que darnos cuenta de que es necesario promover el bien común y una mentalidad responsable y solidaria que permita, por otro lado, el brillo de lo personal, de lo individual, y la admiración por quienes impulsen, desde su libre iniciativa, procesos sociales de mejora real para todos. Algo así como la demo-aristo-cracia de la que hablaba hace unos años en estas mismas páginas.

Desde el panorama actual quizás uno entiende aún mejor por qué cayó la famosa educación para la ciudadanía de hace unos años. La polémica la suscitó su posible contenido de “género”, y posiblemente vino muy bien a determinadas élites que el debate derivara por ahí, dejando oculto el contenido que realmente se quería retirar de la sociedad: los conceptos de justicia y solidaridad, de acogida, de compasión… que eran los que realmente se estudiaba en la mayoría de colegios en esa asignatura.

Hablar de ética social, de justicia, de bien común, parece ser lesivo para algunos intereses, y no precisamente para los de la mayoría de la ciudadanía. Hay quien, además, parece no tener capacidad de concebir esos conceptos en su cabeza. Será por eso que hacen procesión hacia los juzgados.

Ojalá estemos a tiempo de ir a otras procesiones.

Miguel Ángel García Pérez
Médico de familia, máster en Bioética y Derecho. Director médico de la Revista Madrileña de Medicina
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