ÁREA MIR. Protocolo de confidencialidad en la formación médica

0
204 Ilustracion documentos 3x3 cm

Iniciamos una nueva sección de la revista dedicada especialmente a los médicos residentes y a su ejercicio dentro de nuestro sistema sanitario. Y lo hacemos con la reciente publicación en el Boletín Oficial del Estado del Acuerdo de la Comisión de Recursos Humanos del Sistema Nacional de Salud, por el que se aprueba el protocolo mediante el que se determinan pautas básicas destinadas a asegurar y proteger el derecho a la intimidad del paciente por los alumnos y residentes en Ciencias de la Salud.

El acuerdo pretende trasladar a la docencia médica el respeto debido a la intimidad del paciente en la asistencia sanitaria y aumentar la conciencia de todos en torno a esta dimensión, y su objetivo, desde este punto de vista, es absolutamente loable. De ahí que plantee asuntos como la correcta identificación de estudiantes y residentes y el hecho (y el compromiso personal que lleva añadido) de que ambos grupos tienen obligación de respetar la confidencialidad de la información conocida durante su participación en la actividad asistencial.

Sin embargo, se echa de menos una valoración suficiente de otra premisa ética, que es la necesidad que tienen estudiantes y residentes de participar directamente en la actividad asistencial para alcanzar una debida formación. De momento, esta participación es insoslayable, y aunque se quiera compensar en parte con pacientes virtuales, no podemos perderla de vista a la hora de establecer una ecuación equilibrada entre los derechos del paciente y las necesidades del sistema educativo médico y, finalmente, del propio paciente, para completar adecuadamente la formación de los profesionales del futuro. La mención a la obligación legal de que el sistema sanitario esté disponible para la docencia no parece suficiente criterio si no se recuerda que detrás estamos dilucidando una cuestión primordial: ¿tiene Juan Pérez, paciente que no quiere que participen los estudiantes de Medicina en su atención, derecho a ser atendido por estos mismos estudiantes cuando ya sean médicos especialistas en el futuro? La solución a este dilema no es fácil, pero se plantea cuando entran en colisión los derechos individuales y la dimensión social de la vida, colisión que hay dirimir prestando atención a ambos componentes.

Aún hay una tercera cuestión de valor, que aparece en la exposición de motivos, aunque de manera fugaz, que merece la pena reseñar. Es la referida a la dimensión ética de la planificación de recursos. Se aduce que “El carácter expansivo de las instituciones educativas y sanitarias acreditadas para la docencia, ha determinado que en los últimos años se haya producido un incremento sustancial del número de alumnos y residentes relacionados con las Ciencias de la Salud que se forman o realizan prácticas en las instituciones sanitarias”. Mucho se ha discutido hasta ahora sobre la idoneidad o no de mantener numerus clausus de acceso a las facultades de Medicina, pero con muy poca frecuencia se ha planteado, y mucho menos aceptado, que hay una dimensión ética en este tipo de decisiones, más allá de los intereses corporativos o económicos de los diferentes agentes implicados. Formar profesionales significa formarles trabajando con pacientes, lo que aumenta la exposición de estos últimos a un mayor número de personas. Personalmente ya lo he defendido en más de una ocasión: hay razones éticas de peso para no formar más profesionales sanitarios de los que puedan ser necesarios en el futuro. De lo contrario, Juan Pérez, el paciente-tipo del que hablé más arriba, tendrá cada vez más razones para negarse a que participen en su atención profesionales en formación cuya utilidad para la sociedad, y para su propio futuro, no queda nada claro. Una vez más, los intereses de mercado no son el mejor criterio para tomar decisiones en el ámbito sanitario.

Hay algunos aspectos prácticos del Acuerdo que también merecen un comentario específico, como la contradictoria situación en que se coloca a los estudiantes de Medicina, que podrán tener que estar entrando y saliendo de la consulta según sucesivos pacientes autoricen o no su presencia, o a quienes se impide el acceso a los datos de la historia clínica del paciente, a pesar de que el artículo 7.6 de la Ley Orgánica de Protección de Datos reconoce que algunas personas que no sean profesionales sanitarios puedan tratar datos sanitarios con finalidad asistencial o de gestión. Bien es cierto que hay que limitar en lo posible el perjuicio de los pacientes o de su intimidad (por ejemplo, limitando el número de estudiantes en la consulta o realizando alguna exploración, o incluso pidiendo su salida en situaciones delicadas), pero el deterioro que puede crearse con medidas como las citadas más arriba puede hacer de la formación que reciban los futuros profesionales una auténtica carrera de obstáculos. Y, como decíamos, no es fácil suplir la formación directamente asistencial con la presentación de situaciones simuladas, cuyo diseño y elaboración, en todo caso, y contra lo que señala el Acuerdo, parecerían corresponder a las entidades educativas, y no a los centros sanitarios.

En cuanto a la formación de residentes, el Acuerdo vuelve a insistir, desde la perspectiva del respeto a la intimidad del paciente, en la supervisión directa (física) de las actuaciones del residente de primer año, viniendo a abundar a lo ya afirmado en la normativa específica de la formación médica especializada. El asunto es de trascendencia especial, pues a pesar de la obligación legal, son muchos los residentes de primer año que se quejan de situaciones en las que no son debidamente supervisados o tutorizados por personal capacitado para ello. Mantener esta situación vulnera claramente la legislación vigente, por lo que habrá que tomarse lo suficientemente en serio la formación médica a la hora de dimensionar y gestionar los servicios sanitarios: “los centros sanitarios deberán garantizar la existencia de condiciones organizativas que garanticen la supervisión/visado de las actuaciones del R1 por los especialistas de la unidad asistencial.

Mucho queda, por tanto, por hacer para garantizar un adecuado respeto a la intimidad del paciente sin por ello poner en riesgo su atención futura. Ojalá que, realmente, una mayor conciencia de esta situación os oriente con claridad hacia las acciones a tomar en el futuro.

Compartir:

Deja una respuesta

¡Usamos cookies propias y de terceros para mejorar tu experiencia en esta web! Si sigues navegando, consientes y aceptas estas cookies en tu ordenador, móvil o tablet. Más información sobre las cookies y cómo cambiar su configuración en tu navegador aquí.

x