CON FIRMA. “Una sociedad que perdió su sanidad”, por Miguel Ángel García

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163 Miguel Angel Garcia 3x3 cm

[Con el permiso del lector, me voy a atrever a expresar esta opinión de manera narrativa, usando una cierta dosis de ficción que espero no difumine la sórdida realidad que trata de reflejar]

Me contaron esta historia en el futuro. Sí, sí, ha leído bien, en el futuro. Y desde entonces no he dejado de tratar de volver al pasado, a este pasado, hasta que he podido conseguirlo. Porque hay que hacer lo que haga falta para evitar lo que ocurrió, lo que está ocurriendo.

Me contaron que hace tiempo, en este tiempo suyo, un buen número de países gozaban de un sistema sanitario de cobertura prácticamente universal… aunque es verdad que había algunos excluidos. Que cuando uno se ponía enfermo, o temía poder llegar a ello, podía consultar con un profesional que le resolviera sus dudas, miedos e incluso problemas de salud, y que no importaba para ello que uno pudiera o no pudiera pagarlo en el momento. Todo el mundo (o casi todo el mundo) tenía derecho a ser atendido.

Pero también me contaron que esa sistema fue poco a poco deteriorándose. No había mucho interés de la economía financiera de entonces en sostener esta actividad tan necesaria para la sociedad. Es más, los guardianes de esa economía financiera, el todopoderoso Fondo Monetario Internacional, recomendaba que se controlaran los gastos tanto en sanidad como en educación para que la economía siguiera adelante su curso. Eso sí, una economía que cada vez engordaba más los bolsillos de unos pocos.

Me contaron también que los servicios iban estando cada vez más saturados y deteriorados, y que los profesionales se quejaban amargamente de esa saturación, a la que cada día podían hacer frente en peores condiciones. Pero sus denuncias caían en saco roto, con unas administraciones que tan solo pretendían ocultar la realidad. Ocultarla porque no sabían ni podían, ni a lo mejor querían, hacerla frente. Y preferían que, al menos, los ciudadanos no la conocieran; así seguirían recibiendo sus votos. De esta manera, negaban la evidencia de la saturación de las urgencias hospitalarias, del crecimiento de la lista de espera y de la sobrecarga excesiva de los médicos de atención primaria, y amenazaban con sanciones a quienes dejaran constancia gráfica de esas situaciones. Y, por supuesto, hacían oídos sordos a las quejas y procuraban lanzar cortinas de humo con cualquier asunto que se pusiera a su alcance. Al fin y al cabo, ¿qué iban a hacer? Los recursos eran absorbidos por potentes aspiradoras financieras que los colocaban donde más rentabilidad financiera produjera, dejando sin soporte a los servicios públicos, y dejando también escasa capacidad de actuación a las autoridades; pero éstas tenían que capear el temporal para poder, de nuevo, volver a ser elegidos por los mismos ciudadanos a los que se hurtaba esos servicios.

Así, los ciudadanos de aquellos tiempos, de estos tiempos, vivían cada vez más esas limitaciones, pero sus reacciones no eran muy eficaces. En ocasiones, lo único que hacían era increpar, e incluso agredir, a los profesionales que trataban de estirarse para prestarles servicio. Es más, cuando estos se quejaban del excesivo uso del servicio, incluso negaban a los profesionales el derecho a quejarse.

Y la vida continuaba sin que la sociedad hiciera frente seriamente a este problema. Los profesionales iban quemándose cada vez más, los administradores no dejaban de encubrir la realidad, y todo el mundo continuaba viviendo (sobreviviendo) como si no pasara nada.

No quiero alargarme. En el momento del que procedo, el sistema sanitario público se ha ido al garete, las condiciones sociales se han deteriorado, y reina el sálvese quien pueda. Los profesionales, abandonados a su suerte por sus administradores y por sus conciudadanos, ya han dejado de preocuparse por el bien de los pacientes, y tan sólo se limitan, como todos, a sobrevivir. Y la vida ha perdido todo su color. Incluso comienza a parecerse a aquellas películas en blanco y negro que existieron hace décadas y que sólo conozco por los museos.

Por eso he querido volver a este tiempo, que no deja de ser mi pasado. Para transmitir esta historia y para tratar de que esta sociedad sea capaz de reconducir la situación y tomar el protagonismo que le corresponde. Porque, no nos engañemos: si desaparece el sistema sanitario, no podréis culpar tan sólo a los políticos y administradores del mismo. Habrá que culpar de ello a toda la sociedad.

Miguel Ángel García Pérez
Médico de familia. Director médico de la Revista Madrileña de Medicina

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