GESTIÓN HUMANA. Gestión, formación y desarrollo profesional

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¿Existe alguna relación entre gestión, por un lado, y formación y desarrollo profesional de los médicos por otro? En principio, parece que todos estaríamos de acuerdo en que sí, pero lo que no queda tan claro es que lo estemos en el cómo. Probablemente, la respuesta a esta última pregunta tenga mucho que ver con el modelo de gestión sanitaria en que estemos pensando, en relación  lo que recogíamos en una entrada anterior.

La formación que conocemos parece estar íntimamente entroncada con el modelo “taquilla” de compartimentos estancos con el que se dice están concebidos nuestros hospitales. A la formación de pregrado parece estarle costando mucho romper con un modelo compartimentalizado que se arrastra desde antiguo, pero la concepción del desarrollo profesional basada fundamentalmente en la formación acreditada que ahora conocemos no parece adecuada al modelo de red nodal que planteábamos como ideal a desarrollar, pues la selección de cursos se realiza, más que desde una visión integral del ejercicio profesional en el seno de un sistema sanitario estructurado, desde el gusto personal y las posibilidades de acceso de los profesionales a las diferentes actividades. No porque no se tengan que tener en cuenta estos aspectos, sino porque hay que superarlos fomentando una estructura de desarrollo profesional que incentive y oriente la formación continuada y otras actividades de mantenimiento y mejora de la competencia profesional al mejor desarrollo del sistema sanitario ideal, sacando el máximo partido, pero también posibilitando el máximo enriquecimiento personal y profesional, de cada uno de los profesionales del sistema. Como ideal está bien, pero ahora hay que meterse en cómo construir esa nueva estructura de desarrollo profesional.

El problema puede radicar en quedarnos a medio camino en el cambio de modelo de gestión sanitaria. Porque si en lugar de caminar hacia la construcción de una red nodal de relaciones sanitarias nos quedamos en el diseño jerarquizado (por los administradores-gestores, o incluso por pequeños grupos de profesionales seleccionados por la institución o auto-seleccionados por su trayectoria profesional) de un modelo laberíntico, cualquier sistema de desarrollo profesional que de aquí pueda surgir no acabará siendo sino una pesada carga más sobre los ya saturados hombros del profesional. Y evitar esto ha de ser un objetivo compartido por todos los agentes implicados.

Orientarnos hacia una red nodal como modelo del sistema sanitario ha de ser reconocer primero y enriquecer después los nodos ya existentes, a la vez que se desarrolla la red de relaciones necesarias. Y contemplar esto desde la perspectiva del desarrollo profesional significa reconocer primero y enriquecer después las iniciativas que ya tienen los profesionales por sí mismos para intentar mantener su competencia. El desarrollo profesional no debe crearse “de la nada”, o, lo que en realidad esto intentaría ocultar, desde ideologías preconcebidas, sino desde la realidad ya existente, que, efectivamente, pueda orientarse en la dirección que se considere adecuada entre todos.

En primer lugar, reconocer las actividades que ya está realizando el profesional significa incluir en los sistemas de desarrollo profesional el reconocimiento de las actividades espontáneas de puesta al día: estudio personal, lectura de revistas del ámbito especializado que corresponda, consultas puntuales que se realicen… Es evidente que todo esto precisa de un alto nivel de creatividad, pero no sería honesto diseñar un sistema de DP que obviara estas actividades. Y no todo está por hacer: ya hay pasos dados en cuanto a acreditación de la lectura de artículos de algunas revistas, y esta línea hay que potenciarla, incluyendo también nuevos sistemas para reconocer el estudio basado en manuales de referencia, revisiones, guías clínicas, etc. ¿Cómo puede ser que no aparezca, junto a cada guía clínica publicada por las instituciones sanitarias, un recurso que permita la acreditación del esfuerzo realizado por los profesionales para conocerlo, profundizarlo y asumirlo en su práctica clínica?

Es evidente, además, que hay que continuar enriqueciendo lo que ya se hace y se reconoce, las actividades de formación continuada, aunque haya mucho que mejorar en cuanto a su accesibilidad por parte de los profesionales. Igualmente, hay que desarrollar mecanismos más ágiles de acreditación, que permitan la propuesta de actividades de formación continuada simultáneamente con la publicación, por ejemplo, de artículos de alto impacto. ¿Qué sentido tiene tener que esperar dos meses para poder acreditar una actividad de estudio a partir de una revisión sistemática, o de la publicación de un metaanálisis, cuya mayor impacto profesional va a estar precisamente en ese período?

Pero también habrá que abrir el desarrollo profesional hacia la creación de las relaciones necesarias para estructurar la red. En primer lugar, la propia ubicación del profesional en el sistema haría deseable que éste desarrollara habilidades autorreflexivas para el análisis de la propia actividad y el desarrollo de un plan de actualización coherente con las limitaciones detectadas. También sería muy útil, con ese mismo objetivo, el diseño de procedimientos de revisión por pares con profesionales próximos o, incluso (pero no sólo), con asesores expertos. El fruto de todo ello debería ser la elaboración de un plan personalizado de actualización, y todo este proceso debería ser, también, adecuadamente reconocido, no sólo por el esfuerzo dedicado, sino también por la utilidad esperada.

Y, finalmente, también debería incluirse en el desarrollo profesional la formación y el reconocimiento de las habilidades necesarias para crear unas relaciones adecuadas profesionales y pacientes, entre nodos profesionales, entre instituciones, entre diferentes niveles de la institución… El ámbito del profesionalismo, el trabajo en equipo y las habilidades de gestión clínica serían parte del contenido de este bloque.

Nada de lo escrito más arriba es nuevo. Todo ello existe, está publicado y forma parte de los distintos sistemas de desarrollo profesional existentes en otros países, o se deriva de ellos. Lo nuevo debe ser la convicción y el impulso para hacer posible un sistema de desarrollo profesional coherente, que aún no existe en España. Y eso es lo único que queda obligado, a pesar de lo que dicen algunos, por la modificación de la directiva comunitaria de reconocimiento de cualificaciones profesionales:

17) El artículo 22 se modifica como sigue:

a) en el párrafo primero, la letra b) se sustituye por el texto siguiente:

«b) Los Estados miembros velarán, de conformidad con los procedimientos propios de cada Estado miembro y mediante el fomento del desarrollo profesional continuo, por que los profesionales cuya cualificación profesional esté sujeta al capítulo III del presente título puedan actualizar sus conocimientos, capacidades y competencias con el fin de preservar el ejercicio seguro y eficaz de su profesión y mantenerse al día de la evolución de la profesión.»;

b) se añade el párrafo siguiente:

«Los Estados miembros notificarán a la Comisión las medidas adoptadas en virtud del párrafo primero, letra b), a más tardar el 18 de enero de 2016.».

Es decir, se obliga a que los países comuniquen a la Comisión el procedimiento por el cual van a promover el desarrollo profesional de las profesiones reguladas, entre las que está la de médico. No se habla de obligatoriedad de examinar, de controlar, de recertificar… Sobre todo cuando no se ha constituido aún ese sistema sólido de desarrollo. No nos engañemos y, sobre todo, no nos dejemos engañar.

Y, con todo, hay que tener en cuenta que no todo lo necesario, ni probablemente lo más importante, puede tener su punto de partida en los sistemas de desarrollo profesional, sino que ha de comenzar mucho antes, en la propia formación de pregrado.  Y en ese ámbito hay mucha gente competente que tiene el deber de hacerlo posible. En sus manos queda.

Miguel Ángel García Pérez
Médico de Familia. Doctor en Medicina, máster en Bioética y Derecho. Director de la Revista Madrileña de Medicina
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